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martes, noviembre 29, 2016

El castillo de Santa Eulalia, la historia de amor de un barrio de L'Hospitalet

Castell de Santa Eulàlia
El barrio de Santa Eulàlia, además de ser uno de los más antiguos de la ciudad, guarda en su interior toda una serie de pequeñas maravillas que, como pasa con casi todo en L'Hospitalet, si no prestamos atención pueden pasar totalmente inadvertidas. No obstante, no siempre es así, y en una calle -a priori- secundaria del barrio, podemos darnos de bruces con nada más y nada menos que con un... ¡castillo! Si, si, como lo lee... un castillo con sus arcos ojivales, sus almenas, sus sillares en piedra, sus escudos... aunque, eso sí, un pelín más joven de lo que nos tienen acostumbrados estos edificios...

Detalles medievales
En la calle Blas Fernández Lirola, a la altura del nº 74, si no es que pasa ante él buscando setas o vigilando las cacas de perro -que será lo más normal- seguro que le llamará la atención una fachada en piedra amarillenta de Montjuïc que destaca de todo el resto de fachadas de la calle porque es la viva imagen de un castillo medieval. Pero... ¿un castillo en medio de la ciudad? No, no se asuste, no es ningún relicto de la Edad Media como el castillo de Bellvís de la Torrassa (para que luego digan que Hospitalet no tiene historia, ver El Tratado de Utrecht o cuando la Historia pasó por Hospitalet), ni nada parecido. Es simplemente un edificio de viviendas como tantos otros, sólo que detrás de ese edificio que parece haber sido construido con Exín Castillos, además de historia esconde una bonita historia de amor.

Se le dedicó una calle al propietario
Conocido es que después de la caída del Imperio Romano, los que vinieron después aprovecharon aquellos colosales edificios antiguos en ruinas como inmensas canteras con las cuales levantar las nuevas construcciones del momento. Pues una cosa similar hizo Blas Fernández Lirola, un librero con establecimientos en la Calle Aribau y en el conocido mercado de Sant Antoni de la Ciudad Condal, cuando a principios de los años 30 decidió empezar la construcción de lo que se conocería más adelante como "El Castell de la Pepa" o , sencillamente, "El Castell" (el castillo).

Interior del "Castillo"
Lirola, que estaba enamorado hasta las trancas de una chica (probablemente, la tal "Pepa") y tenía fama de excéntrico, estaba especializado en la venta de libros viejos y de época, la cual cosa le hizo pensar que... ¿qué mejor que regalarle un castillo a su princesa? y allí que se puso a construírselo.

Así las cosas, el librero empezó poco a poco a levantar el edificio en la medida que daba el presupuesto. Presupuesto que estiraba aprovechando materiales de construcción provenientes de antiguos edificios derruidos del Eixample barcelonés, con los cuales conseguía unos materiales de gran calidad provenientes de las canteras de Montjuïc -ya en buena parte cerradas en el momento en que Lirola inició su castillo. Esta forma de aprovechamiento también le permitió incorporar elementos estructurales y decorativos señoriales premodernistas provenientes de estos edificios, tales como la escalera, suelos e incluso alguna escultura, lo que proporcionaba a la vivienda un imponente aspecto medieval.

1935-1945, fecha de la construcción
De este modo, y tal como reza en la fachada del castillo, las obras se alargaron desde el 1935 hasta el 1945, momento en el que se dio por finalizado un edificio de 3 pisos de unos 170 metros cuadrados de planta, con fachada “medieval” tanto a la calle como al patio interior,  y donde las ventanas destacan por ser arcos ojivales y los dinteles de las puertas por ser arcos de herradura de inspiración románica. Todo un castillo de la Edad Media construido en el Hospitalet de pleno siglo XX.

Enrique Jonama
No obstante, a finales de los años 40, Lirola, que según parece no llegó a vivir en el edificio, cedió el mismo al Ayuntamiento de L'Hospitalet con el fin de que fuese destinado a usos culturales. El edificio fue aceptado por el consistorio, el cual, en reconocimiento, puso su nombre a la calle en que se había construido, es decir Blas Fernández Lirola, aunque popularmente es más conocida por “la calle del castillo”. El alcalde franquista del momento, Enrique Jonama, por su cuenta y riesgo y sin encomendarse a ningún santo, decidió que el “castillo” se dedicase a escuela de bellas artes, lo que le valió una trifulca dentro del ayuntamiento que se acabó en enero de 1952 con un voto de protesta contra el alcalde por su unilateral decisión.

Ventanas ojivales
El edificio, de esta forma, pasó a estar gestionado durante los años 60 y 70 por la Obra Social y Cultural Sopeña (OSCUS), una ONG de raíz cristiana dedicada a la cooperación y voluntariado, la cual impartía clases de administrativo, peluquería, mecanografía y diversa formación de iniciación profesional en tan excepcional entorno.

En la actualidad, y tras el abandono de las instalaciones por parte de OSCUS, el castillo de Santa Eulalia está siendo utilizado como almacén del Museu de l'Hospitalet. Un uso que, por desgracia, pudiera ser efímero habida cuenta de los intensos rumores que apuntan a su abandono por parte del Ayuntamiento (al cual pertenece) y que, debido a que no está protegido, ni catalogado como patrimonio de la ciudad de ningún modo, sumadas a las conocidas tendencias patrimonicidas del consistorio de Nuria Marín (ver El Coro, el edificio donde la Historia está en extinción), pudiera ser el fin del edificio tal y como lo conocemos.

