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miércoles, marzo 28, 2018

La orina, el repelente dentífrico "made in Hispania"

¡Cuñao, qué poco te has lavao!
Desde que el hombre aprendió a fabricar -y consumir- carbohidratos a cascoporro, es decir pastas, patatas, cereales y azúcares, la salud de la dentadura humana ha ido de mal en peor para alegría de las caras minutas de los dentistas. Los azúcares de la dieta, sobre todo los refinados, que tanto nos gustan pero que no existen en una dieta de productos frescos, ha hecho que las bacterias de la boca se multipliquen a toda castaña y se dediquen a dejar los dientes hechos una pena -los neanderthales, por ejemplo, prácticamente no sabían qué era la caries. Ante este inconveniente dietético -en el cual poco pensamos cuando estamos disfrutando de un brownie de chocolate-, si no queremos quedarnos con menos dientes que un oso hormiguero, no cabe más tutía que lavarse los dientes. Esto no es una moda nueva y ya era conocido en la península Ibérica antes de la conquista romana. No en vano aquellos antiguos hispanos ya tenían sus productos de higiene bucal, sobre todo uno que posiblemente le diera un poco de asquito utilizarlo hoy en día: orines fermentados.

Suministrando materia prima
¿Se imagina que cada vez que se levanta por la mañana y hace su "río" matinal, lo guarda en una tinaja, lo deja días y días hasta que fermente (¡ahí! ¡rico, rico y con fundamento!), y cuando va a lavarse los dientes, coja un vaso, se pegue un buen buchito y haga enjuagues con "eso" cual colutorio bucal al uso? Pues eso, que solo de pensarlo remueve las tripas hasta el duodeno, según cuentan las crónicas romanas (por ejemplo el historiador Estrabón y el poeta Catulo) parece que era una práctica habitual de "salud" buco-dental entre las tribus celtas e íberas autóctonas de Hispania, sobre todo de la cornisa cantábrica y de la mitad occidental de la Península. ¿Le resulta repelente? A ellos, visto lo visto, no tanto. 

Dentista romano
Sabido es que una de las obsesiones de la cultura romana era el culto al cuerpo que se mostraba en todo su esplendor en la gran profusión de baños y termas por todo el Imperio (ver Silvania, la santa que no se lavó jamás). Dentro de esta higiene general, la higiene dental no les era ajena y para mejorar la salud de sus dientes ya utilizaban chicles blanqueantes a base de látex de lentisco, cremas dentífricas hechas con caparazones de moluscos -abrasivas, claro-, mondadientes, colutorios contra la halitosis a base de vino y hierbas aromáticas y una gran variedad de otros productos más o menos efectivos. Y si pese a todo esto, la cosa fallaba y acababan por perder la dentadura (los cepillos de dientes son modernos, ellos se los limpiaban con los dedos o con fibras vegetales), los etruscos eran muy hábiles haciendo dentaduras postizas, con técnicas que, en algunos casos, no fueron superadas hasta la Edad Moderna. Como he dicho tantas veces, unos auténticos adelantados.

La orina de los celtíberos era valorada
A pesar de ya tener un buen vademécum de productos, trucos y pócimas para mantener los dientes más o menos decentes, los contactos con las tribus hispanas pusieron de moda entre las damas de alta alcurnia (que eran las que podían pagarlo), el hacer enjuagues con orina hispana fermentada. Una orina traída especialmente desde la Lusitania, ya que según se pensaba, la orina de aquella gente tan ruda de aquel extremo del Imperio era muy potente y era la mejor que había para blanquear los dientes. Como los pedidos tardaban varias semanas o meses en llegar a Roma, el tiempo que pasaba hacía que la orina celtíbera fermentase por el camino en sus ánforas de cerámica (ver La sorprendente montaña de ánforas llamada Monte Testaccio), llegando a la Ciudad Eterna en su punto justo de "sazón". Todo sea el decirlo, la costumbre de su uso dentífrico no era generalizada y había quien, con un alma más refinada, veía aquel tratamiento con mucho escepticismo y aún más asco. Con todo, el uso cotidiano de la orina entre los romanos no era desconocido. Reparos de metérsela en la boca, aparte.

