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sábado, agosto 19, 2017

Atentados de Barcelona: la encomiable e histórica normalidad de los barceloneses

Homenaje a las víctimas
Medio recuperados emocionalmente de los recientes atentados de Barcelona y Cambrils, una de las cosas que más ha sorprendido a la opinión pública mundial ha sido ver la reacción que la población barcelonesa ha tenido tras el atentado. El grito generalizado de "No tinc por" (no tengo miedo), por más que a más de uno aún le temblasen las piernas, y la imagen de normalidad de Las Ramblas llenas de gente a las pocas horas del incidente, ha sido una auténtica lección a nivel internacional de la ciudadanía barcelonesa contra el terrorismo. Tal vez ello pueda haber sorprendido a muchos, pero Barcelona tiene una larga historia y esa mezcla extraña entre flema, orgullo y "rebote" no es la primera vez que se muestra. Justamente tras la caída del Sitio de Barcelona el 11 de septiembre de 1714 pasó una cosa muy similar.

Sitio de Barcelona de 1714
Estamos en plena Guerra de Sucesión, y tras la firma de los Tratados de Utrecht en 1713 por los austriacos e ingleses (ver El Tratado de Utrecht o cuando la Historia pasó por Hospitalet), éstos dejan más solos que la una a los catalanes contra las tropas castellano-francesas de Felipe V. Los catalanes, en vista de la zarabanda de palos que barruntan que se les viene encima, deciden cerrarse en banda y aguantar el sitio a Barcelona al precio que fuese. La táctica les funciona desde el 25 de julio de 1713 hasta septiembre de 1714, pero tras fallar todos los intentos antiborbónicos de dar la vuelta a la tortilla, los peores augurios se hacen realidad: el 11 de septiembre de 1714 los defensores barceloneses se rinden.

Asalto final del Sitio de 1714
Barcelona, en aquellos momentos se encuentra absolutamente destrozada. Tras 14 meses de asedio, los sucesivos bombardeos de las tropas felipistas han derribado completamente un tercio de las casas de la ciudad y otro tercio resulta con graves daños. El coronel de la Coronela (la milicia catalana que defiende Barcelona), Rafael de Casanova, ha sido herido y para evitar una masacre aún mayor -más de 6.000 barceloneses han muerto durante el asedio-, se decide la entrega de las llaves de la ciudad, cosa que hace el sargento mayor Félix Monjo en la tarde del día 12. 

Las bulliciosas Ramblas de siempre
Así las cosas, durante la mañana del día 13 las tropas francesas entran en orden en Barcelona y el espectáculo que recibe a los vencedores les sorprende. Los barceloneses, vencidos y agotados hicieron correr la voz de volver a la normalidad de la vida habitual como si nada hubiera pasado, en un último estertor de orgullo y dignidad. Una normalidad imposible, habida cuenta lo pasado, pero que era preciso alcanzar cuanto antes: quien aún tenía taller, lo abrió; quien aún tenía tienda la abrió (aunque no tuviera nada que vender) y quien aún mantenía su trabajo, fue a él. La posguerra sería durísima para todos (ver Nova Barcelona, el exilio de los vencidos el 11 de septiembre de 1714), pero solo cabía seguir y salir adelante. Talmente como ahora.

Barcelona es mucha Barcelona
Aquellos barceloneses del siglo XVIII fueron derrotados, pero lo más importante tras la derrota es levantarse de nuevo... y ellos lo hicieron. De esta forma, tras los atentados yihadistas que se han llevado por delante a 14 personas y heridas a más de 100 en el batiente corazón de Las Ramblas, la única respuesta posible es seguir y salir adelante. Hacer balance, aprender de los errores y continuar con una normalidad que, aunque parezca ser imposible, es la mejor forma de levantarse, sacudirse el polvo y decir alto y claro a los terroristas que, Barcelona es mucha Barcelona... y no tenemos miedo.

