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viernes, abril 23, 2010

La historia de un primer libro.

Amigas y amigos, aunque parezca una broma, no lo es: ¡He lanzado mi primer libro al mercado! No es un caro libro de novela, sino un pequeño libro de relatos, de esos relatos que salpican mi blog y que me he entretenido a ir acumulando día tras día, año tras año desde principios de los años 80.

Todo empezó en mi época de instituto, cuando harto de hacer aburridas redacciones sobre las vacaciones de todo tipo (Semana Santa, Verano, Navidad...) pregunté a mis profesores si podía inventarme las historias, y dieron el visto bueno. El único inconveniente era estar enclaustrado en el reducido espacio de un folio por una cara como era habitual en aquel tipo de redacciones. Y acepté el reto.

Las redacciones/cuentos se sucedían unas tras otras y si bien la ortografía podía fallar más o menos, nunca faltaba la nota positiva del profesor al destacar la trama de la historia. Le cogí el gusto a aquellos escritos evaluatorios forzados, al transformarlos en relatos mezcla de vivencias reales y surrealismo producto de la mente fantasiosa de un chaval de 15 años. Me divertía. Incluso me llegué a presentar a algún concurso organizado por el Instituto, al cual ni quise asistir del miedo que me daba pensar que pudiera ser premiado de algún modo. Así era -y en cierto modo soy- de tímido.

El tiempo pasó, hubieron cambios. Grandes épocas sin escribir, junto con épocas en que la fantasía se desbordaba y en que el escribir se hacía imperioso, llegando incluso al ritmo de un cuento diario, el cual escribía en menos de una hora a altas horas de la madrugada. Cuentos que me divertía hacer llegar a mis amigos y familia que siempre me animaban a seguir adelante.

Nunca había tenido la necesidad de publicar mis relatos, pero un día cayó en mis manos un libro -con perdón- del televisivo Risto Mejide. La soberana bazofia que tuve el disgusto de leer me hizo ver que si alguien tenía el valor de publicar aquello, mis relatos guardados en los cajones y en las carpetas de mi ordenador debían tener, como mínimo, el derecho a ser leídos por el gran público. Y aquí lo tenemos.

Agradecer al amigo y escritor Sergio Fidalgo, que me ha ayudado a la publicación de este mi primer libro, Relatos para una Mente Abierta, que esperemos os guste (aquí podeis adquirirlo) y no sea el último en ver la luz.



¿Tienes la mente abierta?

jueves, abril 08, 2010

Poderosos, democracia y perros.

¿Usted realmente cree que la policía o cualquier otro cuerpo de seguridad público tienen la obligación de protegerle? Pues si tenía esta percepción, viendo la desaforada actuación de la policía municipal y nacional en El barrio del Cabañal (Valencia) ya tendrá suficiente opinión para dudarlo profundamente.

Las policías -cualquiera y de cualquier sitio- son simplemente órganos paramilitares al servicio del poder establecido, los perros fieles dispuestos a todo simplemente porque su jefe de turno se lo pida. Si el político en el poder considera que Vd, por el mero hecho de existir, tiene que recibir palos hasta mear sangre, ahí tendrá un aguerrido armario ropero de 3 lunas armado hasta los dientes para recordarle quien manda. Sin problemas.

La legalidad, la razón o los derechos no sirven para nada ante una orden de carga policial. Sea usted blanco, negro o del color que quiera, pacífico, violento o un santo con su aura y todo, si está en medio del punto de mira policial propiciado por quien manda en el momento, le tocará el recibir. Sin dudarlo.

En El Cabañal, Madame Lampadaire -Doña Farola- (como llaman los franceses a Rita Barberá, la alcaldesa de Valencia) es la que manda. Punto. Ni los jueces, que han ordenado parar el derribo del barrio por considerarlo patrimonio artístico, ni las quejas de los afectados son suficiente freno para seguir con sus propósitos. Mientras tenga a su disposición una jauría de dobermans y rotweilers con casco, escudo y porra cobrando del erario público dispuestos a llegar allí donde les diga su ama, no habrá nadie que le lleve la contraria.

Prepotencia en estado puro al servicio del poder. No existe Democracia ni Justicia delante de una porra desenvainada, una bola de goma o un bote de humo lacrimógeno. Si se encuentra en esta tesitura, corra, ya que nada ni nadie le defenderá. Nadie.

Sólo los poderosos están en el bando de los policías.

La democracia se hunde bajo el peso de una bota reluciente.

Hoy, cuento: Las cucharas.

Había salido de casa aquella mañana prácticamente sin despertar. Aunque me había lavado con agua fría, unas legañas densas como gachas se habían apoderado de mis ojos y se negaban a dejarme ver aquel radiante día de invierno que intuía entre mis semifundidas pestañas.

