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viernes, junio 24, 2016

La esperable Caja de Pandora del Brexit

Aunque ahora los mercados se vuelvan locos y los países se hayan echado las manos a la cabeza, el que el Reino Unido haya decidido salir de la Unión Europea, si sorprende, no es por el resultado, perfectamente esperable, sino por el tiempo que han sido capaces de permanecer en ella. Y es que resulta materialmente imposible retener a alguien que, en ningún momento, ha estado dentro de una Unión que, discursos moralizantes a parte, ha sido fruto de las circunstancias políticas europeas del momento. Y de esos fuegos, estas cenizas.

Inglaterra, en tanto que líder indiscutible del Reino Unido, ha sido desde siempre un país que ha encontrado en su aislamiento del resto del continente su auténtico leit motif. Europa, para ellos, siempre ha sido fuente de conflictos y amenazas y el Canal de la Mancha les ha servido para mantener una independencia política y cultural que ha calado profundamente en el acerbo inglés. Francia es chovinista, España orgullosa, Alemania imperial... pero el hecho de tener fronteras terrestres que son tan anchas como gruesa sea la valla que los separa, ha hecho que, históricamente, haya habido invasiones, litigios territoriales e intercambios culturales que han diluido estas fronteras totalmente franqueables. Con Inglaterra, esto no ha pasado. Y se nota.

Cuando después de la Segunda Guerra Mundial -que vale la pena recordar que Gran Bretaña no fue invadida gracias a su aislamiento-, la situación económica era tan catastrófica para todos los contendientes que, o se unían todos o se iban a la mierda. Así de contundente y así de real.

La Unión Soviética buscó juntar la economía de todos los países de su zona de influencia siguiendo sus propios patrones comunistas, y los Aliados hicieron lo propio con los suyos, pero de una forma más “democrática”. O dicho de otra forma, que apelando a los valores (!) de Europa, las economías más potentes tendían hacia una globalización de los mercados que ayudase a sus ruinosas economías a salir adelante. El Reino Unido, poniéndose la pinza en la nariz y recibiendo el empujón de Estados Unidos (cuya preocupación principal era hacer una Europa occidental potente que sirviera de tampón al avance soviético) decidió formar parte del germen de la Unión Europea.

El tiempo ha pasado y la realidad mundial es radicalmente diferente a aquella de finalizada la Segunda Guerra Mundial. La amenaza soviética ha desaparecido, Alemania se ha reunificado, el mundo se ha globalizado, nuevas potencias están en alza, los países ricos se han estancado y, después de la crisis, Alemania se ha definido como la potencia europea por antonomasia. Un nuevo liderato que ha servido para que los alemanes devuelvan a golpe de recorte presupuestario y austeridad forzada, la humillación por las compensaciones de guerra totalmente revanchistas de los Aliados sufrida al acabar la Primera Guerra Mundial. ¿Que le parece remontarse demasiado? Pues sepa que la Segunda Guerra Mundial es consecuencia de aquella situación y que Alemania acabó de pagar su deuda de la Primera Guerra en 2010. Las consecuencias de las malas decisiones políticas pueden durar siglos.

En esta situación de nuevo liderato europeo, en que la austeridad se ha convertido en el peor lastre para remontar la crisis, la Gran Bretaña ha visto que, aún a pesar de ser la segunda economía de la Unión Europea y, posiblemente, como fruto a su secular desconfianza con lo que viene del continente, el peso de la decisión política europea -ergo económica- se lo llevan Francia y, sobre todo, Alemania. Si a eso le sumamos la burocratización hasta la nausea de un parlamento de Bruselas que no sirve para solucionar ninguno de los problemas del día a día de los europeos, más allá de los problemas de los grandes lobbies financieros, encontraremos el porqué Gran Bretaña ha decidido, cual caracol, replegarse dentro de sus siempre confortables y definidos límites territoriales.

Escocia, por su parte, en su proceso de separación del Reino Unido -por no decir de Inglaterra- no quiere saber nada de este repliegue defensivo y, hasta cierto punto chovinista (se nota la influencia francesa), de sus vecinos ingleses. Ello hace que vean en el pertenecer a la Unión Europea más ventajas que inconvenientes, por lo que organizarán un nuevo referéndum de independencia, justamente para quedarse en Europa. Un referéndum que, paradójicamente, estaría bien visto por el gobierno español, en tanto que beneficiaría su intereses económicos europeos, pero que a la vez dejaría sin validez moral cualquier excusa para evitar el referéndum de independencia de Catalunya.

¿Y el resto de Europa? Pues, en viendo las barbas de tu vecino quemar, pon las tuyas a remojar. O lo que es lo mismo, que los partidos de ultraderecha y populistas antieuropeos, aprovecharán el tirón del miedo al “lobo” para hacer campaña entre los maleables espectadores de “Hombres, mujeres y viceversa” de cada país, con la intención de ascender en el poder de sus respectivos gobiernos. Lo que llevará a más de un país a serios conflictos internos.

En definitiva, que la salida del Reino Unido de la Unión Europea ha abierto la caja de Pandora, y los vientos que han escapado de ella pueden tener unas consecuencias totalmente inesperadas. La Gran Bretaña saldrá de la comunidad europea -si es que estuvo en algún momento- y afectará en mayor o en menor medida a la economía global del planeta. Pero, sin dudarlo, el Brexit es un serio toque de atención para Bruselas (léase la Alemania de Merkel) para que, o se pone las pilas y atiende a las necesidades sociales reales de la población europea, olvidándose de la austeridad salvaje y de los pingües beneficios de los grandes especuladores financieros o, en poco tiempo, en la Unión Europea no va a quedar ni el tato.


Y el primero ya ha abierto la puerta.