Modelo de una fullonica de Pompeya
Efectivamente, la orina fermentada, además del uso relativamente anecdótico como dentífrico, se usaba de forma habitual y profusa en la Antigua Roma en tintorerías y en lavanderías (conocidas como "fullonicas") para lavar y blanquear la ropa. Ello era así dado que, al fermentar, el ácido úrico y la urea que van disueltas en ella se descomponen, obteniendo un líquido con una proporción muy alta de amoniaco. Amoniaco que era el principal ingrediente desinfectante y blanqueante tanto de dientes como de ropas y que era lo que realmente les era útil. Y tanta orina se necesitaba en aquellos procesos que las fullonicas se veían obligadas a recogerla de los aseos públicos en cantidades industriales. Detalle que hizo que el emperador Vespasiano -demostrando un agudo olfato comercial- decidiese imponer una tasa (la Vectigal Urinae) a los lavanderos por utilizar aquellos meados populares. Para compensar, algunas fullonicas instalaban retretes públicos a la entrada para recoger ellos mismos su "materia prima". Hecha la ley, hecha la trampa.

Letrinas públicas romanas
En definitiva, que los romanos, en un prodigio de aprovechamiento de los recursos a su disposición, eran capaces de, prescindiendo de cualquier tipo de prejuicio, reutilizar un producto absolutamente de desecho como eran los orines de la gente, ya fueran de la propia Roma o de cualquier parte del Imperio. Ahora que nos estamos comiendo el mundo como si fuera nuestro bol de palomitas particular, y que estamos dejando el planeta hecho un estercolero por todos lados (ver El dulce mar de La Falconera), bien haríamos de tomar ejemplo y reciclar nuestra basura al máximo posible. Tal vez no hace falta convertir nuestra propia orina en Licor del Polo u Oraldine como los romanos y los celtíberos, pero si seguimos con el actual ritmo de despilfarro de recursos naturales, no dude que tendremos que volver a ellos más pronto que tarde.

Y eso sí que dejará un mal sabor de boca.

¿Preparándose el dentífrico?

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viernes, marzo 23, 2018

El Rec Comtal, la olvidada relación íntima entre Barcelona y su medio ambiente

Rec Comtal en Vallbona
El agua, a pesar de ser un elemento clave para la vida, la verdad es que nunca ha sido demasiado valorado por el ser humano. Para comprobarlo, simplemente tiene que ir al río más cercano, coger un vaso de agua y bebérselo de un trago... si no tiene que salir disparado al primer centro médico por intoxicación por metales pesados o por unas cagaleras de la muerte, es usted un auténtico privilegiado. Así de sencillo es poder comprobar el nulo respeto que se le ha tenido a este recurso básico, en cualquier sitio en donde se acumule más de una docena de personas por kilómetro cuadrado. No obstante, todos los centros urbanos han necesitado disponer de un suministro de agua más o menos regular desde el principio de los tiempos, aunque muchas veces los equipamientos que la llevan hayan quedado obsoletos o hayan desaparecido con el tiempo. Barcelona no es una excepción y bajo su asfalto existe una infraestructura hidráulica, oculta y desconocida para el gran público que desde hace 1.000 años se ha demostrado vital para comprender la vida en el Llano de Barcelona: el Rec Comtal.

Recreación del acueducto romano
Aunque sea prácticamente imposible hacerse la idea viendo la gran ciudad en que se ha convertido, hasta el desarrollo del proyecto del Eixample (Ensanche) de Ildefons Cerdà en 1860, el Pla de Barcelona era un espacio agrícola que comunicaba la ciudad con los pocos pueblos que en él convivían. Espacio que, limitado por un lado por el río Besós y  por el otro por el Llobregat, se regaba con el agua de las escasas rieras que descendían de Collserola. Los romanos, lo sabían bien y, no en vano, su primera opción de colonización fue Badalona, cerca del Besós, pero las circunstancias históricas ligadas a su más fácil defensa, hicieron que Barcino se desarrollara y pasara a ser su plaza fuerte. Pero toda plaza fuerte necesita su aporte de agua fijo y si bien la ciudad disponía de pozos de buena calidad, no eran suficientes, por lo que se procedió a hacer un acueducto que, procedente del Besós llevara el agua a Barcelona. Una recreación de su entrada a la ciudad efectuada en 1958 se puede ver enganchada a la muralla romana en la plaza de la Catedral (Plaça Nova).

Pont de la Vaca (Vallbona)
Con la caída del Imperio Romano (ver Rómulo Augústulo, el último emperador romano) cayeron también todas sus infraestructuras fruto del desuso y de la falta de mantenimiento, entre ellas el acueducto de Barcelona. Sin embargo, durante la Alta Edad Media, el crecimiento de la población y de la actividad comercial alrededor de la ciudad necesitaba de agua para mover molinos harineros, de pólvora y de paños, por lo que hacia el siglo X-XI (no hay una fecha exacta) el conde Miró I de Barcelona -aunque hay quien lo atribuye a Ramón Berenguer I- decidió reconstruir, con una trayectoria adaptada al desarrollo de la ciudad del momento, el acueducto que habían construido los romanos y volver a llevar agua a Barcelona.

