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miércoles, mayo 28, 2014

Pedro el Católico y la farra nocturna que le hizo perder un reino

Pedro el Católico
La Historia de todos los países está llena de cagadas y meteduras de pata capaces de sacar los colores al más pintado, ahora que las vemos con cierta perspectiva. Épicas -por la vergüenza ajena que despiertan, no por otra cosa- son, por ejemplo, la Batalla de Caransebes (ver Caransebes, la batalla más idiota de la historia) o la Batalla de Algeciras (ver  La idiota batalla naval de Algeciras), simplemente por citar un par. La Corona de Aragón, como entidad militar de rancio abolengo, también ha padecido este tipo de episodios dignos de echarse las manos a la cabeza. Tal fue el caso de Pedro el Católico (Pere I para los catalanes y Pero II para los aragoneses) el cual no dio la talla en la Batalla de Muret en 1213 por "haber dado la talla" demasiado la noche anterior.

La Corona de Aragón y Occitania
A principios del s.XIII, la Corona de Aragón era una próspera confederación de reinos-estados que hacía de cojín entre la Europa cristiana y la Al-Andalus musulmana, la frontera de la cual se mantenía más o menos estable al sur del Ebro. La existencia de este territorio musulmán hacia el sur, hacía que las relaciones de parentesco y, por tanto, de tiras-aflojas de herencias de territorios entre los nobles cristianos estuviesen encarados más bien hacia el norte. El territorio limítrofe por el norte con Catalunya y Aragón era Occitania  y hacia aquí se fueron los ojos de los soberanos catalano-aragoneses.

No obstante, el territorio occitano también era ansiado por la Corona francesa, la cual veía en los ricos territorios meridionales una campiña perfecta en la cual expandirse hacia el sur. El único inconveniente era que Occitania estaba dividido en condados independientes pero aliados, de los cuales, el mas importante era la Provenza, la cual tenía como conde a Alfonso II, hermano de Pedro el Católico, y por tanto, los aragoneses tenían la mano en cuanto al movimiento de fichas en esta particular partida de Risk. Pero no eran estos todos los jugadores.

El Papa Inocencio III
Efectivamente, en Occitania estaban proliferado los cátaros, una secta cristiana que abogaba por el pacifismo a ultranza y por el voto de pobreza más absoluto, los cuales no tenían la simpatía del Papa de Roma. En realidad, el Papa no tenía nada que temer de ellos, porque iban siempre con el lirio en la mano y no se peleaban ni por equivocación, pero hacían algo mucho peor y mucho más subversivo: predicaban con el ejemplo... y eso, para una Iglesia forrada de oro hasta los dientes a la cual dejaban en evidencia continuamente, era el peor de los pecados capitales. Y como, encima de ser pecadores, se extendían como una mancha de aceite, los declaró herejes.

Reconstrucción de Muret
A Pedro el Católico, por su parte, los pobres cátaros -vistiendo sus harapos, comiendo sus verduritas (renegaban de matar nada vivo) y rezando todo el día- le traían al pairo porque no eran ninguna amenaza. Pero cuando el barón francés Simón de Montfort y el Papa Inocencio III se aliaron en contra de los cátaros, y utilizaron a estos como excusa para capturar diversos condados occitanos provenzales, Pedro el Católico , que veía peligrar sus expansión hacia el norte, dijo hasta aquí hemos llegado. Muret (cerca de Toulouse), sería el punto de la batalla.

Simón de Montfort
En septiembre de 1213 (las crónicas no se ponen de acuerdo si el día 12 o el 13), las armadas francesas y papales por un lado y la coalición de condados occitanos (Tolosa, Aquitania, Provenza, Carcasona, Foix...) con la corona catalano-aragonesa al frente, se tendrían que ver las caras y dirimir quién era el que podía más.

No obstante, Pedro el Católico tenía un pequeño defecto: se "cepillaba" todo aquello que tuviera faldas... y que no fuera su mujer -a la cual preñó de Jaime I porque lo engañaron los de la corte. La noche anterior a la batalla, en vez de reservarse y prepararse para la lucha, se corrió una juerga del quince con una prostituta. Tal fue la farra nocturna que tuvo el rey que, a la mañana siguiente, durante la misa, las piernas le temblaban más que un flan y no era capaz ni de mantenerse de pie. Vamos... que al hombre lo habían dejado más seco que un "flax" de a duro.

Batalla de Muret
A pesar de estar en un estado físico penoso dada la jarana que se había metido la noche anterior, Pedro el Católico, con un par de bemoles, se lanzó a la batalla... y, por si alguien dudaba, en primera línea. La cosa no hubiera estado mal si hubiera estado entero, pero es que, para más cachondeo, atacó a Simón de Montfort -famoso por ser un auténtico carnicero- sin tener todas las tropas preparadas. La merienda de negros que se preveía era de las de órdago. Como así fue.