Ya llevaba un rato caminando cuando algo en el suelo me llamó la atención. Abrí un poco los adheridos párpados y pude ver una cuchara blanca totalmente hecha añicos. No le di la más mínima importancia. Una basura más en el suelo, rastro inconfundible del civismo y urbanidad que imperaba entre la población. Seguí con mi trayecto

Unos pasos más adelante apareció otra cuchara igualmente destrozada, pero esta vez no era la única, había muchas más en la misma situación. La cosa ya empezaba a intrigarme. Una cuchara rota puede despertar la curiosidad, pero una docena de cucharas rotas y esparcidas, ya era un misterio.

El misterio, lejos de resolverse, aumentó desproporcionadamente cuando un poco más allá las cucharas destrozadas formaban una alfombra continua que se perdía en el horizonte de las calles de mi ciudad. Una inquietud alarmante me invadió la conciencia cuando me di cuenta que, además, estaba solo en aquel otrora bullicioso barrio. Comencé a caminar con cierta velocidad para abreviar el paso por aquel lugar.

No sirvió de nada. Allí por donde pasaba se encontraba lleno de aquellas cucharas blancas destrozadas en mil pedazos y que crepitaban lastimeramente con mis pasos. Me entró un miedo atávico, un miedo visceral que me hizo salir corriendo sin rumbo alguno, intentando dejar atrás aquellas calles desiertas alfombradas de blanco por los fragmentos de los millones de cucharas.
En aquellos precisos momentos, la Conferencia Internacional organizada para dar solución al problema del hambre en el mundo, y que congregó a todas las mayores autoridades económicas del planeta, concluyó hipócritamente sin el más mínimo acuerdo.

viernes, abril 02, 2010

Huelgas, peajes y camas.


El pasado viernes, los trabajadores de los peajes de Acesa y Aumar -las concesionarias de las autopistas catalanas- se declararon en huelga. Como dicha convocatoria fue hecha en plena operación salida de Semana Santa, y dada la posibilidad de colapso de las autopistas, las concesionarias decidieron abrir los peajes durante las horas de huelga, que curiosamente coincidían con las horas de máxima afluencia de vehículos. Los trabajadores hicieron su huelga, la concesionaria perdió la recaudación del día, pero los usuarios, lejos de ser los afectados, fueron los grandes beneficiados. Ahora, los sindicatos de los trabajadores han vuelto a convocar huelga para la Operación Retorno, es decir el Lunes de Pascua, pero la empresa ha decidido no abrir peajes ¿a qué se debe ese cambio de actitud? Marketing pura y simplemente.

Si usted circula por una autopista, el hecho de encontrarse con los peajes abiertos le hará estar a favor de aquello que ha propiciado que usted se ahorre un buen dinero. En el caso que nos concierne, desde nuestra perspectiva, lo que nos ha abierto las puertas, han sido los huelguistas, que con sus reclamaciones han obligado a abrir los peajes a las concesionarias; no vemos que en realidad ha sido la concesionaria, que para evitar los problemas de colapso circulatorio por la lentitud de los peajes a los conductores ha levantado las barreras. A eso se le llama “ser puta y pagar la cama”, ya que encima que pierde la recaudación la concesionaria, el grueso de la población ve con simpatía la reivindicación de los huelguistas. Algo ha fallado, evidentemente.

Los huelguistas han utilizado a la gente para conseguir sus objetivos, y la actuación de la empresa, en vez de afectarles, lo que ha hecho ha sido darles más apoyo social. No es lo que buscaban, pero les ha beneficiado. Las concesionarias, sin embargo, ya han aprendido la lección, y después de las 18 horas de reunión entre la patronal y los trabajadores -que jamás he entendido de qué se puede “negociar” durante 18 horas- sin ningún acuerdo, los trabajadores se mantienen en sus trece de seguir con la huelga, pero la concesionaria esta vez no levantará las barreras. El contraataque ha comenzado.

Todo depende de la percepción de la gente, claro. Si usted está en una cola kilométrica propiciada por la huelga de los “peajistas” ¿A quien echará la culpa? ¿A la concesionaria? No. Le echará la culpa a los huelguistas, ya que será por ellos que tendrá que estar de procesión automovilística. Es en esta tesitura que la opinión pública se echará encima de los huelguistas, presionando en su contra, ya que serán los malos de la película, y sobre los que recaerá la responsabilidad de tener a la gente horas y horas “secuestrados” en sus coches. Todo el apoyo social ganado en la Operación Salida, lo perderán en la Operación Retorno y, encima, la concesionaria sacará una buena tajada. Nadie quiere ser el malo ante la opinión pública y cada uno mueve sus fichas.

En definitiva, tanto unos como otros están jugando con nosotros, y nos están utilizando vilmente. ¿Hasta qué punto es lícito y hasta que punto no lo es? ¿Usted qué opina?

¿La pelota del ping-pong?