En definitiva, que el Castell de Santa Eulàlia, por mucho que no sea un edificio histórico -aunque sí construido con elementos históricos- es un edificio singular muy estimado por el barrio, que forma parte del imaginario y el sentimiento más profundo de los vecinos de Santa Eulàlia. Unos vecinos que, ni más ni menos como el resto de L'Hospitalet, han tenido que sufrir durante decenios la ignominia de un ayuntamiento que, lejos de preservar el patrimonio histórico del pueblo, lo ha borrado continua y sistemáticamente.


Un edificio muy querido por el barrio

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sábado, noviembre 26, 2016

La epopeya de La Monja Alférez, el hombre bautizado Catalina de Erauso

Catalina de Erauso.
Normalmente, cuando hablamos de mujeres, sobre todo desde el punto de vista de un hombre, la imagen que se nos viene a la mente es la de una persona amable, sensible y delicada, antítesis absoluta de lo que un hombre acostumbra a ser. Esto, que puede llegar a ser medio verdad si aplicamos la teoría del punto gordo, en realidad, y visto caso por caso, acostumbra a no ser así. De hecho, una gran parte de los problemas de convivencia que ocurren en nuestra sociedad (ver El reality show de la violencia de genero) provienen de esta tendencia reduccionista a atribuir un rol y unas características absurdamente concretas según el sexo al que pertenezca el individuo, y más en un mundo en que ni tan siquiera el hecho de ser un individuo está claro (ver Quimerismo, la travesura genética que produce frankensteins). Sea como sea, el reconocimiento del papel de las mujeres en la historia, durante los últimos milenios, ha sido poco más que nulo, habida cuenta la patriarcal opresión masculina hacia ellas y, en buena parte, a la interiorización misma del papel de “mujer florero” que tradicionalmente se le ha otorgado. Aunque, siempre hay excepciones, claro. Tal es el caso de una mujer que, lejos de ser la bella mariposilla del bosque que se esperaba de ella, resultó ser un auténtico terremoto que dejaba a la altura del betún a cualquier hombre en malos modales, brutalidad y, sobre todo, en meterse en follones. Me refiero a Catalina Erauso, más conocida como “La Monja Alférez”.

Antiguo convento de San Telmo
A pesar de la importancia de la mujer en la Historia y en el desarrollo humano (ver Bertha Benz y el primer viaje en automóvil), las mujeres siempre han sido tratadas con paternalismo y condescendencia, tratándolas casi como inútiles. La falta de educación que, caso de darse, era casi exclusiva de los varones de la familia, durante siglos ha relegado a las mujeres a una situación, en que o bien se dedicaban a los asuntos de casa, o, si tenían alguna inquietud intelectual, no tenían más opción que meterse a monja para tener una mínima formación. Así las cosas, en 1589, Catalina de Erauso, hija de un importante militar vasco afincado en San Sebastián, con tan solo 4 años fue ingresada en el convento de los dominicos de la capital donostiarra. El argumento parecía seguir el de tantas mujeres que consagraban su vida a su familia o, en su defecto, a Dios, y como Catalina era feuchilla -la cual cosa no auguraba un matrimonio fácil- la vertiente religiosa parecía que sería su vida... y su tumba. Y nada más lejos de la realidad.

Donostia y La Concha
Catalina creció, pero su carácter rebelde hizo volver medio locas a las monjas, las cuales se la quitaron de encima como pudieron, endiñándosela a los monjes del monasterio de San Bartolomé, que tenían unas reglas más estrictas que las suyas. Con todo, las continuas broncas, desplantes y peleas, hicieron ver a la mujercita de 15 años en que se había convertido Catalina, que la vida monacal no era lo suyo y el 18 de marzo de 1600, encontrando la llave del convento accesible, cogía el portante y huía vestida de chico. Disfraz que no abandonaría en la vida.

De este modo, Catalina se desplazó andando a Vitoria, donde fue a parar a casa de un catedrático pariente suyo, que no la reconoció vestido de chico como iba, y que le dio cierta formación. El problema es que, entre latinajo y latinajo, el catedrático intentó violarla, lo cual provocó una nueva huida tres meses después. Huída que la llevó a Valladolid, villa donde se encontraba en aquel momento la Corte de Felipe III como fruto de la jeta de piedra berroqueña de su valido, el Duque de Lerma (ver El Duque de Lerma, la capital de España y su descarado pelotazo inmobiliario). Sea como sea, Catalina, con el nombre de Francisco de Loyola, encontró trabajo como paje del secretario del rey aunque, a los siete meses, y al encontrarse de bruces con su padre (¡y hablar con ella sin reconocerla!) decidió salir otra vez pies para qué os quiero.

Sanlúcar de Barrameda
Así, de prófuga, Catalina se dirigió primeramente a Bilbao, donde tuvo un incidente con unos mozos que la intentaron asaltar pero a los cuales repelió con una piedra, ocasionando un herido, por lo que fue arrestada durante un mes, y al salir de la cárcel, se dirigió a Estella (Navarra) donde consiguió trabajar de sirviente durante dos años. Pero eso tampoco era lo que le pedía el cuerpo y, un buen día, decidió dejarlo todo y volver a San Sebastián. Vigiló de “estrangis” lo que hacía su familia y se enroló en un barco que la (¿o debería decir “lo”?) llevó a Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) y de aquí, como grumete en un barco de un pariente lejano suyo, finalmente a América.