Bye, bye, United Kingdom

jueves, junio 23, 2016

El desconocido (y británico) genocidio de aborígenes de Tasmania

Genocidio de Tasmania
La conquista de América por parte de los españoles, se ha relacionado repetidamente con el genocidio de las tribus indígenas que vivían en paz (sacrificio ritual arriba, sacrificio ritual abajo) por aquellas tierras recién descubiertas. Esto que puede parecer -y de hecho es- deleznable, no era exclusivo de los españoles, máxime porque todas las potencias europeas que se dedicaron a la colonización del mundo, lo hicieron a costa de los pueblos autóctonos, los cuales no podían oponerse a la imponente maquinaria de guerra europea. El problema de fondo es que, como dice el refrán, cría fama y échate a dormir, por lo que ha quedado que los españoles han sido los malos-malísimos para con los indígenas de los sitios que se iban añadiendo a la particular saca de la Corona. No obstante, para demostrar que, en todas partes cocieron habas a pucheros llenos, simplemente hemos de ver el ejemplo del Reino Unido, el cual en poco más de 40 años, fue capaz de acabar con los aborígenes de la isla de Tasmania.

Ubicación de la isla de Tasmania
Tasmania es una isla del tamaño de Andalucía ubicada al sur de Australia, que seguro conocerá aunque sea simplemente por relacionarlo con el conocido Diablo de Tasmania, ya sea en su versión en carne y hueso o en la de dibujos animados de la Warner Bros. Pues bien, en esta isla del Pacífico se produjo uno de los episodios de eliminación de indígenas más impactante de las colonizaciones europeas, hasta el punto de ser durante mucho tiempo el paradigma de lo que se entiende como genocidio étnico.

Abel Tasman
La historia (occidental) de la isla de Tasmania arranca en 1642, cuando el navegante holandés Abel Tasman, dándose un garbeo por aquellas tierras, dio con esta isla que, si bien el hombre bautizó como Tierra de Anthoonij Van Diemen, posteriormente los británicos bautizarían con el nombre de Tasmania. No obstante, a pesar de ser conocida desde entonces, no fue hasta el 1803 en que los ingleses establecieron el primer asentamiento europeo en la isla. Un asentamiento en forma de penal que, a la vez que mantenía alejados de la metrópoli a la crême de la crême de las prisiones inglesas, servía para colonizar aquella isla para el gobierno de Su Majestad. El único inconveniente era que, en aquellas tierras ubicadas donde Cristo perdió la zapatilla y no volvió para encontrarla, había una colonia de entre 5.000 y 10.000 aborígenes, que la consideraban su tierra desde hacía no menos de 35.000 años

Aborígenes en su salsa
Los aborígenes de la isla de Tasmania eran de tez oscura, pequeñotes (1,60 m como mucho) y, desde el punto de vista británico, más feos que pegarle a un padre. Fealdad -subjetiva, evidentemente- que no les impedía vivir más o menos plácidamente por aquellas tierras, con un estilo de vida nómada dedicado a la recolección y a la caza, sobre todo de canguros, desconociendo lo que era la agricultura y la pesca. Y este estilo de ganarse el sustento tan libérrimo, chocaba de bruces con los grandes latifundios que, al estilo británico (ver El rancho más grande del mundo: Anna Creek Station), empezaron a instalar los nuevos colonos ingleses. El conflicto tardó segundos en explotar.

Ataque aborigen a un granjero
En 1804, los aborígenes, viendo que los colonos les impedían el paso a sus zonas habituales de caza, empezaron a cabrearse con ellos. De esta forma, el 5 de mayo de aquel año, unos 300 indígenas se lanzaron al ataque con lanzas y martillos contra el asentamiento de Ridson Cove. Obvia decir que aquello fue poco menos que una verbena para los ingleses, los cuales solo tuvieron que hacer uso de sus mosquetes y de un cañón para producir de 5 a 6 víctimas mortales entre los aborígenes... los cuales salieron por patas, claro. A partir de entonces, se inició una desigual guerra de guerrillas entre ambos bandos que fue in crescendo en violencia e intensidad, conforme que se multiplicaba el número de colonos que iban llegando a Tasmania.

Entre 1807 y 1813, llegaron 700 colonos más y, en 1814, ya habían 12.700 hectáreas cultivadas, 5.000 cabezas de ganado y 38.000 ovejas. Aunque esto no fue nada en comparación de lo que vino después, ya que en 1823 habían ya 175.704 ha cultivadas, 200.000 ovejas y, en el periodo de 1817 a 1824, la población colonial había pasado de 2.000 a 12.600 habitantes. La presión que sobre los aborígenes ejercía semejante cantidad de colonos se hizo insostenible, por lo que las razzias de cara a eliminar a los “salvajes” que tanto les molestaban a los británicos, se multiplicaron por toda la isla, documentándose casos de matanzas indiscriminadas de indígenas. No obstante, estos ataques ingleses no solo tuvieron el objetivo de eliminar las “alimañas” aborígenes.

Razzia contra los aborígenes
En 1828, la colonia británica en Tasmania, en tanto que presidio, tenía una población eminentemente masculina. Ello se traducía en que había una mujer para cada 6 hombres libres, y que, entre la población reclusa, la proporción se disparaba hasta los 16 hombres para cada mujer que había. O lo que es lo mismo, que tanta testosterona sin resolución se acababa por manifestar en forma de nuevos ataques relámpago a los poblados aborígenes pero, esta vez, para secuestrar a sus mujeres y utilizarlas como esclavas sexuales. La falta de alimentos de los indígenas, las matanzas y los continuos agravios de los occidentales, hicieron que los ataques entre ellos se hicieran cada vez más violentos y habituales, lo que llevó a imponer, en aquel mismo 1828, la Ley Marcial a las autoridades con el fin de parar las incursiones aborígenes. La represión de los indígenas fue bestial.

Eran nómadas
A las continuadas soflamas contra los salvajes aborígenes desde los periódicos de la isla, se siguieron las recompensas de 5 libras por cada adulto capturado y 2 por cada niño. En principio solo se pagarían en caso de ser capturados vivos, pero en realidad se pagaban igual vivos o muertos, por lo que los caza-recompensas, iban por el camino sencillo: tiro que te crió. Y hasta tal punto llegó el acoso que, en 1830, se organizó lo que se dio a llamar “Linea Negra” en que 1.000 personas, entre soldados y civiles armados, cogidos de las manos, hicieron una cadena humana que, avanzando por el territorio, daría caza a todo aquel aborigen que encontraran a su paso. Una eliminación sistemática que hizo que en 1833, los 220 últimos aborígenes que aún seguían en la lucha se rindieran finalmente, dándose el conflicto por concluido en 1834.