Como fácil podrá entender, lo que mal empieza, mal acaba, y a Pedro el Católico se lo cargaron a las primeras de cambio. Los condes occitanos -que todo sea el decirlo se les debía haber pegado algo del lirio de los cátaros- plantaron poca batalla (por no decir ninguna), desbandándose en cuanto vieron caer a Pedro el Católico. ¿Resultado? 15000-20000 muertos occitanos-aragoneses, Simón de Montfort se hizo conde de más de la mitad de los condados occitanos, el Papa que se salió con la suya contra los cátaros, Occitania que desde entonces no volvió a levantar cabeza y la Corona de Aragón que vio cercenadas sus posibilidades de expandirse hacia el norte para siempre. ¡Ole tú!

Expulsion de cátaros de Carcasona
En conclusión, la juerga flamenca que se zumbó el rey catalano-aragonés la noche anterior a la batalla tuvo como consecuencia, además de su propia muerte, un cambio brutal de la geoestrategia de los condados y reinos cristianos de la Europa occidental. Jaime I, su hijo de 5 años, que estaba retenido por el propio Simón de Montfort, años después intentó desfacer el entuerto expandiendo la Corona de Aragón hacia el sur de la península. En parte lo consiguió, pero la mala cabeza del padre determinó una política posterior que trascendería hasta hoy día, en uno más de tantos curiosos "efectos mariposa" de la Historia.



Tumba de Pedro el Católico en Sta. Maria de Sixena

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martes, mayo 27, 2014

Hermisende o su derecho a decidir ser... español

Hermisende
Si alguna cosa se puede sacar en claro de este mundo es que está, definitivamente, mal repartido. Si miramos la Historia, se pueden encontrar ejemplos de todo tipo y gustos. Uno de ellos son las fronteras entre los diferentes países y las divisiones administrativas, ya que  acostumbran a ser un claro exponente de este mal equilibrio entre deseos y realidades que afectan especialmente a las poblaciones que viven cerca de los límites.  Tal es el caso de los pueblos zamoranos de Hermisende, San Ciprián y La Tejera -en la comarca de la Alta Sanabria zamorana-, los cuales decidieron pertenecer a España cuando eran inequívocamente portuguesas.

Felipe IV de España
En 1640, a la Monarquía Hispánica (encabezada por Felipe IV) le crecían los enanos gracias a los tributos exagerados y los terribles dispendios para mantener guerras con todo lo que se movía. En esta situación, se produjeron movimientos secesionistas en Portugal, Catalunya y Andalucía que pretendían separar sus territorios de la Corona Española. Los movimientos independentistas de Catalunya y Andalucía pudieron ser sofocados (ver La conspiración de Andalucía para independizarse de España), pero no así la de Portugal, el cual consiguió recuperar su independencia... pero no todo el mundo en Portugal estaba de acuerdo con el nuevo rey.

Ubicación de Hermisende
En la comarca portuguesa de Trás-Os-Montes, una serie de pequeños pueblos se vieron envueltos en los follones violentos de la batalla entre españoles y portugueses, produciéndose todo tipo de vandalismos, con quema de cultivos y casas. En este escenario, los pueblos fronterizos de Ermesende, São Cibrao y La Teixeira, decidieron no seguir la estela del resto de la comarca y no abrazar la causa del nuevo monarca luso João IV (Juan IV para los castizos).

Juan IV (João IV) de Portugal
Históricamente estos tres pueblecitos (actualmente suman unos 325 habitantes) siempre han estado en el ojo del huracán al estar en la zona de contacto entre el Reino de León, el Reino de Galicia y el Reino de Portugal, de tal forma que más de una vez tuvieron que consensuar su pertenencia a uno y a otro durante la Edad Media. Sin embargo, las relaciones sociales y comerciales (incluso el contrabando tenía su importancia en la vida económica de la zona), según parece estaban muy marcadas hacia la frontera hispana desde mucho tiempo atrás por lo que, durante el movidito 1640 los habitantes de dichos pueblos portugueses vieron que pertenecer al Reino de España les era una ventaja. Ante tal diatriba, se decidieron por el más potente, habida cuenta que fueran unos u otros, la zona quedaba apartada de todas las vías importantes de comunicación.

San Ciprián de Hermisende
A partir de entonces, las poblaciones anteriormente portuguesas castellanizaron sus nombres a Hermisende, San Ciprián y La Tejera y pasaron a formar parte del Reino de León, dentro de la Corona de Castilla, desentendiéndose totalmente de su antigua adscripción portuguesa. No obstante este proceso de separación, estos pueblos no perdieron totalmente sus raíces.

En la actualidad, estas tres localidades (que están englobadas las tres dentro del término municipal de Hermisende), mantienen un habla particular fruto del contacto entre los diferentes territorios de los que son limítrofes y que las diferencia de sus vecinos, ya que es una mezcla de gallego-portugués con leonés que, debido al aislamiento secular de la zona, ha sido mantenido desde entonces.
La Tejera y Portugal
En conclusión, que mientras hubieron territorios que vieron las ventajas de dejar de pertenecer al Imperio Español y no se les dejó, al mismo tiempo, hubieron otros territorios que -por cuestiones diversas- vieron la ventaja en no independizarse y decidieron por propia voluntad seguir perteneciendo a España pudiendo no hacerlo.

Cosas del democrático derecho a decidir de los pueblos.