Curso del Rec Comtal
Así las cosas, aprovechando la toma de agua del acueducto romano ubicado en el término de Montcada i Reixac, se construyó un canal de 12 km que llevaba el agua desde una captación en el Besós hasta la Ciudad Condal, donde desembocaba en la playa a la altura de la actual Estación de Francia, en un momento en que la Barceloneta todavía no existía (ver Maians, una isla delante de Barcelona). De esta forma, resiguiendo las curvas de nivel y pasando por los entonces municipios independientes de Sant Andreu de Palomar y Sant Martí de Provençals, se daba servicio de riego y de tracción hidráulica a toda una serie de molinos ubicados en su trayecto, teniendo en cuenta que el uso de ésta agua era meramente comercial e industrial y no se contemplaba su uso como agua de boca. Un uso, el de agua potable, que no llegó hasta el año 1703.

La Casa de la Mina y el Reixegó
El Rec Comtal (Acequia Condal en castellano), que aún hoy está en funcionamiento, de esta manera partía de la Casa de la Mina, al pie del Turó de Montcada, por el punto conocido como "El Reixegó", recorriendo paralelo al Besós los barrios de Can Sant Joan y Vallbona, barrio donde se encuentran los últimos campos aún regados por agua del Rec Comtal y el punto actual de desembocadura en el río. A partir de aquí, la canalización está en desuso y su curso, desaparecido o enterrado según el tramo, bordea el barrio de Trinitat Vella y se interna en Sant Andreu paralelo a las vías del tren, dando forma a la estructura urbana del barrio: las calles Cinca y Segre resiguen su antiguo curso hasta llegar a la Sagrera.

Rec Comtal y la Monumental (1916)
Llegado este momento, el canal, zigzagueando por el interior de las manzanas de casas del Clot, algunas de las cuales aún mantienen fosilizados pequeños retazos de la antigua acequia, se dirige a la plaza de les Glòries, pasando por detrás de los antiguos terrenos de los Encantes Viejos y dejando la plaza de toros Monumental a la derecha, se dirige hacia el Arco de Triunfo. En este lugar, el Rec Comtal, siguiendo la calle Trafalgar, entraba en las murallas de Barcelona regando los huertos del antiguo convento de Sant Pere de les Puelles, resiguiendo el trazado de la actual calle del Rec Comtal hasta salir de la ciudad entre la actual Estación de Francia y los restos del Baluarte de Migdia, donde desembocaba al mar.

El Rec en el CC. El Born
El canal, con el devenir de los siglos y adaptándose a los avatares históricos de Barcelona y sus alrededores (no en vano dentro del Born hay un antiguo cauce del Rec Comtal, anulado con la construcción de la Ciudadela), se convirtió en una de las principales fuentes de riqueza del Llano de Barcelona. No obstante, la rápida expansión de la ciudad durante finales del siglo XIX, la desaparición de los campos, la creciente contaminación del agua y una epidemia de tifus el 1914 producida por filtraciones de aguas fecales en la acequia, provocaron su caída en desgracia y su desaparición de la memoria colectiva en muy poco tiempo. Algo parecido a lo que pasó a su "compañero" del Llobregat, el Canal de la Infanta (ver Amnesia).

Restos cerca de Arc de Triomf
En la actualidad el Rec Comtal, y gracias a la inestimable tarea de divulgación del amigo Enric H. March, está dejando de ser un auténtico desconocido para propios y extraños, para, con su reciente puesta en valor por parte de las autoridades barcelonesas, convertirse en un Patrimonio Histórico y Natural de incalculable valor. Un patrimonio que habla, voz en grito pero acallado por el peso del asfalto que lo cubre, de las relaciones íntimas de un territorio como Barcelona con su medio ambiente y su historia. Una historia que, mal que moleste a quien solo piensa en dinero, nos pertenece a todos y merece que no sea olvidada.

El Rec Comtal por la calle Cinca, en el barrio de Sant Andreu
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jueves, marzo 15, 2018

El susto del emperador Honorio por la caída de Roma, su gallina

Honorio y sus gallinas
Una de las acusaciones que más habitualmente se lanzan contra los políticos es que ellos viven en su mundo, alejándose de forma indecente de la realidad de la calle. Así, muchas veces, los capitostes y mandatarios varios parece que vivan en su Olimpo particular (con dietas, cafés y gintonics subvencionados), pasando como de la mierda de los padecimientos del pueblo llano. La mayoría de veces esta "desidia" es fruto de la especialización en el mundo político (el mundillo interno, más cercano, oculta el externo, siempre más lejano), pero no siempre es así. De hecho, ha habido (y hay) dirigentes a los que los asuntos de la res pública se la ha traído absolutamente al pairo. Tal fue el caso del emperador romano Honorio, el cual estaba preocupadísimo por la caída de Roma. El único inconveniente es que Roma, era su gallina.