Isla Flinders
Los 220 supervivientes fueron trasladados a la pequeña isla Flinders, al noreste de Tasmania, pero la falta de recursos para sostener aquella población -que, recordemos, ni sabían pescar ni conocían la agricultura- y las enfermedades introducidas por los colonos europeos, hicieron que la población empezara a declinar estrepitosamente.

En 1835, la población indígena había caído a 150 personas, y en 1847, ya tan solo eran 47. Cuarenta y siete aborígenes que fueron entonces trasladados a Oyster Cove (en el sur de Tasmania), donde acabaron por desaparecer como un azucarillo en el agua. De hecho, la última aborigen “pura sangre” (aún quedó una cierta cantidad de mestizos fruto de los desmanes con las esclavas sexuales secuestradas), llamada Truganini, murió en 1876, dando fin a 35.000 años de ocupación aborigen de aquella isla australiana.

Truganini
En conclusión, que si bien los españoles las hicieron muy gordas en sus colonias, a pesar de la fama, los ingleses no lo hicieron menos. Es más, a principios del siglo XIX, cuando en Europa y en América los aires de libertad y el humanismo de la Revolución Francesa sacudían la moral de la gente y se luchaba en favor del fin de la esclavitud, el Imperio Británico eliminaba con saña, alevosía y negándoles cualquier atisbo de dignidad (se llegó incluso a desenterrar a muertos aborígenes para hacer petacas con su piel), a toda la población indígena de la isla de Tasmania.

Un episodio más para recordar que, en estos momentos en que a Europa le llueven los problemas del resto del mundo cual tormenta de pedrisco, el hecho de estar o no en la Unión Europea, si ha escupido al cielo durante siglos, no evitará que le acabe cayendo encima. 

Llamémoslo “karma”.


Aborígenes de Oyster Cove (circa 1850)

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lunes, junio 20, 2016

La maravilla entre viñedos del Santuario de Montserrat de Montferri

Santuario de Montserrat de Montferri
Cuando a mediados de los 90 entré en contacto con la comarca del Alt Camp tarragonés, descubrí un paisaje agrícola y natural atrayente y lleno de cosas que conocer. Poblaciones como Valls, con sus calçots o los castellers, sus pueblos cuyas raíces se remontan hasta los romanos o la monumentalidad del monasterio medieval de Santes Creus son, por sí solos, un auténtico pozo sin fondo de historias interesantes para alguien como yo, que es capaz de disfrutar de las maravillas que hay detrás de las pequeñas cosas que allí se encuentran. Y una de estas pequeñas maravillas -o no tan pequeñas- que merecen la pena ser conocidas de todo el mundo la encontré en medio de los viñedos de uno de los pueblecitos más curiosos de la comarca. Se trata del Santuario de Montserrat de Montferri.

Una ermita singular
La Sagrada Familia de Barcelona ha sido, desde que se comenzó a construir a finales del s.XIX, debido a lo costoso del avance de su obra, el paradigma de lo inacabado y de lo que, para estar terminado, tardará generaciones. No obstante, esta maravilla no era la única obra modernista que estaba inacabada en tierras catalanas, ya que aquella ermita dedicada a la advocación de Santa María de Montserrat que se encontraba a las afueras de Montferri, se encontraba en las mismas condiciones. Y eso fue lo que nos explicaron el día en que, por casualidad, me topé con aquel edificio singular que destilaba una personalidad que difícilmente podían esconder los numerosos andamios que lo recubrían.

La proa mira a Montserrat
En aquel momento estaban recogiendo la voluntad entre los pocos visitantes que nos acercábamos a aquellos parajes para poder comprar sacos de cemento portland con los cuales hacer las piezas que, con moldes especiales, se construían con ese material. La faena parecía titánica, habida cuenta que había un gran trabajo de voluntariado detrás aquel edificio, pero todo llega y unos pocos años después se inauguró aquella ermita. Una ermita espectacular y de una historia tan azarosa como peculiar era la edificación.

Josep Maria Jujol
La Ermita de la Mare de Deu de Montserrat de Montferri, ubicada en un pequeño promontorio rocoso que se levanta a unos 300 metros del casco urbano del pueblo, fue diseñada por el arquitecto catalán Josep Mª Jujol, un alumno aventajado de Antoni Gaudí, el cual aceptó el reto de hacer un santuario que, dedicado a la Virgen de Montserrat, mostrara la devoción a La Moreneta que había por aquellas tierras. Así las cosas, en 1925 y con el entusiasmo de los labradores de la zona, se empezaron las obras de su construcción.

Imita las formas de Montserrat
La ermita, construida en una colina que se levanta unos 50 metros del relieve circundante, tiene la particularidad que, al estar dedicada a la Virgen de Montserrat, intenta evocar la peculiar fisionomía de la montaña de Montserrat, con una gran profusión de lineas redondeadas y con una serie de cúpulas que recuerdan los monolitos rocosos que la caracterizan (ver El repetitivo primer ascenso al Cavall Bernat). De hecho, la construcción, la cual aprovecha las lineas de pendiente del promotorio con arcos de diseño parabólico, tiene la forma de un barco cuya proa está orientada hacia el macizo de Montserrat, del cual dista unos 50 km en linea recta.

Interior espectacular
La obra, en la cual participaban los agricultores de Montferri con su esfuerzo personal, estaba financiada por suscripción popular, de tal forma que los fondos para avanzar, en cada momento eran limitados. No obstante, la convulsa vida política española de 1931 hizo que las obras se paralizaran y que, con la Guerra Civil, ya no se volvieran a reprender, quedando en estado de abandono durante décadas. Una visita del mismo Jujol durante la posguerra solamente sirvió para que el pobre hombre cogiera una depresión al ver el estado de dejadez de aquel proyecto. Estado lamentable al cual se le tuvo que añadir tiempo después el daño producido por una ventolera, la cual tiró al suelo parte de lo que se había levantado con tanto esfuerzo y cariño.