Entrada a Hermisende

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lunes, mayo 26, 2014

La Corbeta Narváez, el barco español que se comieron las termitas

Corbeta Narváez
Cuando en 1885 Isaac Peral presentó su proyecto de dotar al ejército español de un submarino eficaz, se chocó de bruces con el clientelismo, las envidias y las malas artes que empapa toda la vida política del país desde hace siglos, forzándolo a frustrar su iniciativa (ver  Isaac Peral y la envidia que logró frustrar un prodigioso submarino). Peral y su principal avalador, el ministro Manuel de la Pezuela, conocían a la perfección el ruinoso estado de la Marina de guerra española, y, en su sincero patriotismo, pretendían hacer algo que lo remediase. Y no era para menos, porque hubo un barco español que incluso llamó la atención de científicos internacionales por su estado: la Corbeta Narváez.

Submarino Peral (1888)
Durante la segunda mitad del siglo XIX, enrolarse a bordo de un barco a surcar esos mares de Dios era todo un deporte de riesgo, y si, encima, tenía los bemoles de enrolarse en la Marina española, ya era lo más parecido a hacer paracaidismo con un paraguas al mejor estilo de Mary Poppins que pudiera haber... con todo lo que ello suponía, claro. Guerras, huracanes, enfermedades (la mayoría venéreas), piratería,  motines... azotaban las tripulaciones de todos los barcos del mundo, pero los barcos de guerra españoles, además, tenían el plus de tener que luchar contra las constantes averías que se derivaban de un mantenimiento prácticamente inexistente, amén de más de una "mano larga" en los presupuestos fruto de la corrupción institucionalizada que corría por la administración.

HMS Warrior (1860), inglés y casco de hierro
Los barcos de guerra españoles no estaban exactamente a la moda. Mientras que en Reino Unido o Estados Unidos, los barcos de casco de hierro y propulsión a vapor se generalizaban, aquí, los barcos que salían de los astilleros eran construidos mayoritariamente de casco de madera y, en el mejor de los casos, eran cascos de madera blindados con una cobertura de metal y una propulsión mixta vapor-vela. Por número de efectivos la armada española era de las más importantes, pero por eficacia, poco menos que hacía reír a ingleses, franceses, americanos o alemanes.

Si a esta obsolescencia de la Marina, le añadimos la mala construcción de los mismos (algunos barcos estaban podridos a los 5 o 6 años de haber sido botados), al sobrecoste -que hacía que estuvieran hasta 10 años en el astillero antes de ser botados- y al mal mantenimiento de los navíos debido a que los barcos de madera eran más baratos, pero de un mantenimiento más costoso, el cóctel ya estaba completo. Los barcos tenían continuas averías, sobre todo de pudriciones de la madera, que en algún caso llevaron a la nave al fondo del mar tras un golpe de mar en un día tranquilo (vapor Pizarro, 1878). Todo un show que los periódicos denunciaban agriamente.
  
En esta situación de pudrición de los cascos de madera se encontraron muchísimas embarcaciones, las cuales, después de navegar por Cuba, Sudamérica o Filipinas, tenían que volver a la península para ser reparadas. Obvia decir que durante las singladuras se decían más plegarias que órdenes. Uno de estos  navíos, fue la corbeta Narváez, la cual, después de estar surcando las aguas de las Filipinas, tuvo que volver a los astilleros de El Ferrol para ser reparadas las tablas de su casco.

Corbeta a vapor Narváez
La corbeta Narváez, nave a propulsión mixta vapor-vela de casco de madera, fue botada en 1857, si bien ya empezó con mal pie, ya que su maquinaria a vapor procedía de otro barco similar que se había podrido en tan solo 5 años, el cual se tuvo que dar de baja. Sea como fuere, el Narváez fue destinado a las Filipinas donde participó en diversas expediciones de patrulla e hizo un importante trabajo oceanográfico durante los años 60. En 1878 se decidió que volviera a España a repararse debido a sus importantes averías.

El Narváez padecía pudrición de las maderas y su presupuesto de reparación fue estimado en 179.663 pesetas, la cual cosa, si contamos que un barco de este estilo podía rondar el millón o millón y medio de pesetas, pues hará idea del costo de la reparación. Sin embargo, ello no iba a ser nada.

Redoutable (1876), francés y de acero
Debido al coste de reparar las maderas, y a pesar de que las maderas para arreglarlo ya habían sido compradas por el ministerio, las reparaciones no llegaban y ello dio tiempo a que un ataque de termitas como jamás había sido visto acabase completamente con todo lo que de madera había en el barco. Lo más gracioso del caso es que esta termita atacó toda la madera que no estaba en contacto con el agua, de tal forma que a las pudriciones por el agua se sumó la devastación más absoluta de todo el resto de madera.

Termitas cenando
En esta situación, el entomólogo gallego Víctor López Seoane, que se enteró de lo que estaba pasando con el barquito de marras, cogió en un frasco de vidrio una muestra de una madera carcomida de una forma totalmente inaudita, que contenía algunos de los individuos causantes del desaguisado. Seoane procedió a llevarlos a la Societé Royale d'Entomologie de Belgique (Real Sociedad de Entomología de Bélgica), con sede en Bruselas, donde sus colegas entomólogos fliparon en colores, ya que era una especie de termita que se daba en las Filipinas, en Antillas y el Cono Sur americano, pero que no se tenía constancia de que provocase esos daños en navíos, y menos de la importancia del Narváez.