División del Imperio Romano
A principios del siglo V dC, el Imperio Romano era un auténtico caos que poco tenía que ver con aquella potentísima potencia que se había enseñoreado de todo el contorno mediterráneo tres siglos atrás. El estancamiento de las fronteras en una economía que se basaba en la conquista y saqueo de nuevos territorios como forma de enriquecer el estado y la continua amenaza de los pueblos bárbaros que rodeaban el Imperio, hicieron que el poder político de Roma fuese cada día puesto en peligro. Dirigentes ineptos, corruptos y militares ambiciosos y oportunistas hicieron que la inestabilidad política fuera la norma. Y para acabar de liarla parda, el emperador Teodosio, al morir en 395, dividió el imperio entre sus dos hijos: para Arcadio, el mayor, con 17 años, la parte Oriental y para Honorio, el menor, con 9 años, el imperio de Occidente. Dos niños a dirigir el más vasto imperio del mundo conocido. Diversión asegurada.

El Emperador Honorio
Si bien en la parte oriental, Arcadio ya era mayorcete y daba un poco más de juego a su regente Rufino, en la occidental, Honorio era simplemente un polluelo que estaba a cargo del general de raíces vándalas Flavio Estilicón. Para la suerte de Honorio, Estilicón era un brillante militar que mantuvo a raya las invasiones bárbaras, dando hasta en el cielo del paladar al rey visigodo Alarico, que estaba emperrado en tomar el poder imperial con sus huestes bárbaras (lo derrota en 397, 402 y 403). Evidentemente la relevancia política de Honorio era prácticamente inexistente ya que el peso de la gestión del circo de tres pistas que era el Imperio Romano de Occidente, lo llevaba el muy válido Estilicón. Aún así, Estilicón se propuso darle una educación adecuada a su cargo, pero el mozuelo no era mucho de estudios (si hubiese pillado un móvil en aquel momento...) y se pasaba el día jugando con sus gallinas, a las que tenía por animales domésticos. No obstante esta apatía con los asuntos de estado, el joven no era refractario a la curia que se movía a su entorno.

Flavio Estilicón
Así las cosas, a cada victoria que conseguía Estilicón contra vándalos, ostrogodos y usurpadores varios, más iba creciendo la envidia entre los trepas que aspiraban a ocupar los más altos puestos de poder imperial. De este modo, en 408, Estilicón cae en desgracia ante los ojos de Honorio (ya con 21 años) al creerse las acusaciones de colaboracionismo con los bárbaros que vierten sus opositores sobre el general. Sus orígenes vándalos (su madre era romana, pero su padre era un militar vándalo) y su fe arriana, ayudaron a dar una (mala) explicación a sus pactos con las tribus bárbaras que asolaban los confines del Imperio y una excusa para quitárselo de en medio. Sin dudarlo mucho, Estilicón fue condenado a muerte el 22 de agosto de 408, junto a su hijo. Y es que, los caminos al poder, cuanto más limpios, mejor. No obstante, pronto se darían cuenta del error cometido.

El rey Alarico
Muerto Estilicón, Alarico se vio sin su principal oponente, por lo que, con sus tropas visigodas, atravesó la península itálica y puso en sitio a la mismísima Roma en septiembre de aquel mismo 408. El emperador Honorio, que tenía su sede imperial establecida en Ravena, una ciudad a 300 km al noreste de Roma fácilmente defendible por estar rodeada por lagunas, seguía enfrascado en su duro quehacer diario (ver El Oopu Alamoo, el pequeño titán que remonta cascadas de 300 m de altura) de juguetear y dar de comer a sus inefables gallinejas. Él estaba a salvo, por lo que las condiciones de vida de sus súbditos era lo que menos le preocupaba en aquellos momentos.

Alarico entra victorioso en Roma
Alarico, por su parte, intentaba hacerse con el poder, ya fuera apoyando a usurpadores o bien, intentando negociar con Honorio que se le nombrara jefe de los ejércitos imperiales, es decir magister militum. Ejércitos que, todo sea el decirlo, más que imperiales parecían el ejército de Pancho Villa, debido a que no había dinero, la mayoría eran de origen bárbaro y estaban divididos en facciones según su adscripción a uno u otro general con aspiraciones imperiales. Y como Honorio no cedía, los sitios a la Ciudad Eterna se sucedieron y, tanto va el cántaro a la fuente que, al final, gracias a una traición (ver Sancho II de Castilla, el rey que murió cagando), el 24 de agosto del 410 Roma cayó ante las huestes visigodas de Alarico, que la saquearon y destruyeron. Era la primera vez en 7 siglos que Roma era conquistada por un ejército extranjero, lo que significó un auténtico shock para la ciudadanía romana y el golpe de gracia para el prácticamente derrumbado Imperio Romano de Occidente.