Desafío arquitectónico
No fue hasta los años 80 en que la gente de Montferri, recogiendo toda la documentación y los planos dejados por Jujol, decidieron poner otra vez en marcha la construcción de aquel santuario modernista inacabado que había quedado olvidado por más de 50 años en aquel cerro pindongo cercano al pueblo. De esta forma, en 1987, de la mano del arquitecto Joan Bassegoda i Nonell y del constructor Josep Cendrós, se dio impulso nuevamente a su construcción. Un impulso que acabaría siendo el definitivo.

A vista de pájaro
Así las cosas, en 1999, con la ubicación de la cruz-veleta de casi 500 kg en lo alto del pináculo mayor de la ermita, dando una altura final de 33 metros -tantos como los años de Cristo- se daban por finalizadas las obras. La llegada el día 29 de mayo de una réplica de La Moreneta traída expresamente desde el monasterio de Montserrat, permitieron que el santuario de Montserrat en Montferri fuera finalmente inaugurado con una solemne misa al día siguiente, el 30 de mayo de 1999.

Réplica de La Moreneta
La ermita, construida en su totalidad con piezas de cemento de múltiples formas y diseños (se puede distinguir la construcción antigua de la nueva por el color terroso de las piezas), destaca por su amplio interior lleno de arcos parabólicos naturalistas, lo que le permite una gran ligereza visual al visitante. A estos arcos de factura gaudiniana, se les tiene que sumar la gran cantidad de ventanas y oberturas que, cubiertas con vidrieras de colores hacen que la luminosidad y el colorido del conjunto sea ciertamente llamativo. Luminosidad que realza la presencia de la imagen de la Virgen de Montserrat, la cual preside incólume el singular santuario.

En definitiva, una pequeña maravilla que, escondida tras los pinos y las viñas y, sobre todo tras la absorbente majestuosidad del cercano monasterio de Santes Creus, el buen viajero no puede dejar de visitar.


Santuario de Montserrat de Monferri, una maravilla desconocida

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viernes, junio 17, 2016

Las Islas Salvajes, el remoto conflicto territorial entre España y Portugal

Islas Salvajes
Que las relaciones entre vecinos no son fáciles, es algo que quien haya sido presidente de su escalera, sabe que es un auténtico axioma. Las rencillas, dimes, diretes e intereses confrontados son fuente de un sinfín de problemas de convivencia que se repiten hasta la nausea sea cual sea el nivel de grupo humano que afecte. En las relaciones entre países pasa exactamente igual y las vecindades están llenas de roces y conflictos, sobre todo por los límites territoriales de cada uno de los países. España, como toca, no es una excepción, y además de los celebérrimos conflictos de Gibraltar o de las plazas de soberanía norteafricanas (Ceuta, Melilla, Perejil...), hay otros muchos que, no por silenciados o desconocidos, tienen menor importancia. Tal es el caso del serio conflicto que tiene España con su invisible vecino Portugal en las desconocidas y remotas Islas Salvajes.

Vista aérea
Los conflictos entre Portugal y España por sus limites territoriales, aunque no se hablen mucho -por no decir nada- de ellos, no son ni pocos ni insignificantes (ver Olivenza, el Gibraltar español) y son una piedra en el zapato en las relaciones hispano-lusas. Piedras molestas que, normalmente, se han neutralizado tirándole camiones de silencio, vacíos legales, hechos consumados y, sobre todo, por las pocas ganas de meterse en estériles follones diplomáticos del gobierno portugués. No obstante, el problema de las Islas Salvajes es algo por el cual, ni Portugal, ni España están dispuestos a ceder fácilmente por los intereses económicos que se derivan él. 

Archipiélago remoto
Las Islas Salvajes (Ilhas Selvagens, en portugués) son un pequeño archipiélago volcánico perdido en medio del Océano Atlántico, entre la isla de Madeira (de las que dista unos 250 km) y las Islas Canarias (a 165 km), formado por un par de islas grandes -la Salvaje grande y la Salvaje pequeña- y una docena de islotes, los cuales, todos juntos, suman unas 273 hectáreas (2,73 km2) de espacio árido olvidado de la mano de Dios en la inmensidad del mar. Espacio olvidado que, justamente gracias a ello, se ha convertido en uno de los biotopos marino-terrestres mejor conservados del mundo. Por algo sería que el famoso capitán Cousteau decía que las aguas más limpias del planeta se encontraban en estas islas.

Sea como sea, las Islas Salvajes, pese a este aislamiento, se conocen tanto por los españoles como por los portugueses como mínimo desde el siglo XIV, si bien el nombre de “salvajes” fue acuñado por Diogo Gomes de Sintra en 1438, el cual bautizó el archipiélago con este nombre habida cuenta los arrecifes, el mar violento que las rodea y la aridez extrema de las islas, que impedía el establecimiento humano estable en ellas. Y si a esta falta de recursos añadimos el nulo interés económico del archipiélago, se entiende entonces cómo las Islas Salvajes pasaron sin pena ni gloria, ni para portugueses, ni para los españoles, durante buena parte de su historia. Los portugueses las consideraban suyas (de hecho eran propiedad privada de una familia de Funchal, la capital de Madeira) y los españoles las consideraban parte de las Islas Canarias, pero por allí, no pasaba ni el obispo.

Pueden pasar años sin llover
En 1911, la situación iba a dar un giro dramático. El gobierno español, en aquel año, envió una comunicación al gobierno portugués avisándole de sus intenciones de incorporar el archipiélago de las Salvajes al de las Canarias y, de paso, proceder a la instalación de un faro en ellas. Evidentemente, este anuncio levantó todas las alarmas en la diplomacia lusa, la cual protestó formalmente y conminó a los españoles a que dieran marcha atrás a su proyecto. El gobierno español, al ver la airada reacción portuguesa, llegó al acuerdo de no hacer nada que pusiera en peligro las relaciones diplomáticas entre los dos países. Como fuera la cosa, este primer rifirrafe abrió una puerta a un toma y daca de acciones, protestas y reclamaciones a instancias internacionales que se arrastran hasta hoy día.