Según determinaron los especialistas en bichos, posiblemente estas termitas fueran parte de un transporte de madera que acabó saltando y atacando al mismo barco. Sea como sea, la embarcación quedó reducida a serrín en muy pocos meses y solo quedó el casco podrido, el cual acabó por hundirse a finales de 1879, después de 22 años de servicio.

Isaac Peral
Aquel mismo año 1879, otra docena de navíos de guerra esperaban desarmados a que fueran reparados en los diversos puertos que la Armada utilizaba para ello (Tarragona, Cádiz, El Ferrol, Cartagena...) que se tenían que sumar a otros tantos o más que estaban esperando reparaciones de menor importancia, pero que los mantenían igual de varados. En definitiva, que de unos 120 barcos de guerra -de los cuales casi la mitad eran de vela y la otra mitad de "medio vapor"- una cuarta parte estaban inutilizados. La corrupción, la envidia y la mala gestión de la política española habían reducido a una caricatura la otrora potentísima armada española.

No es de extrañar el cabreo infinito de Peral cuando le negaron el pan y la sal con su submarino.


El mayor enemigo de la flota de guerra española del siglo XIX


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jueves, mayo 22, 2014

Isaac Peral y la envidia que logró frustrar un prodigioso submarino

El Peral en Cartagena (2007)
Isaac Peral ha pasado a la Historia como uno de los inventores del submarino moderno. El hecho de que fuera español (de Cartagena, más concretamente) ha permitido que su figura sea profusamente utilizada como referente del ingenio y la iniciativa de los españoles, lo cual ha llenado de orgullo y satisfacción a más de un alma patriótica. Sin embargo, sorprende como, a pesar de tener dos figuras cruciales en el desarrollo de los submarinos como fueron, primero Narcís Monturiol y posteriormente Isaac Peral, que España no llegara a poder despuntar mínimamente en la construcción de este importantísimo armamento naval... y sobre todo en el caso de Peral, el cual en 1888 ya construyó un submarino prácticamente moderno. La ignorancia, la envidia y un alto grado de cazurrería política lo impidieron.

Isaac Peral (1851-1895)
A finales del siglo XIX, la otrora potentísima armada española era tan solo una caricatura de lo que había llegado a ser. La mala gestión, los problemas políticos y los continuos problemas con las colonias hacían que el presupuesto para mantener una flota naval en condiciones fuera tan escaso que difícilmente podía asegurar la defensa, ya no tan solo de las colonias, sino incluso de la propia península. El colmo hacía que muchas de las veces, a pesar de las intenciones de modernización de la Marina, los barcos salieran ya obsoletos de los astilleros, dejando el protagonismo a barcos viejos -incluso de madera blindados- que no eran ninguna oposición a los poderosos cruceros oceánicos británicos, americanos o franceses.

Ante este panorama desolador, el Teniente de Navío (lo que en el ejército de tierra sería un capitán) Isaac Peral, presentó en 1885 a sus superiores un proyecto de submarino eléctrico que con una cierta autonomía podría defender los puertos y las costas españolas ante cualquier amenaza extranjera. El proyecto tuvo éxito -encandiló a la propia Reina Regente- y fue presentado al ministro de Marina de entonces, Manuel de la Pezuela, el cual, intuyendo mínimamente las posibilidades del artefacto, dio su apoyo incondicional. Se le otorgó un presupuesto inicial de 5.000 pesetas para comenzar el proyecto, cosa que hizo ipso facto.

Ministro Beránger
Después de los estudios previos, en 1886 el nuevo ministro de la Marina -José Mª Beránger- le otorgó un nuevo presupuesto de 25.000 pesetas  para tirar adelante, y en 1887, un nuevo ministro, el ministro Rafael Rodríguez de Arias, firmó la autorización de construcción del submarino al cual se le dio el nombre de "Peral". Sea como sea, los dos últimos ministros no eran tan entusiastas como De la Pezuela, por lo que pusieron multitud de trabas, creando una junta de especialistas que supervisara el trabajo de Isaac Peral. Pero no eran los únicos que no estaban a favor del proyecto.

Un grupo de oficiales de la Marina veía con malos ojos que el gobierno invirtiera dinero en un aparato que, para ellos, estaba condenado al fracaso, ya que creían que era prioritario gastarlo en una armada clásica y dejarse de memeces de submarinos ni similares (la I+D no estaba bien vista en la España de aquel entonces), lo que les hizo no solamente oponerse frontalmente al proyecto de Peral, sino incluso intentar reventarlo. Todo sea el decirlo, que la altanería y, hasta cierto punto, soberbia de Isaac Peral para con su invento, tampoco le ayudaba a granjearse demasiadas amistades.