Honorio (Laurens 1880)
Cuando llegaron las noticias a Ravena de que Roma había sido tomada por los bárbaros, Honorio exclamó apesadumbrado... "¿Pero cómo puede ser? ¡Si ahora mismo estaba entre mis pies!". Había creído que era una de las gallinas con las que jugaba, a la que -con recochineo, se supone- llamaba Roma, respirando tranquilo cuando le dijeron que no era su gallina, sino la ciudad. La típica reacción de un dirigente que se encuentra con el poder por simple derecho de sangre, preocupado profundamente por el bienestar de su gente, vamos.

El hecho, transcrito profusamente durante los siglos posteriores, se especula que -como tantas otras burradas atribuidas a poderosos y dirigentes políticos de todas las épocas- fuera una exageración de sus opositores. Con todo, el mal gobierno de Roma y el caos institucional y social ya no abandonaron la península Itálica hasta la caída final del Imperio (ver Rómulo Augústulo, el último emperador romano), quedando el asunto de Honorio y su gallina como el paradigma de la desidia, negligencia y desinterés de la clase política por los problemas reales de la gente una vez alcanzada su apoltronada y cómoda parcela de poder. 

Hoy día, las gallinas no se llaman Roma, sino Candy Crush.

Y, de mientras, el otro, jugando con sus gallinas

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domingo, marzo 04, 2018

El increible viaje en el tiempo de una tortuga marina

Tortuga verde en Brasil
La isla de Ascensión es una pequeña isla volcánica de tan solo 90 kms/2 que se encuentra literalmente perdida en medio de la inmensidad del Océano Atlántico. Tal es el grado de aislamiento de esta isla -más pequeña que el municipio de Barcelona- que, teniendo como tierra más cercana la remota isla de Santa Helena a unos 1.200 km, dista 2.250 km de la costa americana y 1.600 de la de África. Pues bien, a pesar de este extraordinario aislamiento (ver Bouvet, donde aislamiento se escribe con mayúsculas), las tortugas verdes del Brasil van a desovar año tras año en sus costas. Pero...¿qué es lo que les hace venir a poner sus huevos a este auténtico grano de arena perdido en la inmensidad del desierto Atlántico? Sencillo: la prueba de la íntima relación entre la vida y el planeta Tierra.

Adaptación a la tectónica de placas
La tortuga verde (Chelonia mydas) es una especie de tortuga marina en peligro de extinción que se extiende por los mares tropicales y subtropicales del planeta, teniendo en el Caribe y Sudamérica una importante colonia. Como otras tortugas y reptiles, la tortuga verde tiene tendencia a volver año tras año a poner sus huevos allí donde nació, haciendo para ello grandes distancias, pero ninguna como las  de la costa brasileña, que llegan a hacer la friolera de 2.600 km de navegación trasatlántica para atinar certeramente a la minúscula isla de Ascensión.

Una diana a 2.600 km de distancia
La isla de Ascensión, por su parte, se trata de la parte emergida de un edificio volcánico que se encuentra situado sobre la dorsal atlántica que separa la Placa Americana de la Placa Africana (ver Cumbre Vieja o la espada de Damocles de La Palma). El mantenimiento de la actividad volcánica en la zona durante los últimos millones de años ha hecho que este punto sea un punto fijo de vulcanismo desde el principio de la separación entre África y América, hace más de 135 millones de años.

La tectónica separó ambos continentes
Hemos de tener en cuenta que las tortugas marinas son una de las especies más antiguas sobre la tierra, con más de 110 millones de años de existencia (ver La cica, un eslabón perdido en nuestro jardín), y por ello los científicos han determinado que las antecesoras de las tortugas verdes actuales habrían vivido la separación física de los dos continentes. Este hecho ha llevado a la conclusión de que las tortugas verdes, en un principio, hacían un trayecto mucho más corto para hacer el desove anual.