Pendenciera y aventurera
A partir de entonces, las peripecias la llevan de puerto en puerto, buscándose la vida como puede imitando la vida y maneras de los hombres, incluso prometiéndose en matrimonio con diversas mujeres (a las cuales seducía y parece que “cataba” sin que se apercibieran de que era una mujer) pero sin casarse, faltaría más. Paralelamente, se pasaba la vida yendo y viniendo de la cárcel donde le metían sus continuos duelos y bravuconadas, así como cambiando de forma constante de nombre.

De este modo, su singladura le llevó de Venezuela a Panamá, y de aquí a Perú, pasando a Chile, al servicio de los ejércitos del rey de España, donde se hizo famosa por su bravura (y brutalidad extrema) en la conquista y represión de los indios mapuches chilenos. Todo ello en su rol de hombre, y sin que se diera cuenta nadie de su condición de mujer. Condición que, según su propio relato, escondió poniéndose ungüentos que hicieron “secar” sus pechos.

Conquista de los mapuches
Tras su periplo chileno, pasó a Argentina atravesando los Andes (donde casi pierde la vida), y de aquí a Bolivia (a Potosí y La Paz), donde sus refriegas la llevaron en más de una ocasión al borde del patíbulo y a estar más tiempo pidiendo asilo en sagrado (ver La anilla salvadora del Señor de Cal Bufalà) que libre. Finalmente, fue detenida en Perú en 1623 y, para salvarse de la horca, decidió confesar su condición de mujer, siendo tal extremo corroborado por unas matronas, las cuales, además, confirmaron que era virgen. El gran secreto de Catalina de Erauso se había, finalmente, desvelado, creando un gran revuelo en la religiosa y muy católica sociedad española del momento.

Ruta de Catalina Erauso
Enviada a España, fue recibida por Felipe IV, el cual le mantuvo los rangos militares y le dio una pensión vitalicia por sus servicios a la Corona en la conquista de Chile, siendo el mismo rey el que acuñó el sobrenombre de Monja Alférez. Posteriormente, pasó a Roma, donde se entrevistó con el papa Urbano VIII el cual le concedió la prerrogativa de poder vestir de hombre legalmente, en una época en la que el travestismo estaba estrictamente prohibido.

La historia de Catalina Erauso acaba en Nueva España (lo que que es actualmente México, vamos) donde al trasladarse en 1630, monta un negocio de arrieros, que será a lo que se dedique hasta el momento de su muerte. Muerte que, si bien no se conocen los detalles, se cree que le sobrevino en 1650 en Cotaxtla (Estado de Veracruz), lugar donde los investigadores suponen igualmente que reposan sus restos.

Busto en Donostia
En conclusión, que vista desde la lejanía del tiempo, la epopeya de Catalina de Erauso, la Monja Alférez, no tiene su importancia por haber sido tan burra, tan mal hablada, o tan juerguista y pendenciera como pudo serlo un hombre, ya que ello fue justo lo que produjo el revuelo en el siglo XVII. En la actualidad, el valor reside en el hecho de que alguien, en beneficio de su propia libertad sexual  (se travistió y no se le conocen amoríos con hombres, pero sí con mujeres, ergo era lesbiana) tuvo el suficiente coraje para transgredir todas las férreas normas establecidas por la tradición y hacer con su vida lo que quiso realmente. Posiblemente, no sería la vida que mejor le hubiera gustado vivir, pero en una sociedad de roles tan encorsetados, es plausible pensar que, puestos a escoger, el papel de macho camorrista y aventurero se adaptaba mejor a su forma de ser que cualquier otro.

Hoy, tal vez las cosas son diferentes, un poco más abiertas para todos, pero en un mundo cada vez más superpoblado, miedoso y desinformado como el actual, las libertades, y las sexuales las primeras, son un preciado tesoro que cuando las perdamos, las encontraremos mucho en falta.

Demasiado.


Monumento a la Monja Alférez en Orizaba (Venezuela)

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miércoles, noviembre 23, 2016

Cuando el hombre y los pedos de mamut produjeron una glaciación: el Dryas Reciente

Mamuts en la tundra
Cuando a mediados de noviembre las temperaturas superan de largo los 20ºC y hay gente que se está bañando tranquilamente en la playa a orillas del Mediterráneo, el cambio climático deja de ser una cuestión de opinión para pasar a ser un hecho fehaciente. La actividad humana desaforada, con la consiguiente emisión de gases de efecto invernadero y contaminantes por un tubo (preferentemente el de escape) está modificando la composición del aire que, hasta antes de la industrialización, circulaba por la atmósfera del planeta. Asimismo, la continua destrucción de nuestro entorno natural está produciendo una extinción masiva de especies sin parangón en el registro fósil. Posiblemente haya gente a quien no le preocupe lo más mínimo que desaparezca un tipo de rana (caso de la recién desaparecida rana Toughie), pero tal vez debiera inquietarnos muchísimo más de lo que lo hace. No en vano, los científicos han constatado que los hombres y los pedos de los mamuts tuvieron un protagonismo destacado en el origen del último periodo glacial. Lo ha leído bien: pedos.