El Peral, el día de su botadura
Peral, intentando ser lo máximo de discreto posible, compró las piezas en diversos países europeos y se montaron en el astillero de La Carraca, en San Fernando (Cádiz). El  Peral era un submarino de acero con forma de huso, de 22 metros de largo y  2'87 de ancho que era capaz de sumergirse a unos 30 metros y, gracias a su propulsión eléctrica de 60 CV, era capaz de tener una autonomía de 637 kms y disparar un torpedo de 360 mm desde la proa. El proceso de construcción, empezado el 1 de enero de 1888 se concluyó el 8 de septiembre de ese mismo año, en que se botó. La opinión pública estaba entusiasmada con el invento.

Planos del submarino Peral
La "oposición", al frente de la cual estaba el Capitán de Fragata Víctor Concas (superior, por tanto, de Peral), en todo ese tiempo se dedicó a malmeter y a conseguir apoyos contra el proyecto del "artefacto submarino" en los ministerios -convencieron al propio Beránger-, para lo que no dudaron en propagar calumnias e, incluso, a llegar a enseñar el proyecto a agentes extranjeros de dudosa discreción. Peral, que tenía el convencimiento que otros países que estaban trabajando en el proyecto (Francia e Inglaterra, sobre todo), podrían acabar por conseguir por su cuenta lo que él ya había conseguido, se cabreó como una mona cuando se enteró. A pesar de todo, la voluntad de Peral era de acero.

El Peral durante las pruebas
Llegado el momento de las pruebas, la Junta evaluadora -formada por gente ignorante de las técnicas revolucionarias de Peral, opositora  al proyecto e influenciada en contra- le puso todas las trabas que se le ocurrió. Se le limitó la velocidad, la distancia de actuación y se le negó la posibilidad de cruzar el Estrecho de Gibraltar como había pedido Peral. A pesar de todo ello, las maniobras contra un barco pero sin fuego real se hicieron, tanto de día como de noche. De día, el barco "atacado" los detectaba a un km vista porque desde la Junta se le obligó a navegar con la torreta del periscopio fuera, por lo que los resultados no fueron buenos, pero en las pruebas de noche se pudieron acercar hasta los 15 metros del barco sin ser detectados. 

Cánovas del Castillo
La Junta, con los resultados obtenidos -que no cuadraban en nada con los obtenidos por Peral- le sacó pegas a todo. Dijo que era lento, inestable, que no servía para atacar, que se producían gases tóxicos en el interior debido a las baterías, que era demasiado grande, que el presupuesto se había disparado respecto lo esperado... eso si, no pudieron negar que la pruebas de noche eran inmejorables. A pesar de esto, la Junta resolvió que muchas gracias por el esfuerzo, pero que era un trasto y que no seguía con el proyecto. Se le concedió una condecoración al mérito a Isaac Peral y su tripulación (que Concas llegó a recusar) y por orden de Cánovas del Castillo, en 1890 se le obliga a desmontar el Peral, el cual queda abandonado en La Carraca hasta 1928, que se lleva a Cartagena lugar donde se encuentra en la actualidad.

El submarino en 1888
Isaac Peral, frustrado y aburrido por el tema, abandonó la Marina en 1891 y se dedicó al aprovechamiento civil de la electricidad, trasladándose en 1895 a Berlín para tratarse de un cáncer, donde murió aquel mismo año por causa de una meningitis adquirida por negligencia médica mientras se lo trataba. Su cuerpo, tras ser repatriado a Madrid, fue trasladado también a Cartagena donde está enterrado, dando fin a uno más  de tantos vergonzosos episodios de la "burrocracia" española (ver  El indignante caso del doctor Ferran i Clua y su vacuna contra el cólera).

U-Boot Alemán U-9 (1910)
Resulta irónico comprobar cómo, lo que fue evaluado torpemente como los resultados de un "trasto", llegaba a superar los resultados de los submarinos alemanes de la Iª Guerra Mundial e incluso de algunos de la II Guerra Mundial, casi 50 años después, por lo que lejos de ser un "artefacto" era un auténtico prodigio para su época. Pero no solo era una cuestión técnica, Peral utilizó su submarino, no como le pedían los burócratas, para atacar, sino como se utilizaría en las dos guerras mundiales, como "lobo a la caza de presas desvalidas" (convoyes mercantes, por ejemplo), donde se demostraron absolutamente decisivos. Sea de una forma o de otra, España perdió la oportunidad de despuntar en algo por simple y puro cainismo, costumbre que, desgraciadamente y a pesar de los años pasados, parece que aún está en plena vigencia.

Los restos del Peral, siendo remolcados a Cartagena en 1928

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miércoles, mayo 21, 2014

Los quebraderos de cabeza de EE.UU. y México por un caprichoso Río Bravo

Río Bravo o Río Grande
Las fronteras harto es sabido que son meras invenciones humanas, convenciones políticas que no son más que lineas dibujadas sobre un papel. Para delimitarlas sobre el terreno, se suelen utilizar accidentes geográficos de todo tipo o directamente con tiralíneas encima del campo. Carenas, costas... todo vale para marcar las lindes de unos u otros territorios, y una de las más utilizadas son los ríos. Las riberas, de esta forma, marcan perfectamente las divisorias y las disputas se reducen al mínimo -cada uno en su casa y Dios en la de todos, que dice el dicho. Sin embargo, la Tierra, vale la pena recordar que está en continua evolución, de tal forma que lo que ayer estaba aquí, mañana puede estar allá, trayéndole al pairo si un país ha puesto aquí su frontera o no. Ahora imaginen el follón diplomático que puede suponer si esto mismo ocurre en una frontera tan conflictiva como la de Estados Unidos con México y, para más inri, durante más de un siglo. Estoy hablando de la disputa de El Chamizal.