Funcionamiento de una dorsal
El proceso de apertura del Océano Atlántico sur a un ritmo de unos 2-3 cm anuales, pero con el mantenimiento de la isla primigenia por renovación continua de los volcanes emergidos, habría hecho que las tortugas se adaptaran progresivamente al aumento de la distancia de su punto de desove. De esta forma, con el pasar de los milenios, las tortugas habrían pasado, centímetro a centímetro, de hacer un trayecto de unos 300 kilómetros a hacer un formidable viaje de más de 2.000 kilómetros debido a la deriva continental.
Desove de tortuga
Es una pena que la inconsciencia humana haya puesto al borde de la extinción a una especie que ha conseguido sobrevivir millones de años adaptándose a un mundo tan cambiante como es el nuestro. Esperemos que las prohibiciones de pesca en todo el mundo últimamente declaradas, permitan a esta pequeña maravilla de la naturaleza que son las tortugas verdes sudamericanas seguir haciendo su particular viaje en el tiempo y en el espacio durante otros millones de años más.

100 millones de años de viaje.
Art. Rev. 21/11/10 19.13 198v

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viernes, marzo 02, 2018

El esquivo y misterioso fenómeno del rayo verde

Rayo verde visto desde Escocia
Nuestro mundo, a pesar de que lo estemos tratando como si fuera un estercolero, es inmensamente bello y fascinante. Cuando nos aislamos del mundanal ruido que nos rodea y somos capaces de abstraernos a nuestras preocupaciones diarias, si observamos la naturaleza que tenemos alrededor, por mínima que sea, de seguro que será capaz de sorprendernos. Basta con estar mirando cualquier puesta de sol para poder deleitarnos con la maravilla de una cálida paleta de colores que inunda el cielo que observamos. Más rojo cuanto más cerca del Sahara, o más amarillo cuanto más hacia los polos por efecto del polvo en suspensión (ver El insólito fertilizante del Amazonas llamado polvo del Sahara) el ocaso nunca deja indiferente. Sin embargo, hay algunas pocas veces en que este espectáculo ya de por sí embriagador para cualquier alma un poco sensible, se vuelve sublime si tiene la inmensa suerte de ver, en el preciso momento en que el sol se esconde tras el horizonte, el huidizo y misterioso rayo verde.

El rayo verde (1882)
Conocido desde la antigüedad, pero tan inalcanzable como el premio gordo de la lotería, el rayo verde es uno de aquellos fenómenos que se han movido durante toda la historia de la humanidad entre la leyenda y la realidad. Su dificultad de observación (no se ve en todas las puestas) y su brevísima puesta en escena (como mucho un par de segundos) hace que, incluso si lo estás mirando, un simple parpadeo pueda hacer que nos lo perdamos. Ello ha hecho que sea considerado buen augurio y que se hubiese extendido la leyenda de que tan solo sea posible verlo, si el observador está verdaderamente enamorado. Pero no solo eso, sino que, dos personas que vean el fenómeno de forma simultánea, serán mutuamente fulminados de amor por la caprichosa flecha de Cupido, en este caso en forma de rayo de luz verde. De hecho, Julio Verne, en 1882 ya le dedicó una de sus novelas.

Más allá de las acepciones románticas y fantasiosas de la sabia ignorancia ancestral (ver El Fuego de San Telmo: el poder de un santo encerrado en una botella), el fenómeno existe y tiene una explicación científica mucho más prosaica.

La refracción produce el rayo verde
A medida que el sol transita por el cielo, la cantidad de atmósfera que su luz ha de atravesar es cada vez diferente. En el mediodía, que es el momento del día en el cual el sol incide más verticalmente, la capa de aire a atravesar hasta llegar a nosotros es exactamente la altura de la atmósfera. No obstante, según va pasando el día, el sol incide de forma cada vez más oblicua. Esto significa que sus rayos han de cruzar una cantidad progresivamente mayor de aire, frenando y modulando la luz que nos llega. De aquí que, según vaya avanzando la tarde, los colores sean cada vez más amortiguados y que el sol en la playa no queme igual a las 2 de la tarde que a las 6.

Rayo verde desde Francia
Conforme que llega el sol al horizonte, la capa de aire va aumentando y es, justamente en el momento de esconderse cuando alcanza su máximo espesor. En este punto, la atmósfera actúa como si fuera un prisma y descompone la luz en los colores del arco iris, curvando los rayos de forma diferente según su color. Normalmente vemos el color rojo el último al ser el exterior y el que menos se ve afectado por la refracción, pero en casos muy excepcionales, ya sea por tener un horizonte muy lejano o por condiciones atmosféricas extrañamente favorables, en el momento de ponerse el sol, aparece durante una pequeña fracción de tiempo un rayo de color verde encima del disco solar. Rayo que es fruto del diferente índice de refracción entre la luz roja y la verde, actuando como si fuera un espejismo (ver La inalcanzable isla de San Borondón) y curvando de forma más pronunciada el verde que el rojo, permitiendo que sea visto en unas circunstancias en que no seria factible verlo. La gama de azules, debido a su longitud de onda, simplemente es absorbido por la atmósfera y no llega a nuestra retina.