No tenim por.
No tinc por - No tengo miedo - Je n'ai pas peur - I'm not afraid

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jueves, agosto 03, 2017

Bell Rock, el faro en medio del Mar del Norte

El faro de Bell Rock
Los faros marítimos, por bien que hoy en día han perdido mucho de su importancia vital para la navegación en beneficio de los modernos GPS, es una de aquellas infraestructuras que llaman poderosamente la atención. Su tarea de marcar con luces visibles en la distancia la linea de la costa o los escollos peligrosos para los barcos, ha sido durante siglos un seguro de vida para la marinería. Sus beneficios son indudables (ver El Faro de Buda o la crónica de la muerte de un delta), pero para que sean eficaces, los faros han de estar en zonas de difícil acceso de la costa o incluso dentro del mar mismo, por lo que la construcción y mantenimiento de un faro tiene un componente épico muy importante. Y para épica inconmensurable, hay uno que se lleva la palma: Bell Rock, el faro en medio del mar del Norte.

Un arrecife muy traidor
El Mar del Norte, debido a su peculiar batimetría y origen geológico (ver Doggerland, la Atlántida del Mar del Norte), ha sido desde antiguo un mar difícil y peligroso. Su ubicación en el Océano Atlántico Norte, limitado pero abierto, embravecido y con sus inesperados bajíos, ha sido el temor de los navegantes desde que al ser humano se le ocurrió coger una cáscara de nuez y navegar con aquellas aguas de Dios. Si a eso sumamos una costa recortada y llena de escollos como la costa escocesa, entenderemos por qué, después de que cada año naufragasen un mínimo de 6 barcos y de que una tormenta sola fuera capaz de enviar a pique no menos de 70 embarcaciones, en 1806 el parlamento británico diera permiso para la construcción de un faro a 18 km mar adentro de la costa de Arbroath, en el arrecife de Inchcap, más conocido por Bell Rock (Roca de la Campana).

Proceso de construcción
La construcción no estuvo exenta de complicaciones. De hecho, el arrecife estaba en medio del acceso al fiordo que da acceso al puerto de Dundee, y estaba puesto con tanta mala leche que, en la marea más baja solo sobresale 1,5 metros sobre el nivel del mar y en marea alta se halla a 3,5 metros de profundidad. Una auténtica trampa que hacía embarrancar a cualquier barco a poco que no fuera con cuidado. El encargado de construir el faro sería el ingeniero John Rennie, el cual dirigiría los trabajos de construcción del faro diseñado y propuesto por el joven ingeniero Robert Stevenson (abuelo del autor de “La isla del Tesoro”).

Aguantando desde hace 2 siglos
Stevenson, que fue el encargado directo de la obra (Rennie, que aunque pasó por allí dos días y punto, tuvo una pelotera con Stevenson por la atribución de la construcción del faro) se encontró con todas las dificultades derivadas de poder trabajar en seco sólo en verano y un par de horas al día como mucho. Ello hizo que los obreros -unos 110 hombres- tuvieran que estar viviendo en un barco a 400 metros de Bell Rock y cada día remaran hasta el escollo para llevar el material con el cual construir un palafito (una casa sobre el agua, vaya) en el cual refugiarse cuando subiera el agua y permitiera trabajar a los canteros y los herreros. Esta construcción les llevó prácticamente toda la temporada de 1807.

Esquema de la primera hilera
En mayo siguiente, y viendo que la construcción aguantaba, empezaron a levantar el faro propiamente dicho. Stevenson, tomando el faro de Eddystone como inspiración, diseñó un faro que fuera capaz de soportar las peores embestidas del mar. Para ello, creó una base troncocónica de unos  9 metros de alto formada por bloques de granito y arenisca que, como si fuera un puzzle, encajasen entre si y fueran capaces de absorber la energía de las olas sin comprometer la estructura del faro.

Así las cosas, durante la segunda temporada (del 25 de mayo al 21 de septiembre de 1808) se procedió a excavar los cimientos de 60 cm de profundidad en la arenisca que forma el arrecife y de levantar las 3 primeras hileras de sillares. ¿Le parece poco? Si cuenta que en los dos primeros años no se llegó a trabajar más de un mes seguido, aún hicieron demasiado. Después, conforme fueron sacando la construcción del agua, la cosa se aceleró, acabándose el faro en 1810 e inaugurándose el 1 de febrero de 1811.