Cuando en 1848, los estadounidenses acabaron de darse de palos con los mexicanos por un quítame-allá-esa-Texas, decidieron poner la frontera de ambos países en el Río Bravo (río Grande, para los yanquis). En principio no tendría que ser mucho más diferente que miles de otras fronteras que ocupan otros ríos (ver Seis meses francesa y seis meses española: La Isla de los Faisanes), pero no contaron con que el río Bravo era un tanto especial, sobre todo en la zona entre los pueblos de El Paso (Texas) y Ciudad Juárez (México). Bueno... para ser exactos, sí que contaron con ello, lo único es que el río tenía ideas propias.

Una cuenca muy árida
El río Bravo, al tener una cuenca que atraviesa buena parte del desierto de Chihuahua y padecer los rigores de un clima árido, depende mucho de las precipitaciones de nieve de la cabecera y de las esporádicas lluvias que se producen a lo largo de todo su recorrido. Esta irregularidad en el régimen de lluvias provoca que en poco tiempo, el río Bravo pase de tener muy poco caudal, a salir de madre inundando todo lo que encuentra en su cauce. Si a esto le añadimos que en la zona antes comentada hay muy poca pendiente, obligando al curso a formar meandros, el problema se multiplica, ya que el río, debido a su propia actividad erosiva va divagando por toda la llanura.

Evolución del cauce
En previsión de este más que probable movimiento, Estados Unidos y México consensuaron que la frontera, en vez de estar fija, fluctuaría en función de lo que lo hiciera el propio río, lo cual suponía -al menos en principio- un seguro contra las veleidades del río Bravo. No obstante, entre 1852 y 1868, la zona sufrió un aumento de precipitaciones inesperado, produciendo inundaciones prácticamente cada primavera que acabaron por crear en 1873 un enorme meandro. Si tu frontera se mueve unos pocos metros aquí o allá, no tiene más importancia, pero cuando el río crea un enclave de 240 hectáreas de un país dentro del otro, es, como mínimo, para inquietarse. Y si encima es de México dentro de Estados Unidos, el follón está asegurado.

Corte del meandro de 1899
Ante semejante extensión de terreno inesperado (llamado El Chamizal, por estar cubierto de una planta llamada chamiza), tanto uno como otro país reclamaron sus derechos ante los tribunales, produciendo todo tipo de resoluciones que no eran aceptados ni por uno ni por otro. Pero como todo es siempre susceptible de empeorar, el inestable río Bravo decidió, por su cuenta y riesgo, que estaba cansado de dar la vuelta que daba, y acabó cortando el meandro en 1899, creando una isla a la que se le llamó isla de Córdoba. Ya fue el acabose.

Antigua frontera
Aquella zona se había convertido en un enclave mexicano en medio de los Estados Unidos, que entre reclamaciones de posesión de unos y de otros se había convertido en una tierra de nadie que estaba muy poco -o nada- controlada por México, haciendo las delicias de los contrabandistas. A tal punto llegó el desmadre que en 1910 se hizo una comisión entre los dos países, determinando que lo ideal sería, al mejor estilo Rey Salomón, que se dividieran las tierras y se hiciera un nuevo cauce. Sin embargo, ni Estados Unidos, ni México aceptaron la resolución y, por tanto, el conflicto continuó al más alto nivel.
Con el tiempo, los problemas de cruce ilegal de la frontera se incrementaron en la misma proporción que lo hicieron las reclamaciones de ambos países. Como dato curioso, sepa que los mexicanos instalaron una taberna en la zona de El Chamizal, lo cual permitía a los estadounidenses romper la Ley Seca, simplemente cruzando la frontera andando. Al final, se decidió por levantar una valla en la frontera mientras que las reclamaciones judiciales seguían y los años pasaban al galope sin llegar a ningún acuerdo.

Esquema de la solución
No fue hasta 1963 cuando el presidente Kennedy, hasta el mismo moño de los problemas que daba El Chamizal, decidió arreglarlo de una forma definitiva. Siguiendo la proposición de 1910, se construyó un nuevo cauce para el río Bravo, pero esta vez en cemento armado, para fijar la frontera de una vez por todas y no estar pendientes de los caprichos del río. De esta forma, 107 hectáreas pasaban a Estados Unidos y 333 ha. a México. Las obras eran pagadas a medias, se podría vallar convenientemente para evitar el tráfico ilegal y se acabarían, después de más de un siglo, las disputas entre los dos países por ese cacho de tierra, fruto del antojo de la geología del río Bravo.