Rayo verde desde California
Así las cosas, este fenómeno óptico raro y esquivo es, dentro de su dificultad, más fácil que se pueda llegar a ver a orillas del mar -al haber un horizonte sin obstáculos- o bien en zonas altas o muy planas en que hay una gran distancia entre el punto de ocaso y el observador. Sea uno o sea otro, si usted es afortunado o afortunada en divisar el misterioso rayo verde, sepa que, ante sus ojos, tiene uno de los fenómenos atmosféricos más raros que se nos ofrecen y un ejemplo de la belleza salvaje que nos esconde esta pelota menospreciada y vilipendiada que es el planeta Tierra.

Y, por si acaso, de un beso a quien tenga al lado. Nunca se sabe.

El escurridizo rayo verde visto desde Seaside (Oregón-EE.UU.)

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jueves, marzo 01, 2018

El linchamiento del regidor Tordesillas o la brutal forma de castigar un mal político

Segovia y su acueducto
Los continuos casos de corrupción política que surgen a la palestra informativa día sí y día también son, por conocidas y reiteradas, una noticia que ya no asombra a nadie. De hecho, no es que no nos asombre, sino que, muchas de las veces, ante la magnitud astronómica del delito, parece que haya una cierta resignación por parte del pueblo. Posiblemente sea debido a que, en este país, históricamente, se han hecho muchas y muy gordas (ver La corrupta historia de los coches llamados "Gracias Manolo"), y como “el que manda, manda”, la gente ha optado por hacer la vista gorda y, si acaso, meter la mano ella también en la caja a la más mínima opción. Ello ha dado alas a los representantes políticos a creerse los reyes del mambo y a hacer lo que quieran sin tener que dar demasiadas explicaciones ante el pueblo que lo ha elegido. No obstante, no siempre ha sido así y, a parte del caso arquetípico de la Revolución Francesa, en que los Borbones perdieron la cabeza por un quítame-allá-esas-hambres, en España también ha habido reacciones airadas del populacho ante politiquillos con pocos escrúpulos. O si no, que se lo digan al regidor Tordesillas, para el cual ni todos los curas de Segovia le libraron de ser castigado por su pueblo.

Fernando el Católico
Para encontrar el origen de esta historia, nos hemos de remontar al año 1504, cuando con la muerte de Isabel la Católica, Castilla se encuentra con un periodo de gran inestabilidad política fruto de la (a priori) incapacidad de asumir el mando por parte de la legítima heredera, su hija Juana la Loca. De esta forma, en un periodo de 12 años, se alternan por la máxima institución castellana Felipe el Hermoso -el marido de Juana-, el Cardenal Cisneros y Fernando el Católico -el viudo de Isabel- éste último empujado por las circunstancias, habida cuenta que él estaba por seguir sus políticas reproductivas para asegurar un heredero a la Corona de Aragón (aisss... ¡esa sacrosanta unidad de la patria!) (ver Germana de Foix, cuando la unidad de España pendió de un espermatozoide).

Guillaume de Croy
Así las cosas, en 1516, tras la muerte sin -nuevos- hijos de Fernando el Católico, el poder pasa al hijo de Juana la Loca, Carlos, que con 16 años y sin haber pisado la península Ibérica en su vida (se ha pasado toda su vida en Flandes), se encuentra heredando las dos coronas. De esta forma, cuando a finales de 1517, decide darse un garbeo por sus posesiones castellanas, se encuentra con un país totalmente desconocido del cual ignora todo, incluso el idioma (las clases recibidas no le aprovecharon mucho, era un crío ¿qué querías?). Obvia decir que la llegada del nuevo rey llenó de orgullo y satisfacción a toda la nobleza castellana y más cuando, al año siguiente, convoca cortes en Valladolid y enchufa a sus amigotes flamencos en todos los puestos de responsabilidad del reino de Castilla. El colmo fue la designación a dedo real de Guillermo de Croy como arzobispo de Toledo, no por nada, sino porque tenia tan solo 20 añitos. A la curia eclesiástica castellana, ávida de ascensos, se la llevaban los mengues y la cosa empezaba a estar calentita.