Zona "residencial"
Para empezar, los portugueses metieron un gol a España en 1938 cuando, aprovechando el follón de la Guerra Civil, consiguieron que la Comisión Permanente del Derecho Marítimo Internacional  confirmara la jurisdicción portuguesa sobre las Islas Salvajes, la cual cosa cortaba las alas a las aspiraciones españolas sobre las islas. No obstante, el régimen de Franco no tiró la toalla, ni aún cuando en 1971, el gobierno portugués las compro a su propietario privado y las transformó en la primera y más antigua reserva natural del país. Decisión que no tendría más importancia si no hubiesen decidido establecer una población permanente de guardas naturales -entre 2 y 4- para que vigilaran el archipiélago.

A partir de ese momento, los encontronazos se repetían constantemente con pesqueros españoles quienes “por casualidad” faenaban por sus aguas, llegando al colmo, en 1975, de desembarcar e izar la bandera española en las islas -pero de forma privada y ajena al gobierno, faltaría más- aprovechando la convulsa situación política lusa con la Revolución de los Claveles, y recordando poderosamente las acciones reivindicativas de Marruecos sobre el Peñón de Vélez de la Gomera (ver Peñón de Vélez: el patético y absurdo récord de la frontera más corta del mundo).

Pardela cenicienta
Visitas de los presidentes portugueses, vuelos a baja altitud de cazas españoles, protestas diplomáticas por unos y otros, intentos de aterrizaje de helicópteros españoles en medio de la colonia protegida de pardelas... todo ello dio un vuelco en 1997, cuando durante unas negociaciones de la OTAN sobre el control del flanco sur, España se vio obligada a reconocer la soberanía portuguesa de las Islas Salvajes. La posesión de las tierras emergidas, se reconocía finalmente, pero no así la de sus aguas territoriales, el verdadero tesoro que ambos países anhelaban controlar.

Efectivamente, la decisión de Portugal de dejar una población estable -aunque totalmente dependiente de Madeira, excepto por la electricidad de origen solar y las cisternas que recogen la escasa agua de lluvia- no era baladí. No en vano, el poder probar la existencia de una población fija en las islas y una actividad económica relacionada, permitía reclamar una zona de soberanía de unas 200 millas (370 km) alrededor de ellas, cosa que se reduciría a tan solo 12 millas (22,22 km) si no se dispusiera de ellas. Y he aquí, el verdadero problema.

Salvaje Pequeña
Al estar relativamente cerca, las 200 millas que le pertenecen a España por tener habitadas las Islas Canarias se pisarían con las 200 de las Islas Salvajes, por lo que la frontera entre ambas aguas jurisdiccionales se encontrarían a mitad de camino, es decir a 82 km de ambas costas. Para Portugal este cambio significaba ganar 60 km más de aguas territoriales, pero para España, para la cual el archipiélago se encontraba directamente dentro de la zona de 200 millas españolas, implicaba perder 280 km de aguas y, lo que era peor, los derechos de explotación de los posibles yacimientos de hidrocarburos que se pudieran descubrir en esa zona. Con el aliento de Repsol en el cogote, el gobierno español consideró el archipiélago como simples peñascos en medio del mar, negándose a a ratificar que las Salvajes eran islas habitadas. La situación volvió al punto de partida.

Cavaco Silva, de visita
Apresamiento de barcos pesqueros españoles, vuelos militares españoles a baja altitud, amenazas a los guardas portugueses, desplazamiento de fuerzas militares portuguesas (oficialmente para evitar el furtivismo), cartas españolas a las Naciones Unidas reclamando el estatus de “rocas” para las Salvajes, visitas y pernoctaciones de diferentes presidentes lusos, encuentros secretos entre las diplomacias... En definitiva, toda una retahíla de movimientos estratégicos y de posicionamiento diplomático en que la premisa es que ninguno de los dos litigantes está dispuesto a ceder. Una premisa que ha acabado por convertir, a día de hoy, el serio conflicto territorial de las Islas Salvajes entre España y Portugal en un silencioso pero molesto quiste siempre a punto de explotar.

Un silencioso conflicto territorial hispano-luso

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miércoles, junio 15, 2016

Las ballenas de 4 patas o cuando la Evolución se manifiesta tercamente

Atavismo de 4 patas
Cuando vemos delfines, orcas o ballenas con sus enormes cuerpos y su tremenda facilidad para moverse en el agua, se necesita un auténtico acto de fe para convencernos de que no son ningún tipo de pez, sino un mamífero de sangre caliente como lo podemos ser nosotros, los perros o las vacas. No obstante esta dificultad, la realidad es que lo son, aunque el hecho de saber que una inmensa ballena azul de 30 metros proviene de un animal terrestre más parecido a un perro que a otra cosa, tampoco ayuda a desvanecer dudas. Y sobre todo entre aquellos que, enfrascados en sus lecturas de las Sagradas Escrituras en el metro, se sientan en los asientos reservados y no son capaces de levantarse cuando un abuelete se tiene que mantener de pie ante ellos porque no tiene donde sentarse. En fin... indignaciones a parte, las ballenas son un auténtico ejemplo viviente de la teoría de la Evolución, teoría que deja de serlo cuando, por azar, los genes dan marcha atrás y muestran vívidamente rasgos olvidados de sus ancestros. Tal es el caso de las ballenas de cuatro patas.

Ballena jorobada o Yubarta
Las ballenas, y en general todos los cetáceos (del más grande al más pequeño), se caracterizan por tener dos aletas delanteras y una cola acabada en una superficie plana horizontal, que les sirven para desplazarse en el agua y hacer las cabriolas que seguramente todos hemos visto alguna vez. Estos animales, en su proceso de adaptación a las condiciones marinas, han tenido que hacer algunas concesiones, y una de ellas es la de sus patas traseras, las cuales han acabado por desaparecer, habida cuenta que en el mar no les eran prácticas. Sin embargo, a veces, el código genético de las ballenas sufre una alteración y desarrolla un sorprendente par de pequeñas patas traseras que, como recuerdo de su antiguo pasado terrestre, han llamado la atención de los científicos evolucionistas.