Vista global de El Chamizal (1969)
En la actualidad, la polémica está totalmente cerrada, no sólo por la banda diplomática -que acabó por construir un parque público tanto en la parte mexicana como en la estadounidense para conmemorar el acuerdo-, sino también por parte del río: la sobreexplotación de los recursos hídricos de los que se nutre y el descenso de las precipitaciones debido al cambio climático han hecho que el río no sea ya, ni grande, ni bravo. Encorsetado en un cinturón de cemento, medio seco y envuelto por la conurbación de El Paso-Ciudad Juárez, el río Bravo se mantiene de momento bajo control... ¿cuándo volverá a hacer de las suyas?

El río, como siempre, tiene la última palabra


Se acabó el problema... o no

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martes, mayo 20, 2014

Nerón y el trozo que le falta al Coliseo de Roma

Fachada sur del Coliseo
El Coliseo de Roma es uno de los edificios romanos más importantes que han llegado hasta nuestros días. Su magnitud y sus formas, aún despiertan nuestra admiración casi 2000 años después de su construcción y a pesar de que ha sido seriamente diezmado por el paso del tiempo. En este sentido, aparte de ser ampliamente conocido el uso del anfiteatro como improvisada cantera de edificios posteriores (si tienes las piedras a un paso de casa, para qué te vas a ir a Carrara a buscarlas), a cualquiera que vea el Coliseo le llamará la atención que falte prácticamente toda la parte sur del anfiteatro. Pues bien, que falte esta parte no es casual, y tampoco atiende a ningún acto de reciclaje pétreo. La culpa la tienen Nerón y un terremoto en 1349.

Frescos de la Domus Aurea
Cuando en el año 64 d.C, Nerón decidió construirse su particular "choza" (la Domus Aurea) en unos terrenos afectados por el incendio de Roma, no le dolió en prendas hacerlo a medida del personaje, es decir, a lo grande y descomunal. En las 80 hectáreas de terreno apropiadas por la jeta -era el Emperador, claro-, aparte de la ampulosa villa imperial, se hizo construir una estatua de 30 metros en la entrada (ver El Coloso de Nerón, una molestia para Mussolini) y, como le parecía poco, en la parte más baja, se hizo construir una laguna artificial -casi un mar que decían las crónicas- rodeada de pórticos, jardines y bosques, donde Nerón pasaba sus ratos de asueto imperial. Se trataba del Stagnum Neronis.

Busto de Nerón
Es justamente en esta zona donde, tras la caída en desgracia y asesinato de Nerón, se decide construir el grandioso Coliseo de Roma. Para ello, se decide aprovechar el espacio que ocupa la laguna rellenándola de tierra y dejándola toda a nivel, de cara a dejar una zona plana que sea fácilmente construida después. Dicho y hecho, tras las obras de relleno, en el 72 d.C. comenzaron las obras del Coliseo (llamado Anfiteatro Flavio), las cuales acabaron en el año 80 d.C.

Con un aforo de 50.000 personas, en los 189 x 156 x 57 m de construcción se había utilizado toda una cantera para él solo, se había dejado el Coloso de Nerón en su exterior (de aquí el nombre de Coliseo) y se había tenido que hacer unos cimientos de 14 metros de profundidad debido a que, al estar en parte sobre la antigua laguna, los limos afectaban a la cimentación del edificio (ver El Cagalell, una marisma a pie de Colón).

Fachada Norte del Coliseo
El edificio estuvo en uso desde el año 80 hasta el año 523, a partir del cual fue abandonado y usado para otros usos, que acabaron con la ruina del Coliseo. Pese a los terremotos, los picapedreros y el abandono, el anfiteatro aguantó mal que bien el paso de los siglos, pero en el 1349, se produjeron toda una serie de terremotos con epicentro en los Apeninos que, llegando a niveles de grado VIII y IX de la escala de Mercalli, afectaron duramente Roma, tal como pudo testimoniar Petrarca al año siguiente.

El Coliseo, a pesar de la magnitud de la tragedia -se hundieron una gran cantidad de palacios, iglesias y otros edificios-, pudo haber aguantado la embestida, habida cuenta que los ingenieros romanos lo habían levantado añadiendo cenizas volcánicas al mortero, la cual cosa se ha podido comprobar recientemente es una de las mejores medidas para construir edificios antisísmicos. Sin embargo, al estar la mitad construido sobre el Stagnum Neronis, los limos sobre los que descansa transmitieron especialmente las ondas sísmicas, provocando el hundimiento de la parte sur del anfiteatro. La parte norte, al estar construida fuera de la zona del antiguo lago y por tanto sobre terrenos más sólidos, aguantó perfectamente el terremoto.
Reconstrucción Domus Aurea

Los escombros que cayeron fueron aprovechadas por los canteros romanos durante siglos y, si bien los avatares que ha tenido que pasar a lo largo de la historia (con bombardeo durante la IIª Guerra Mundial incluido) es lo que ha modelado la imagen que hoy tenemos de esta maravilla de la antigüedad, el grueso de los daños se produjeron en el terremoto de 1349. 

Los ingenieros y arquitectos romanos consiguieron, hace 2000 años, construir edificios antisísmicos utilizando unos sistemas y técnicas que incluso para los arquitectos de hoy en día resultan revolucionarias. Discúlpenme si pienso, y cada vez más razonadamente que, aparte de los usos y tradiciones sangrientas de los romanos -totalmente abominables en la actualidad-, la civilización occidental lleva 1700 años de retraso.