Carlos I, yendo para V
La olla acabó por hervir cuando, en 1519, Carlos I se encontró con posibilidades de ser emperador del Sacro Imperio Germánico y convertirse en Carlos V. El único inconveniente es que, un “negocio” para empezar necesita que le eches billetes... y ¿a quién se los pidió? A la corte castellana, efectivamente. Para ello, Carlos I convocó cortes en Santiago de Compostela para el 4 de abril de 1520, pero Castilla -en crisis desde 1504- estaba hasta el moño de tanto impuesto y no estaba dispuesta a pagar las veleidades imperiales de un rey totalmente ajeno. El rey, viendo que le podían dar más que lentejas dan por un euro, las desconvocó y las volvió a convocar para el 22 de abril en La Coruña pero, a poder ser, con los representantes más favorables a la corona que fuese posible -tonto no era el chiquillo. Pese a la oposición popular, los representantes a cortes de los diferentes pueblos y villas castellanas dieron el visto bueno y concedieron el capital que necesitaba el rey, el cual salió disparado (corre, que te quitan el Imperio) para Alemania el 20 de mayo de 1520. La “faena” ya estaba hecha, ahora el marrón quedaba para los regidores, que tendrían que explicar lo inexplicable a su pueblo. Y pintaban bastos.

La gente estaba un pelín molesta
En esta situación, el 29 de mayo, los representantes de El Espinar (Juan Vázquez) y de Segovia (Rodrigo de Tordesillas) estaban volviendo a casa -ambas villas distan una treintena de kilómetros- cuando les avisaron que las cosas estaban muy caldeaditas por Segovia y que mejor que Tordesillas no se acercase hasta que el populacho se calmase. Vázquez le ofreció su casa de El Espinar para pasar la noche, pero el segoviano, que estaba convencido de no haber hecho nada malo, declinó y se fue a su casa tranquilamente. El orgullo castellano, que no falte.

Iglesia de San Miguel (S.XVI)
A la mañana siguiente, había convocada reunión de ayuntamiento en la iglesia de San Miguel y Rodrigo de Tordesillas, más chulo que un ocho, se vistió con sus mejores galas y se encaminó hacia la iglesia. En plena reunión, la muchedumbre, sabiendo de la presencia del regidor “traidor”, aporrearon la puerta del templo pidiendo explicaciones. El cura, que ve que la gente no está para atender a demasiadas razones, avisa a Tordesillas de que no salga, el cual, pasando de todos los avisos y prevenciones, sale a la puerta dispuesto a leerles una carta explicativa.

Cárcel Real (S. XVII)
Ni carta, ni gaitas. Tal como sale, le quitan el papel y le endiñan una soga al cuello. El regidor, envuelto por la muchedumbre que lo increpa, golpea y humilla, es arrastrado hasta la Cárcel Real para que sea allí encerrado por su proceder. Sin embargo, cuando llegan a las puertas de la prisión, los funcionarios reales se niegan a abrirlas, por lo que la turba, ante la imposibilidad de encarcelarlo deciden tirar por el camino más fácil y contundente: ¿Que no lo podemos encarcelar? ¡Pues lo ejecutamos!

Ni el Santo Sacramento lo salvó
El desdichado regidor, ya hecho un muñeco, es llevado hasta la plaza de Santa Eulalia, lugar habitual de los ajusticiamientos, no sin antes salirle al paso todos los curas de los conventos e iglesias de Segovia pidiendo clemencia en su nombre y rogando que lo soltasen. Incluso el hermano de Rodrigo de Tordesillas, que era el prior del convento de San Francisco salen a la calle a implorar misericordia por su vida. Tan solo la presencia de curas con el Santísimo Sacramento (el relicario con la hostia consagrada) y la petición de confesión para el reo permitió que la locura se parara por un momento y se le acercara un sacerdote. Sin embargo, poco duró la alegría en casa de Tordesillas, porque cuando el religioso le quitó la soga del cuello, la gente, temiendo que lo soltase, se lo arrancaron de las manos, le volvieron a poner el lazo al gañote y, esta vez arrastrándolo literalmente por el suelo, enfilaron hasta el patíbulo. Tordesillas vapuleado como un pelele ya no llegó vivo, pese a lo cual, la muchedumbre decidió ahorcarlo estuviese como estuviese. Y allí quedó.

Plaza de Santa Eulalia
La gente, presa de la rabia porque uno de sus representantes había hecho caso omiso a la voluntad popular ante una situación en la que era directa afectada, decidió tomarse la justicia por su mano y dar una lección al regidor díscolo. En principio solo pretendían encarcelar a Tordesillas, pero la impotencia por no poderlo hacer solo hizo que acrecentar la indignación, acabando con la vida del representante político segoviano. Hecho luctuoso e insensato que fue la espoleta para una revuelta popular armada contra el poder establecido, que durante dos años -pero cuyos ecos llegan hasta el día de hoy- fue un serio quebradero de cabeza para el recién coronado Carlos V: la revuelta de los Comuneros.

Ayer se pasaban, hoy no llegamos. ¿Qué tal un término medio?.

Los segovianos usaron un disciplinador demasiado drástico

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