Pata trasera derecha, la otra se perdió
En julio de 1919, una expedición ballenera por la costa del Pacífico del Canadá, frente a las costas de la isla de Vancouver, dio caza a una hembra de ballena jorobada (Megaptera novaeangliae) con una particularidad que no se había visto en otros ejemplares similares: entre las aletas delanteras y la cola, tenía un par de protuberancias alargadas una a cada lado del orificio sexual.

El descubrimiento no pasó desapercibido, aunque la celeridad de los operarios en despiezar la ballena hizo que, cuando los oficiales quisieron darse cuenta, ya se había cortado -y perdido- la protuberancia izquierda. Con todo, tras tomar documentación gráfica in situ de la que aún se conservaba -y tras su correspondiente despiece, faltaría más- los huesos que formaban parte de ese extraño pedúnculo fueron enviados al Museo Provincial de Victoria, en la provincia canadiense de Columbia Británica, donde fueron estudiados.

Restos de pelvis vestigiales
Siglos de caza de ballenas y de despiece hacían que la anatomía de estos cetáceos fuera más conocida que La Moños. Ello permitía que se conociera que, flotando en medio de la masa ingente de músculo y grasa de la parte de atrás, habían unos pequeños huesos, que los científicos determinaron que eran vestigios de las antiguas pelvis de cuando eran cuadrúpedos. Sin embargo, el hallazgo de aquella ballena era ciertamente peculiar, ya que cuando se estudiaron los huesos obtenidos de aquella yubarta (sinónimo de ballena jorobada, no hiperventile) se pudo ver que correspondían a una verdadera pata rudimentaria.

Pata entera (I) Parcial (D)
Así las cosas, aquella protuberancia que estaba rodeada de carne y grasa escondía una pierna de unos 1,28 metros formada por un fémur cartilaginoso de 38,1 cm de largo por 7,62 cm de ancho, a la que continuaba una tibia osificada de 36,1 cm de largo y 12,06 cm de ancho, un tarso cartilaginoso de otros 38 cm y un metatarso óseo de unos 15,54 cm de largo por 4,75 cm de ancho. La extremidad acababa en un cartílago de unos 2 cm. y, según los científicos, era homóloga a la estructura de las aletas delanteras y debía haber tenido cierta flexibilidad. Siendo, en su momento, la primera vez que se veía una cosa semejante. No obstante...¿a qué se debe que apareciera tal resto antiguo?

Para empezar hemos de tener en cuenta que estos restos, conocidos por el nombre de atavismos, no son raros en el mundo animal. De hecho, los segundos o terceros dedos de los caballos (ver El curioso trampantojo biológico de la pata de un caballo), o el apéndice (ver El no tan inútil apéndice humano) y el cóccix (ver El cóccix, la pequeña cola que nos une a los animales)  en el caso de los humanos, son ejemplos de atavismos, aunque los que realmente llaman la atención son los que aparecen como un “además” y no son estándar de la especie -llamados estos "órganos vestigiales". Tal el caso de las patas de atrás de los cetáceos que he comentado antes.

Ubicación de los restos de pelvis
Como quiera que sea, en las fases embrionarias todos los seres vivos -independientemente de su especie- se parecen muy mucho, diferenciándose definitivamente según avanza el desarrollo del embrión. En este caso, los científicos piensan que todos los seres vivos, sobre todo los superiores, disponen más o menos de los mismos genes, solo que, según la especie y su evolución, unos se activan y otros se desactivan durante su desarrollo.

Evolución de las ballenas
Así las cosas, cuando, por algún error en la replicación del ADN del embrión, se activa algún gen que no debería, pueden salir a la luz características que, si bien están porque durante la evolución el cuerpo los ha tenido y no los ha eliminado de su código genético, su particular proceso de adaptación al medio lo había inhibido. En esta situación, aparecen dientes en las gallinas, hipertricosis (ver Hipertricosis, la mutación que convierte el hombre en lobo), pezones suplementarios, o incluso patas en las serpientes, que de otra forma no se manifestarían.

Desarrollo embrionario comparado
En el caso de las ballenas, el error de replicado del ADN de su especie hace que se hagan patentes unas patas traseras que, si bien durante el proceso de evolución las han hecho desaparecer en mor de una mejor adaptación a su medio acuático, no han desaparecido de su genoma y delatan su inequívoco origen terrestre.

En definitiva, una prueba más de que las ideas de Darwin y la Evolución son una realidad científica irrefutable, por más que aquellos que tienen los ojos tapados por una Biblia humana e imperfecta (ver El curioso origen de los cuernos de Moisés) quieran negar la mayor y prefieran seguir pensando que el maravilloso mundo en que vivimos junto a las ballenas, se diseñó ad-hoc para el hombre en el 4004 a.C.

Y eso, sí que es un atavismo.


Pakicetus, el antepasado terrestre de los cetáceos

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jueves, junio 09, 2016

Becerrillo, el temible perro conquistador

Alano español
Los perros, en el impersonal mundo de hoy día, han pasado a ser los perfectos compañeros de una sociedad cada vez más interconectada pero, a la vez, aislada y deshumanizada. La lealtad de estos animales hacia sus amos y la variabilidad extrema de tamaños -que permite desde un ridículo perrito llavero hasta aquellos que se parecen más a un caballo que a un perro- ha hecho que cada vez sean más los que tengan uno en su casa... con todos los problemas de convivencia que ello acarrea, claro. No obstante, hasta no hace mucho, los perros, lejos de ser esos seres a los cuales achuchar cuando no hay nadie que te achuche en casa, eran meras herramientas vivas para el ser humano, el cual los utilizaba para mantener controlado el ganado, los lobos, los amigos de lo ajeno... o, directamente, como soldados. Tal fue el caso de Becerrillo, un perro de raza alano español que se hizo famoso durante la conquista de América por su fiereza en la lucha contra los indígenas. 