Dryas Reciente
Durante el Pleistoceno, la tierra sufrió diversas glaciaciones que afectaron globalmente el clima de todo el planeta. La última, llamada Dryas Reciente, corresponde a un repentino enfriamiento que, tras un periodo de unos 1.600 años con temperaturas similares a las actuales, empezó hace 12.900 años y acabo hace 11.700. Hasta aquí, podría entenderse como una de las oscilaciones típicas que se producen en todos los periodos glaciales, sin embargo, los científicos detectaron que en un lapso muy corto de tiempo (algunos creen que no mayor a un decenio) hubo una caída brutal de los niveles de metano en la atmósfera. Esto no era en absoluto normal. ¿Qué había pasado aquí?

Generadores de metano
Para empezar, el metano es un hidrocarburo que, procedente de la putrefacción de materia orgánica, además de formar parte del gas natural que utilizamos en nuestros hogares, es uno de los más potentes gases de efecto invernadero que existe en la atmósfera, por lo que una variación en las concentraciones de dicho gas produce variaciones notables en la temperatura global. Si de hecho se tiene estudiado que una variación de unos 20 ppbv (partes por cada 1.000 millones -billón, en inglés- de volumen) produce una variación de 1 grado... ¿se imagina lo que supone un descenso de entre 185 y 245 ppbv como el detectado? Efectivamente, un colapso de las temperaturas de entre 9 y 12 grados, justo lo que se produjo en el Dryas Reciente.

Manada de bisontes
Al investigar lo que había pasado, los científicos se percataron de que aquel periodo de tiempo en que el metano había caído como las acciones de Bankia, había coincidido con la llegada y expansión del ser humano por América. Pero no solo con ello, sino, curiosamente, con la práctica desaparición de los grandes herbívoros hasta entonces existente en el subcontinente norteamericano, entre ellos mamuts, bisontes, caballos, camellos, berrendos (ver  El misterioso exceso de velocidad del antílope americano), además de los grandes depredadores que se alimentaban de ellos. ¿Y cual es el subproducto gaseoso que emiten cuando han comido? Efectivamente, pedos, o lo que es lo mismo, metano.

Gas natural (metano)
La teoría estaba servida, la desaparición de la megafauna implicó la desaparición de las emisiones de metano “pedorro” que usualmente dejaban escapar libremente a la atmósfera. Sin embargo, y aunque nos podamos imaginar que un mamut, con su tamaño, en el momento de tirarse un cuesco podría llenar un globo aerostático, había que confirmar realmente que la cantidad de metano que emitiesen los animales herbívoros desaparecidos eran suficientes como para provocar semejante descalabro. Los estudios fueron concluyentes.

Indígenas cazando
Tras estudiar el metano que emiten en la actualidad los elefantes y el ganado, se llegó a la conclusión de que la desaparición de los grandes herbívoros en las inmensas llanuras norteamericanas implicó dejar de emitir a la atmósfera un millón de toneladas de metano. Emisiones fallidas que explicarían por sí solas el decrecimiento de las concentraciones de este gas de una forma tan brusca como las descubiertas.

Así las cosas, los científicos han llegado a la conclusión de que, las cazas intensivas de herbívoros de todo tipo realizadas por los hombres recién llegados, en una América donde los ecosistemas se encontraban en un precario equilibrio ecológico debido a los cambios climáticos recientes (ver Missoula, un cataclismo hecho riada), supuso un mazazo insalvable para buena parte de la megafauna existente.

Megafauna extinta
Su acción, por tanto, supuso la extinción de hasta 114 especies de herbívoros diferentes y, con ellos, de las ventosidades que emitían diariamente, lo que provocó un descenso repentino de las concentraciones de metano en la atmósfera (sobre todo del hemisferio Norte). Ello, junto a la progresiva desaparición de los grandes herbívoros también en Europa y Asia (ver Wrangel, el dominio del último mamut), hizo que el clima global se enfriase por la incapacidad de la atmósfera de retener el calor del sol, provocando, de rebote, el último periodo glacial que ha padecido el planeta.

Gases efecto invernadero
Así las cosas, la acción del ser humano sobre su medio ambiente, no sólo ha ocasionado la desaparición de infinidad de especies, sino que, ya en el pasado, ha sido capaz de provocar cambios climáticos de alcance global. Y si esto pasó siendo un par de millones de personas repartidas por el mundo... ¿qué no seremos capaces de hacer más de 7.000 millones de almas consumiendo a todo trapo como si no hubiera un mañana?

Visto lo visto, y tal como pinta la cosa, evitar nuestra propia extinción.