4 años de construcción
El faro de Bell Rock, de 35,30 metros de altura, utilizó 2.835 bloques de piedras talladas expresamente para levantar las 81 hileras que sostienen la linterna (de donde sale la luz, vamos), variando desde los 12,80 metros de diámetro en la base, hasta los 4,11 de la parte superior. Las paredes, si bien en los primeros 9 metros es una masa maciza de sillares en piedra encajados entre si y mortero especial resistente a la humedad, pasaban progresivamente de los 1,75 metros de grosor a los 0,96 metros. Paredes que contenían 5 cámaras interiores que, alojando la escalera de caracol y las estancias de los fareros, conferían al conjunto tal solidez que, en más de dos siglos no se ha tenido que hacer ninguna modificación estructural a pesar de los embates de un mar que, en los días de tormenta es capaz de traer (y llevar) al arrecife “chinas” de más de dos toneladas de peso como si fueran de corcho. No en vano es uno de los más antiguos de los faros de mar adentro aún en activo.

Robert Stevenson
La existencia del, faro que emite una luz visible a 33 km, cambió la seguridad de la zona por completo. Desde el momento de su inauguración tan solo un naufragio de una fragata durante la Primera Guerra Mundial (durante las grandes guerras se mantuvo apagado y se encendía si se avisaba con tiempo, cosa que no hizo) y un accidente de un helicóptero que tocó el faro y se estrelló en 1956, han sido los incidentes más graves que han habido en la zona.

Soledad en medio del mar
En la actualidad el faro de Rock Bell está automatizado, por lo que la necesidad de mantener una cuadrilla de personas de mantenimiento residente en él ha pasado a la historia. Sin embargo, pensar lo que debía de ser soportar montañas de agua de decenas de metros (ver Las misteriosas olas gigantes) impactando directamente sobre el débil cuerpo del faro, hace que, ante la visión de esa torre perdida en medio de la inmensidad del océano, no pueda, por menos, que estremecerme. Estremecerme de respeto por todos aquellos valientes que, en algún momento, arriesgaron su vida por construir y mantener encendida una luz salvadora en mitad de la oscuridad más absoluta y tenebrosa. Una luz que, lejos del agua, bien pudiera ser la guía de nuestra propia existencia.

Escalera de caracol del faro de Bell Rock

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jueves, julio 27, 2017

Siglos y siglos...y aún funciona: La Cloaca Máxima

La Cloaca Máxima
Que los romanos fueron unos adelantados a su época es algo que, por sabido, a estas alturas de la historia ya es conocida de todo el mundo (ver Las ínsulas, los adelantados bloques de pisos de los romanos) y no estoy diciendo nada que se salga del guión. Sin embargo, ya han pasado 2.000 años desde el esplendor de aquella cultura y sería normal que de ella quedasen pocos restos, puesto que el tiempo se ceba -mírese en el espejo- con cualquier elemento humano. Pues bien, no sólo hay vestigios a patadas (sobre todo en la propia Roma), sino que incluso algunas infraestructuras, fueron tan prácticas y bien diseñadas que han llegado hasta día de hoy...¡en activo!. Tal es el caso de la Cloaca Máxima de Roma, la cual, 2.500 años después de su construcción aún funciona a pleno rendimiento. Increíble, pero cierto.

Antigua salida al Tiber
Cuando sentado en tu “trono imperial” escuchas el clic del interruptor de la luz del lavabo del vecino de arriba, no puedes, por menos, que pensar que ese edificio no va a ser estudiado por los arqueólogos del futuro. Bien al contrario. El hecho de que en la actualidad se tenga más en cuenta la obsolescencia programada de lo que se construye (léase, aguanta mientras cobro) que hacer un producto de calidad, indigna tanto más vas descubriendo que cualquier cosa construida anteriormente tiene más visos de durar que lo actual; y el caso de la Cloaca Máxima de Roma, resulta paradigmático.