La parte sur no logró aguantar el terremoto de 1349



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lunes, mayo 19, 2014

Malasia: la curiosa república federal con rey

Corona real de Malasia
¿Monarquía o República? La polémica en España entre los partidarios de una monarquía y una república, es algo que desgraciadamente ha sobrepasado de largo el nivel de la mera opinión política. Los unos por el mantenimiento de una institución que ha sido tradicional en el país desde hace siglos, y los otros, por el hecho de ser una institución que no tiene lugar en un contexto de democracia parlamentaria, siempre han mantenido una dura disputa en la vida política del país, dada la imposibilidad de una posición intermedia de entendimiento. Pues bien, si usted piensa así, le informo que está usted en un error ya que en Malasia han conseguido rizar el rizo y mezclar monarquía y república, de forma que el rey del país es elegido democráticamente y por un periodo de 5 años: es el Yang di-Pertuan Agong.

Malasia
Malasia es un país del sudeste asiático que con una superficie un poco mayor que Italia, tiene unos 30 millones de habitantes. Este país, que ocupa parte de la península malaya, es un estado federal compuesto por 13 estados, de los cuales 9 son monarquías (Negeri Sembilan, Selangor, Perlis, Terengganu, Kedah, Kelantan, Pahang, Johor y Perak) y 4 más son repúblicas (Penang, Malacca, Sabah y Sarawak), formando un variopinto mosaico de formas políticas bajo una misma bandera.

Torres Petronas
Ante este galimatías político, la designación de un jefe de estado que representase al conjunto de la nación, era algo de difícil solución: si se escogía un rey, los estados republicanos se quejarían, y si lo que se escogía era un presidente de la república, los estados monárquicos se iban a quejar igualmente. ¿Solución? Un intermedio.

Siguiendo la estructura política del Imperio Británico del cual se independizaron, decidieron que el jefe de estado -el Yang di-Pertuan Agong- se escogería por elección entre los reyes de los 9 estados monárquicos, de tal forma que, por mandatos de 5 años, cada rey de cada estado sería propuesto como rey de Malasia y votado por el resto de reyes malayos. Los reyes, de esta forma, siguen un orden de proposición preestablecido en función de su antigüedad en el trono en el momento en que el país alcanzó la independencia, pero es el conjunto de reyes (el Consejo de Gobernantes) el que decide en última instancia el rey que se escoge.

Bandera del Yang di-Pertuan Agong
De esta forma, si el rey entrante, por edad o por cuestiones personales, no está en disposición de acceder al puesto, se propone al siguiente de la lista y se vota. Si saca más de 5 votos, es entonces el rey elegido para subir al trono de Malasia... siempre y cuando que no haya sido elegido previamente, claro. ¿Enrevesado? No se preocupe, yo se lo explico.

Mizan Zainal, penúltimo rey
Como que el orden de reinado está determinado, una vez que uno de los reyes ha cumplido mandato, no puede volver a mandar hasta que no hayan tenido todos su momento de "gloria", por lo que por mucho que le toque por saltarle el turno, siempre tendrá "preferencia de trono" quien no lo haya podido hacer antes. Eso si, una vez que todos ya lo han sido, se vuelve a empezar desde el primero.¡Ah! Y ojito con hacerlo mal porque si el Consejo de Gobernantes considera que el rey no lo está haciendo bien, pueden incluso hacerle una moción de censura y destituirlo; una auténtica monarquía democrática, vamos. No obstante, estamos hablando de que son nueve los estados que entran dentro de la elección...¿y los otros cuatro? ¿se dejan mandar? No exactamente.

Najib Tun Razak, el Primer Ministro
En realidad, el Yang di-Pertuan Agong es más bien una figura ceremonial que ni pincha ni corta en la vida política de Malasia, ya que por debajo de él, el país se rige de forma democrática al estilo británico. Es decir, los diferentes territorios escogen por elección un Primer Ministro que es el ganador de las elecciones en los diferentes estados y que es el que realmente manda en el conjunto de Malasia. En los 4 estados "republicanos", el rey escoge sendos gobernadores o Yang di-Pertuan Negeri (una suerte de virrey), los cuales tienen delegadas las obligaciones del rey. Sea como sea, los gobernadores pinchan tan poco como el rey de Malasia -abrir y cerrar las legislaturas del parlamento, convocar elecciones en cada uno de estos estados y poca cosa más- por lo que cada estado actúa libremente dentro de su territorio y parlamento. 

Dewan Rakyat, el parlamento malayo
En conclusión, la necesidad de consensuar una representación entre una serie de estados federados tan diferentes los unos a los otros, han hecho posible la cuadratura del círculo de una monarquía regida por unas leyes republicanas, que en realidad es una república con rey. Los estados monárquicos continúan siendo monárquicos, los republicanos continúan siendo republicanos y el estado federal dispone de un Jefe de Estado y un Primer Ministro...¿dónde está el problema?

La política, definitivamente, es el arte del consenso.




Abdul Halim, Sultán de Kedah y actual rey de Malasia

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