Los herbívoros son grandes generadores de metano

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lunes, noviembre 21, 2016

La olvidada y esperpéntica peripecia de El Negro de Banyoles

El negro de Banyoles.
Una de las cosas que más se le ha reprochado al próximo inquilino de la Casa Blanca es su amor incondicional (nótese la ironía y el recochineo) a los inmigrantes, justamente en un país en que, excepto cuatro indios desperdigados, todos sus habitantes son inmigrantes o descendientes de inmigrantes. Sea como sea, y a pesar de que de los 10 u 11 millones de inmigrantes que ha prometido expulsar, al final se quedarán en 50 o 60 siempre que no estén constipados, la verdad es que Trump simplemente es heredero de una cultura que ha creído que Europa (y por derivación, los Estados Unidos) eran el ombligo del mundo por el hecho de ser los más desarrollados del planeta. Esta realidad ha hecho que los países occidentales, durante siglos hayan hecho servir su particular derecho de pernada con el resto de pueblos del planeta, considerándolos poco menos que seres inferiores, cuando no directamente animales, sin ni tan solo reconocerles el derecho a vivir en su propia tierra (ver El desconocido (y británico) genocidio de aborígenes de Tasmania). Posiblemente, los días más duros del esclavismo y del racismo hayan pasado, pero donde fuego hubo, cenizas quedan (cuando no rescoldos encendidos) y sólo desde esta perspectiva se puede entender la esperpéntica peripecia que hace unos años pasó el bosquimano disecado del Museu Darder, más conocido como “El Negro de Banyoles”.

170 años dando vueltas
Cómo es posible que el cuerpo disecado de un negro africano esté dando vueltas por Europa durante  más de siglo y medio, sólo se explica dentro de un contexto colonial, en que las potencias económicas europeas se habían repartido el mundo como quien se reparte un pastel. A parte quedaba el respeto hacia los indígenas, los cuales, además de raros, lo único que hacían era molestar a los nuevos amos de las tierras. Amos que, como si fueran alimañas, si no los podían utilizar para trabajar en sus haciendas o venderlos para los de otros, los eliminaban directamente. África, en ese sentido, fue una auténtica mina de “seres inferiores” (ver El triste origen de la palabra "quilombo"), perfectamente aptos para trabajar como mano de obra esclava, sin reconocerles la más mínima humanidad ni dignidad. De derechos, ya mejor ni hablar.

Taxidermia de los hnos. Verreaux
En este ambiente, donde todo lo no europeo era digno de poner en un museo, los taxidermistas hermanos Verreaux decidieron ganarse la vida importando todo tipo de animales de África y el Sudeste Asiático, que se enviaban enrollados cual alfombras y se montaban convenientemente una vez llegados a su tienda/museo en París. Evidentemente, entre los animales no faltaban los especímenes humanos.

Justamente, uno de esos ejemplares que podían ser de interés para la sociedad europea de aquel entonces, fue un negro bosquimano del desierto del Kalahari que había sido obtenido por los hermanos Verreaux en 1830 y que se había montado con su lanza, su taparrabos y sus adornos ceremoniales. Bueno... a decir verdad, más que “obtenerse” los taxidermistas lo habían “mangado”, al sacarlo, con nocturnidad y alevosía, de la tumba donde su tribu lo había enterrado. Y es que, si los llegan a haber pillado, a los que hubiesen tenido que enviar enrollados hubieran sido a ellos.

Francesc Dauder i Llimona
No fue hasta mediados del siglo XIX, que el medico y veterinario barcelonés Francesc Dauder i Llimona, el cual solía ir a París a visitar la tienda de los Verreaux, compró entre otras curiosidades naturales la figura disecada del negro para su colección particular. La figura, de este modo, quedó en posesión de Dauder, el cual, en 1887, lo expone durante un año en lo que hoy es el Museo de Geología del Parque de la Ciutadella, siendo instalado al año siguiente en un pabellón del Paseo de Gracia junto con todo el resto de su colección de Historia Natural y aprovechando la Exposición Universal de Barcelona de 1888 (ver Barcelona 1888, la torre que quería competir con la Torre Eiffel).

Un testimonio de otra época
En 1916, poco antes de morir, Dauder hace donación de toda su extensa colección de animales disecados -negro incluido, faltaría más- al ayuntamiento de Banyoles (Gerona), el cual monta con ella el Museo Darder, donde quedará depositado durante los siguientes decenios sin que el bosquimano llamara demasiado la atención. No obstante, la llegada de las Olimpiadas a la villa gerundense iba a dar un giro dramático a la situación del, hasta entonces, invisible negro de Banyoles.

Arcelin. Y con él llegó la polémica
En 1991, un periodista cotilla lee una carta perdida en una mesa de las oficinas consistoriales que había sido enviada al ayuntamiento de Banyoles por un médico haitiano afincado en Cambrils llamado Alphonse Arcelin. En ella, el médico -y, posteriormente, regidor del PSC- solicitaba que, en mor de la dignidad de las personas de color y de la del propio bosquimano disecado, la vitrina con el negro fuera retirada del Museu Darder so pena de recurrir a instancias mayores. La noticia saltó a las primeras planas de los diarios en vísperas de las Olimpiadas de Barcelona, armando un revuelo a nivel internacional de unas dimensiones que rizó el pelo a todos los responsables políticos locales, autonómicos y estatales.

Poco más que el cráneo llegó
Debido a la negativa del museo de retirar la figura (normal, dado que era su principal fuente de visitas -ergo ingresos), Arcelin se metió en pleitos con el Ayuntamiento. Pleitos que llegaron a los medios de comunicación levantando una gran polvareda mediática que hizo sudar tinta a la diplomacia española, al llegar al pleno de la Organización de Estados Africanos e incluso a la de las Naciones Unidas, debido al interés público del mismísimo Kofi Annan -por entonces secretario general de la ONU- en que la figura del negro se retirara. Finalmente, y dada la brutal presión internacional, la figura fue retirada del museo de Banyoles en 1997. Sin embargo, no terminó la peripecia aquí.