Esquema del recorrido
Siete siglos antes de Cristo, Roma era una vaguada cercana al río Tiber que se encontraba entre las celebérrimas siete colinas. Estas colinas, separadas entre ellas unos pocos cientos de metros, estaban ocupadas por los etruscos, los cuales habían construido las cimas ya que eran más fáciles de defender de sus vecinos. No obstante, cuando los primigenios emplazamientos empezaron a expandirse, se dieron cuenta que el fondo del valle que los separaba era una zona pantanosa y que impedía su propio desarrollo.

Recorrido sobre Roma actual
Hacia el 600 a.C. -hay quien lo data en el -616-, el rey Tarquinio Prisco se decidió a hacer un canal a cielo abierto que comunicara el fondo de aquella vaguada con el río Tiber. La idea era que todo el exceso de agua drenada de las colinas romanas, fuera canalizada y desaguase en el río para secar aquella zona pantanosa y pudiese ser habitable. Dicho y hecho.

De esta forma, con mano de obra semiesclava (es decir, contrato temporal, cobrando una miseria, haciendo más horas que un reloj y al que no quería trabajar, se le crucificaba -literal-) se abrió un canal de unos 1.500 metros que permitió que aquel espacio llamado Velabro pudiera finalmente ser transitado. Eso sí, como no tenía cobertura, mejor estar atento por si caías dentro.

Tramo aún en activo hoy día
Con el tiempo, los romanos ocuparon el Velabro, y dado que la gente no hacía más que caer (iban todos mirando sus “tablets” de cera, claro), el canal se fue cubriendo progresivamente con grandes bloques de piedra. Ello creó una canalización subterránea de unos 3 metros de ancho por 4 de alto y enterrado a 6 metros de profundidad que recibía las aguas pluviales, el excedente de las fuentes y las cochambres humanas, llevándolas directamente al Tiber.

Templete a Venus Cloacina
La expansión de Roma hizo que el sistema de alcantarillado de los etruscos no sólo no quedara obsoleto, sino que fuera totalmente activo, por lo que se adaptaron y añadieron nuevos tramos de alcantarillas que permitieron drenar toda el área de la Roma Antigua. El Velabro -aún propenso a inundaciones y aprovechado por Nerón para sus ratos de asueto (ver Nerón y el trozo que le falta al Coliseo de Roma)- había pasado a ser el Foro, con la Cloaca Máxima circulando bajo sus pies. Y hasta tal punto era apreciada la infraestructura que se le dedicó un templete con una diosa particular y todo: Venere Cloacina (la Venus de la Alcantarilla en latín. Los romanos, ante todo prácticos).

La salida antigua es visitable
Los siglos pasaron, y si a los romanos les fue de perlas (incluso tiraban cadáveres humanos, caso del emperador Heliogábalo y del mártir San Sebastián), a los italianos que vinieron después, ya ni les cuento. De esta forma, recorriendo el suelo romano a 12 metros de profundidad -el suelo ha subido 6 metros desde época antigua-, si bien con derivaciones, anulaciones y apaños varios, ésta infraestructura sanitaria aún es utilizada en muchos tramos tal y como la construyeron los etruscos y romanos, siendo capaz de haber llegado hasta la actualidad. La antigua salida de la Cloaca Máxima al Tiber, situada al lado del Puente Rotto, si bien no está en activo porque el caudal está derivado a la red general de alcantarillado de Roma, aún es visitable (graffitis, vagabundos y crecidas del Tiber, mediante) .

Arco etrusco en activo
En conclusión, que si se queja que su piso pagado a precio de tocino magro es una castaña pilonga, con paredes de papel y acabados de trapo, que sepa que los romanos hacían construcciones que aún se utilizan en la actualidad. Ello significa que, no es que la humanidad no sepa construir cosas con cara y ojos -nada más lejos de la realidad- sino que, como quien marca la pauta es Don Dinero, su inalienable derecho a la vivienda no es más que un pingüe y deleznable negocio para algunos.

Y a esos sí que es como para tirarlos a la Cloaca Máxima, como a San Sebastián.

La Cloaca Máxima, en activo desde hace miles de años

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