En la conquista de América, frecuentemente encontramos referencias a los soldados castellanos y a sus caballos, como herramientas militares imprescindibles para conseguir el dominio del Nuevo Mundo. Sin embargo, los caballos no fueron los únicos animales que fueron utilizados para mantener bajo control los territorios recién descubiertos que se iban añadiendo al haber de la corona española, ya que si hubo un animal que realmente fue crucial para los ejércitos conquistadores, fue el perro.

Los perros entraban en combate
Los perros, como parte de los ejércitos ya se conocían en el Viejo Mundo desde la más lejana antigüedad, por lo que en el segundo viaje de Colón, las huestes invasoras ya se preocuparon de llevarse sus particulares perros de batalla. Mastines, dogos, lebreles... pero sobre todo alanos españoles, debido a su fiereza, lealtad y corpulencia, se utilizaban como arma intimidatoria ante los combativos indígenas americanos. Unos indígenas que, si bien también tenían perros (no era como con los caballos, que no los conocían de nada), los que tenían eran pequeños, casi no ladraban, y a parte de ser animales domésticos, se utilizaban o para comer, o como sacrificio para los ritos religiosos de los nativos. Nada que ver con los aportados por los españoles, los cuales eran perros de tamaño medio-grande, de una gran corpulencia y que aterrorizaban a quien tuvieran delante. 

Especiales para el ganado
Becerrillo era un alano español, una raza robusta -se cree que mezcla entre dogo y mastín- que se utilizaba en Europa para la caza mayor, el pastoreo de ganado vacuno y, como no podía ser de otra forma por estas tierras, en las luchas contra los toros. Estas características violentas hacían de estos perros una raza especialmente apta para ser utilizada por la soldadesca tanto como arma de ataque como defensiva. Sin embargo, como mejor servían era como complemento represivo, y en eso, Becerrillo era, sin dudarlo, el rey.

Nacido en España, pero entrenado en las tareas militares en la isla Española (isla que en la actualidad se conoce como Santo Domingo), Becerrillo, que era propiedad de Sancho de Arango -aunque algunos cronistas lo atribuyen a Diego de Salazar- era un perro descomunal, de pelo color ocre, con el morro corto y unas anteojeras de color negro que le hacían una cara de asesino que tiraba para atrás. Fama que, según parece, le hacía justicia, ya que demostraba una gran fiereza cuando entraba en batalla y tenía un don especial en atrapar indios escapados, a los cuales descuartizaba sin piedad como osaran revolverse contra el animal. En su defensa, se ha de decir que también llamaba la atención porque no mordía si no era atacado, por lo que cuando encontraba a algún fugitivo, si este no se le resistía, simplemente lo llevaba ante los soldados.

Un "Becerrillo" moderno
Sea como sea, en 1511 fue llevado a la isla de San Juan (Puerto Rico) y tan bueno era haciendo su trabajo que Becerrillo -bueno, su amo- cobraba un sueldo similar al de un ballestero y, encima, tenía las raciones de alimento mayores y mejores que las de los propios soldados. De hecho, los soldados decían que 10 soldados con el perro estaban más seguros que 20 soldados sin él, por lo que se peleaban por tenerlo en sus salidas, ya que era capaz incluso de oler las emboscadas, no dejando indio vivo. Y tal fama llegó a tener el perro, que se le atribuían cualidades superiores a las humanas, diciendo que era capaz de entender a las personas en todas las lenguas e incluso era capaz de distinguir a los indios buenos de los malos sin equivocarse ni un pelo, mostrando muchas de las veces una piedad y unos principios que superaban a los de las propias personas.

Los aperreamientos eran habituales
Se cuenta que una de las veces, y después de haber sofocado una revuelta indígena, los españoles hicieron llamar a una vieja india, dándole una carta para que la llevara al gobernador. Cuando estaba un poco alejada, los soldados azuzaron a Becerrillo para que la cogiera y la destrozara a mordiscos, en un típico “aperreamiento” de tantos que se hacían para castigar hasta la muerte a los revoltosos, solo que éste era por simple diversión. Aburridos que estaban los soldados, mira.

El alano salió corriendo a su encuentro y la pobre anciana que vio la locomotora canina que se le venía encima, se arrodilló muerta de miedo y le enseñó al perro la carta que le habían dado y le pidió que no la matara. Becerrillo, viendo el miedo en sus ojos, paró en seco y, en vez de liarse a dentelladas con la india, la olisqueó y... se meó encima de ella cual esquina callejera. Los soldados humillados, creyeron que fue un milagro, y cuando llegó el jefe de la escuadra castellana (se dice que era el conquistador Ponce de León), éste mandó soltar a la anciana para que se fuera libre a su pueblo. Así las cosas, el animal-soldado daba una lección de humanidad a los soldados-animales. Curioso cuando menos.

Los caciques eran aperreados
Sea como sea, Becerrillo, acabó muriendo en combate debido a una flecha envenenada que le lanzaron los indígenas, y a pesar de todas las técnicas de reanimación que se le aplicaron. No obstante, la leyenda de Becerrillo era tan potente, que los propios soldados no quisieron desvelar que se había muerto, ni el sitio donde fue enterrado. De esta forma, como un Cid perruno, los soldados podían seguir aprovechando su fama para seguir aterrorizando a los nativos una vez muerto, explotando su memoria durante un cierto tiempo con otros perros de los centenares que utilizaban los ejércitos conquistadores.

A Becerrillo le siguió su hijo Leoncico, el cual heredó su fama y su violencia, y del cual se decía que tenía los dientes teñidos de tanta sangre india que había probado. Y no solo eso, sino que los cronistas comentaban que Leoncico llegaba a matar más enemigos en las batallas que cualquier otro soldado. Una auténtica ricura de mascota, vamos.

Trio de alanos españoles
En definitiva, que los perros, pese a su nobleza y lealtad -o justamente por ello- durante la historia han sido utilizados repetidamente por el ser humano de una forma indigna y cobarde (ver Los indignantes perros-bomba sovieticos), habida cuenta que el animal, en su inocencia, es capaz de llegar donde la naturaleza humana hace más aguas que un colador.  