Funeral de Estado en Gaborone
El ofrecimiento del gobierno de Botswana para enterrar los restos del bosquimano disecado (ancestro de los que viven en el país, aunque no está muy claro ni que fuera bosquimano, ni de Botswana), hizo que “el negro” se tuviera que preparar para el viaje. El inconveniente es que, en una especie de remake del “si no es para mi, no será para nadie”, el gobierno español hizo desmontar el cuerpo, separando el bastidor de madera que hacía de columna vertebral, la paja que hacía de carne y los alambres que le daban rigidez, para enviar única y exclusivamente el cráneo y los huesos de las piernas y brazos originales. La piel, que estaba embetunada para darle el color negro que tenía y todo el resto de adminículos quedaron depositados en el Museo Antropológico de Madrid, siendo los pocos huesos restantes trasladados a Botswana en un ataúd (aunque podía haber sido enviado en una caja de galletas, visto lo visto), donde el 5 de octubre de 2000 fueron enterrados en loor de multitud en medio del parque público Tsholofelo de Gaborone, la capital del país.

Museo Darder remodelado
Con el entierro de El Negre de Banyoles, acabó la polémica. Alphonse Arcelin se salió con la suya aunque se arruinó por el camino (perdió el pleito y fue condenado a pagar 17 millones de pesetas de costas), el gobierno africano enterró cuatro huesos como símbolo de la dignidad africana recuperada, el gobierno español se quitó de encima un conflicto diplomático de primer orden y el ayuntamiento de Banyoles un dolor de cabeza. Fue el fin de un rocambolesco episodio en el que más perdió fue el museo Darder que se quedó sin su principal atracción, y acabó pasando de 40.000 visitas anuales durante el cenit de la polémica a tan solo 8.000, a pesar de conseguir arrancar del gobierno español una remodelación que llegó en el 2007, pero que no ha servido para hacerle remontar el vuelo.

Eso si, del negro no se acuerda nadie.

Nadie.

Aquí reposa El Negro de Banyoles (o al menos unos cuantos huesos)

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viernes, noviembre 18, 2016

Coena Cypriani, el libro satírico en que la Iglesia se ríe de sí misma

Arquitectura  apabullante.
Para un amante del arte y del Patrimonio Histórico como es un servidor, el visitar las iglesias góticas allí por donde las haya resulta un ejercicio intelectual especialmente atractivo. Independiente de creencias o  descreencias, admirar aquellas construcciones hiperdimensionadas, oscuras (a pesar de los vitrales y los cirios pascuales), frías como la piedra con que están hechas y toda aquella imaginería religiosa rancia en perpetuo sufrimiento, te transportan a una época en que la superstición se mezclaba sin solución de continuidad con la religiosidad y a un lugar en el que, quien entraba, ante el apabullante espectáculo arquitectónico y ambiental que se encontraba al atravesar la puerta, se tenía que sentir el más ínfimo de los seres. Y no era para menos, ya que quien entrase en la casa del Señor tenía que humillarse ante el Todopoderoso, tenía que tener miedo. Miedo que implicaba que la risa, como manifestación burlesca -ergo pecaminosa-, estuviera prohibida de la vida religiosa durante siglos. No obstante, la sonrisa es un sentimiento muy humano (¡y muy sano!), y ni los curas ni las monjas, escapan a ella por más que reír estuviera prohibido por sus reglamentos internos. Ejemplo de ello lo tenemos en un peculiar libro religioso en que los personajes de la Biblia son tratados de forma satírica y caricaturesca: el Coena Cypriani.

Dolor, temor y culpa
Que la vida es un valle de lágrimas es algo harto sabido de todo el mundo, y simplemente viendo un telediario tendremos razones suficientes para pensarlo. No obstante, por muy mal que nos vayan las cosas, siempre hay alguna situación que, por inesperada, ridícula o divertida, es capaz de hacernos esbozar una sonrisa, cuando no una sonora carcajada. Esto, que ocurre en todos los seres humanos, sin embargo se dice que no sucedió en la persona de Jesucristo, ya que, como hijo (trino) de Dios, no era humano y al llevar la pesada carga de todos los pecados de la humanidad pasados, presentes y venideros sobre sus espaldas, su semblante tenía que ser más parecido al de alguien a quien le hubiesen pisado un callo, que no al de un treintañero saliendo de la discoteca. De hecho, San Juan Crisóstomo, patriarca de Constantinopla (347-407), llegó a afirmar que Cristo nunca había reído, en una actitud un tanto “talibán” que recuerda la obsesión de Santa Silvania por no lavarse (ver Silvania, la santa que no se lavó jamás).

Sentimiento de sufrimiento
Así las cosas, todas las representaciones de Jesús y de sus acólitos, durante siglos, han intentado (y conseguido) transmitir esa impertérrita seriedad y el infinito sufrimiento interior que llevaban sus atormentadas almas. Más que nada porque, de otra forma, se estaría banalizando el papel redentor de Jesucristo (solo permitido al diablo) y, en vez de temor de Dios, lo que tendrías sería un compadreo con él que pondría en tela de juicio el poder moral -y por ende, terrenal- de la mismísima Iglesia (ver La Iglesia, de los ricos. Dios, de los pobres.). No en vano los benedictinos tenían una de sus reglas -la 56-  que decía “Verba vana aut risui non loqui” es decir, “No pronunciar palabras vanas que induzcan a la risa” aunque, evidentemente, no todo el mundo debió pensar lo mismo, dando lugar a la curiosidad del Coena Cypriani.