Becerrillo, su hijo y centenares de perros de presa más se hicieron famosos durante la conquista de América por unas habilidades inhumanas y violentas que no existen en la naturaleza de estos animales. Animales que, fieles y serviciales como ellos solos, no dudan en dar su vida -o de quitársela a los demás- simplemente por ganarse el cariño de unos amos que, muchas de las veces, son más animales y menos inteligentes que los propios animales.

Utilizados en la lucha contra los toros

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lunes, junio 06, 2016

La Akkermansia, la deseada bacteria adelgazante

Akkermansia muciniphila
Llega el veranito y, con él, el sol y la calor se hacen los dueños de nuestro maltrecho medio ambiente. Pero si maltrecho está nuestro entorno, en llegando estas fechas, nuestro armario y nuestro propio cuerpo no se encuentra en mejor situación. Y es que tanta caloría durante el invierno (ver Y con Esteban, tres) acaban por hacer mella en nuestros michelines y cualquier intento de entrar en aquel trapito que nos quedaba tan mono a finales de verano pasado, ha pasado a ser una auténtica misión imposible. Ensaladitas, verduras, ejercicio y pasar más hambre que un caracol en un espejo son las fórmulas mágicas para entrar en el bañador de turno, pero... hace tanta calor y está tan fresquita esa cervecita que resulta imposible adelgazar sin sufrimiento esos quintales de más acumulados... ¿o si? Recientemente, los investigadores han encontrado una bacteria que podría tener en su posesión el secreto que todo fashion-victim quisiera para sí. Se trata de la Akkermansia muciniphila y se la conoce como la bacteria adelgazante.

¿Adelgazar comiendo?
Comer hasta reventar y que después no se te ponga ni un kilito, ni un michelín, ni una piel de naranja, es el deseo secreto de la mitad de la población del planeta. Y digo medio, más que nada porque la otra mitad pasa tanta hambre que se come las chispas del afilador para tener algo caliente que llevarse a la boca. Es duro, pero así de bien repartido está este mundo, mira. 

Cepas de akkermansia
Es en esta situación en que hay capacidad de meterse entre pecho y espalda un rosbif de a kilo, pero no hay cojones de ir al gimnasio de la esquina porque queda muy lejos, que las clínicas de adelgazamiento hacen su particular agosto a base de liposucciones, dietas salvajes o by-pass gástricos a precio de oro -o de judía tierna, que para el caso cotiza igual- prometiendo que la gente adelgazará y tendrá un cuerpo esbelto atiborrándose hasta las orejas y sin menear ni una paja. No obstante, hasta ahora parecía que el adelgazar pasaba por ser uno de aquellos privilegiados a los que   la comida no les engorda o bien ser del común de los mortales, a los que el sacrificio (en cualquiera de sus modalidades) es inherente a lucir un cuerpo esbelto, pero un grupo de científicos encabezados por la microbióloga francesa Muriel Derrien, en 2004 consiguieron aislar una bacteria en nuestra flora intestinal que tenía la capacidad de evitar que el cuerpo absorbiera los nutrientes.

Interacción en la pared intestinal
La Akkermansia muciniphila es una bacteria de la familia de los verrucomicrobios, la cual no destacaría demasiado del resto de flora intestinal, si no fuera porque en 2015 se confirmo que esta bacteria participaba en la inflamación del intestino, en la apendicitis, en la diabetes y en la obesidad. Pero no produciéndolo como pudiera pensarse en una bacteria, sino al revés, evitándolo.

Esta bacteria, según parece vive en la mucosa que envuelve el intestino de los animales, viviendo de las secreciones mocosas que segrega. La sorpresa venía del descubrimiento que este tipo de bacterias interacciona hormonalmente con el intestino, controlando los niveles de inflamación del mismo (sobre todo en los casos de síndrome de intestino irritable) y controlando la gravedad de los casos de apendicitis, como se pudo comprobar en las investigaciones con ratones. Pero aún hay más.

Puede tener un papel en la diabetes
Al vivir en la mucosa intestinal e interactuar hormonalmente con ella, se descubrió que eran capaces de equilibrar los niveles de insulina en sangre, limitando el metabolismo de las grasas e incluso de limitar la cantidad de nutrientes que eran capaces de absorber las vellosidades intestinales -el grupo de células encargadas de absorber las sustancias alimenticias en los intestinos. 

Así las cosas, se cogieron dos grupos de ratones, uno con su flora intestinal normal y otro a los que se había eliminado esta flora a base de antibióticos, y se les alimentó con una dieta rica en grasas (a base de manteca de cerdo, más concretamente) durante un tiempo. Judiadas con los ratones a parte, los investigadores pudieron ver que a mismas dietas, los ratones que no tenían la akkermansia en su flora intestinal engordaban más que los que la tenían. Pero no solo eso, sino que los roedores que tenían la bacteria adelgazante, además de retener menos grasas, eran más resistentes al frío. Todo un verdadero descubrimiento que puede revolucionar las terapias de tratamiento tanto de las obesidades como las de la diabetes clase 2.

Flora intestinal
Las investigaciones en humanos han descubierto que la flora intestinal humana tiene entre un 3 y un 5% de Akkermansia muciniphila, por lo que sabiendo que el sistema digestivo es parte básica del sistema endocrino (el que controla las hormonas) se especula con la posibilidad de que este tipo de bacterias sean imprescindibles para el buen funcionamiento del cuerpo (ver La milagrosa medicina llamada trasplante de cacas). Ello determinaría que la eliminación de la flora bacteriana por efecto del consumo de antibióticos podría estar directamente relacionada con episodios de obesidad y de diabetes al haber eliminado las bacterias que naturalmente la controlaban.

Esto no lo arregla ninguna bacteria
Sea como sea, los médicos, mientras que desarrollan las técnicas basadas en la bacteria adelgazante, aconsejan que la mejor forma de mantener óptimos los niveles de Akkermansia  municiphila es una dieta rica en prebióticos y frutas... y que para mantener los niveles de peso en vereda lo mejor es no atracarse de patatas fritas, ni de cervezas y hacer ejercicio de forma regular. Que ante los atracones pantagruélicos y el hacer menos ejercicio que un champiñón, no hay bacteria milagrosa que funcione.

¡A moverse!

La importancia vital de la flora intestinal

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