San Cipriano de Cartago
El Coena Cypriani (La Cena de Cipriano) es un texto satírico latino, escrito en prosa, tradicionalmente atribuido al obispo de Cartago, Thascius Caecilius Cyprianus -San Cipriano de Cartago, para los amigos- que, según los investigadores, fue redactado en Francia o norte de Italia por un autor anónimo entre los siglos IV y V de nuestra era. Aunque existe gran controversia entre las fechas reales y su autoría, la realidad es que fueron leídos en público en el año 875 durante la ceremonia de coronación del emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Carlos el Calvo, lo que demuestra la gran aceptación que tenía este texto durante la Edad Media. Pero... ¿de qué va este libro?

El texto explica la historia del rey Joel de Oriente, el cual, para celebrar la boda de su hijo, decide organizar un gran banquete en el que estarán invitados todos los personajes más importantes de la Biblia, empezando por Adán y acabando por el mismísimo Jesús.

Coena Cypriani
Una vez en la cena, cada personaje ocupa su lugar sentado en algún elemento que le es característico, de tal forma que Adán está sentado en el medio, Eva se sienta en una hoja de parra, Noé encima de un arca, Judas encima de un cofre con sus correspondientes 30 monedas, y así sucesivamente. Los invitados, una vez ubicados de esta forma un tanto ridícula, son servidos a cada uno con viandas que les son conocidas, en el caso de Jesús se le da vino de pasas (por aquello de la “pasión”) o en el de Sansón, se le dan a comer quijadas. Así las cosas, los invitados beben, comen, ríen, discuten o se pelean como verduleros, mientras que Pilatos se lava las manos, Pedro no puede hacer la siesta por un gallo pesado, o Judas se pasa media cena abrazándose con los otros invitados. Finalmente, en medio del mogollón, el rey Joel se da cuenta que le han desaparecido unos cuantos regalos que le habían traído los invitados, empezando todo el mundo a acusarse entre ellos de ladrones, hasta que le endiñan el muerto a Agar, la sirvienta y concubina de Abraham. Es entonces condenada a muerte, ejecutada y enterrada con honores solemnes por los invitados, los cuales se van más anchos que panchos para sus casas, y dando por acabado el relato.

Una ayuda a la evangelización
El texto, redactado en forma satírica y humorística se cree que fue escrito con una finalidad puramente mnemotécnica para que, con estas asociaciones estrambóticas y deliberadamente ridículas entre los personajes sagrados, las gentes que lo leyesen (los menos) o escuchasen (la mayoría) recordasen las características principales de las figuras de la Biblia. Como resultado, se haría más llevadera la memorización para los sacerdotes y monjas, facilitándoles a su vez la tarea evangelizadora.

De esta manera, si bien durante siglos toda la liturgia y toda la parafernalia que rodeaba la vida religiosa tenía que ser estrictamente ascética y compungida (aunque después hicieran de su capa un sayo, dígaselo a los Borgia) los religiosos, leyendo este texto y sin romper con sus estrictas reglas, podían dar un poco de humor a sus sufridas vidas.

O sea que, ya lo sabe, ríase sanamente todo lo que pueda, que este mundo traidor, sin risas ni buen humor, no lo aguanta ni Dios.

¡Memento mori!


Una imagen desenfada no produce el mismo efecto

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miércoles, noviembre 16, 2016

Osinów Dolny, el pueblo de los peluqueros y de las dos limpiezas étnicas

El pueblo de los peluqueros.
Las zonas de frontera, por ser zonas de contacto entre países con realidades diferenciadas, son zonas propicias a que la historia produzca otras realidades particulares que sorprendan a propios y extraños. Casos como el de Moresnet-Neutral (ver Moresnet, un pequeño país de apátridas.) o el del puente fronterizo más corto del mundo (ver El Marco, la aldea partida por el puente fronterizo más corto del mundo) o bien el de la cuerda del Peñón de Vélez (ver Peñón de Vélez: el patético y absurdo récord de la frontera más corta del mundo ), son habituales en todas las fronteras del mundo aunque no por ello dejan de sorprendernos. Tal es el caso que ocurre en la frontera de Polonia con Alemania, donde el pequeño pueblo de Osinów Dolny, con tan solo 190 habitantes tiene el sobrenombre de “Pueblo de los Peluqueros” por tener casi tres cuartas partes de sus vecinos dedicados a la peluquería, para delicia de sus vecinos alemanes que atraviesan la frontera en masa para arreglarse la pelambrera a precios de saldo. El dato, sin duda le resultará asombroso, aunque tal vez no deberíamos quedarnos sólo con la anécdota ya que, detrás de ésta curiosidad, se esconde una trágica historia humana. Historia humana que habla no de una, sino de dos brutales e inmisericordes limpiezas étnicas.

Ubicación de Osinów Dolny
Uno de los mayores filósofos que ha dado la humanidad (y, a su vez, uno de los menos comprendidos por los estudiantes de todas las épocas, todo sea dicho) ha sido Immanuel Kant. Este filósofo alemán nació en Königsberg (Prusia) en 1724 y en esta ciudad pasó toda su vida hasta que murió en 1804, sin embargo, si miramos en la actualidad, dicha ciudad se llama Kaliningrado y pertenece a Rusia. ¿Qué ha pasado para que una ciudad de cultura alemana durante siglos, de golpe y porrazo no tenga nada que ver con Alemania y esté en manos rusas? Retrocedamos un poco en la historia...

Kaliningrado, antes Königsberg
Las inmensas llanuras de Europa central, desde siempre, han sido un campo de batalla ideal para todos los ejércitos y culturas que han pasado por ellas. Los alemanes eran unos de ellos, y  desde la Edad Media se extendieron por la orilla sur del Mar Báltico hasta lo que hoy es Lituania, creando lo que se dio a llamar el reino de Prusia. Reino integrado dentro del Imperio Alemán (y conocidos por sus cascos militares acabados en pincho) hasta la I Guerra Mundial, en que la derrota alemana en 1918 hizo que el territorio de Prusia se dividiera en dos proporcionando una salida al mar a Polonia.

Alemania antes de la guerra
Años después y una vez estallada la Segunda Guerra Mundial, Hitler, obsesionado con la unificación bajo la bandera nazi de todos los territorios donde habían pobladores de cultura germánica, inició en 1941 la Operación Barbarroja, en que, avanzando hacia el este, ocupó Polonia, Ucrania y Rusia, hasta llegar a las puertas de Moscú, causando grandes bajas en los ejércitos soviéticos. No obstante, la ofensiva alemana chocó de bruces con el invierno y con la tenacidad de los rusos lo que permitió que en 1944, el Ejército Rojo empezase la reconquista. Una reconquista que, personalizada en las poblaciones alemanas autóctonas, se cobraría con creces las brutalidades que el ejército nazi había infligido a las comunidades autóctonas no alemanas que se había ido encontrando por el camino.

Los nazis, ante el avance imparable de los soviéticos, recularon hacia territorio alemán, huyendo con ellos toda la población civil germánica que había por el camino, habida cuenta que, ante los rumores que llegaban de las barbaridades cometidas por el Ejército Rojo en las tierras reocupadas, el futuro que les esperaba era cualquier cosa menos plácido y halagüeño.

Desplazamiento hacia el oeste
De este modo, cuando Alemania se rindió en 1945, los Aliados y -sobre todo- la URSS decidieron reordenar las fronteras existentes entre Berlín y Moscú en función de los intereses estratégicos soviéticos, haciendo pagar los platos rotos a Alemania y a las comunidades germánicas autóctonas de países tales como Hungría, Rumanía, Checoslovaquia o Polonia.

Polonia, justamente, al encontrarse entre Alemania y la Unión Soviética padeció un desplazamiento de sus fronteras hacia el norte y hacia el oeste. Ello significó que 170.000 km2 (como 2 veces Portugal) de territorio polaco a limítrofes con la URSS fuesen anexionados por los rusos,  mientras que, en compensación, se le dieron 110.000 km2 de territorios alemanes (prusianos) rayanos con Polonia.

Expulsión de los alemanes (1946)
Así las cosas, con el beneplácito de los Aliados y con el fin de homogeneizar étnicamente toda Europa Central y Oriental (los siglos de ocupaciones y colonizaciones habían creado un potaje de culturas que era un peligro continuo de conflictos) toda la población autóctona de origen polaco que vivía en los nuevos territorios pertenecientes a la URSS fue expulsada hacia Polonia, a la vez que el gobierno polaco hacía lo propio en los terrenos anteriormente alemanes con los pobladores de origen germánico que llevaban siglos en aquellas tierras.

Evacuación polaca (1945)
Alemania, de este modo, en aplicación de la Conferencia de Postdam (julio 1945) perdía todos los territorios que, pertenecientes a Prusia desde hacía siglos, tenía desde el río Oder (linea Oder-Neisse) hasta las repúblicas bálticas en  beneficio de Polonia y la URSS, pero no solo eso, sino que toda la población de cultura alemana que aún los ocupaba fue expulsada y reinstalada como se pudo en los límites de la Alemania actual. Ello significó el desplazamiento de más de 7 millones de alemanes durante la posguerra, de estos territorios que, en buena parte, fueron recolonizados por casi 2 millones de polacos que habían sido expulsados a su vez de los territorios polacos reasignados a la Unión Soviética.

Ubicando la nueva frontera polaca
De este modo, la peluquera Osinów Dolny, aún siendo antes de la guerra de profundas raíces alemanas, en la actualidad es una población única y exclusivamente polaca. Una población que, fruto del periodo soviético, que afectó a las economías de todos los países que quedaron tras el Telón de Acero (ver Rumanía o cuando la austeridad extrema destruyó un país), mantiene un nivel de vida mucho más bajo que sus reunificados vecinos alemanes, lo que les permite tener unos precios muy asequibles. Precios asequibles que, a su vez, son una atracción de riqueza para la zona y que hacen que, deslumbrados por un estilismo barato, dos pueblos se hayan olvidado de la infinita tragedia humana que significó padecer en sus carnes una guerra mundial y dos limpiezas étnicas.


Antiguo puente sobre el Oder. Hoy, camino para ir al barbero

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