Publicidad

martes, marzo 30, 2010

Hoy, cuento: El coleccionista del Oeste.

Era él un enamorado del género, un auténtico "friki". Su colección de novelas del Oeste era de las que hacía asombrar a cualquiera que visitara su biblioteca particular. Llamaban la atención las estanterías y estanterías llenas de aquellos libros que contaban las aventuras de los vaqueros, sus luchas contra los indios, los cazadores de búfalos, los buscadores de oro, los rodeos... y donde no podía faltar el heroico Séptimo de Caballería de Michigan. Tanta aventura, tanto tiro, tanto duelo y tanto "malo" había por aquellas atestadas librerías, que incluso el olor a pólvora te envolvía con solo pasear ante aquellos libros.

La colección después de años de estar recopilando libros por aquí y por allá, era increíblemente completa con algunos volúmenes que eran auténticos incunables -tenia incluso una primera edición original de "El Virginiano", de Owen Wister (1902)- y no faltaba ni un solo autor. Entre todos ellos, su autor preferido era Marcial Lafuente Estefanía del cual guardaba celosamente toda su extensa obra.

Aquel Cowboy frustrado disfrutaba locamente leyendo aquellas novelas, y si no hubiera sido por aquella vida monótona, anodina y gris que le invadía hasta el tuétano a cada vuelta que hacía el segundero de su reloj de bolsillo, no hubiera dudado en trasladarse a las tierras sin ley de Texas a vigilar la diligencia de El Paso, o a cabalgar por las llanuras de Arkansas encima de su caballo cimarrón arrebatado a los indios. La imaginación le llevaba a unas tierras de horizonte sin fin allí donde su discapacidad física le ataba a un mundo reducido y demasiado cercano. Esas novelas eran, para él, algo más que su propia vida.

Una mañana, nuestro amigo apareció muerto, postrado en su butaca con un letal disparo en medio de la frente. La policía abrió una investigación, pero pasaron los meses y no dio ninguna luz sobre quien o quienes habían sido los asesinos. Se interrogó a amigos, vecinos, sospechosos, se revolvió Roma con Santiago, pero no hubo forma de encontrar al homicida, y lo que es peor, ningún móvil para justificarlo. La única pista, la bala obsoleta que acabó con la vida de nuestro coleccionista. Pasados los años, la policía archivó el expediente de aquella extraña muerte.

Un asesinato quedó sin solución pero, posiblemente, todo hubiera sido más fácil si hubieran mirado el libro que estaba leyendo en el momento de morir: Oro y Plomo, de su adorado Marcial Lafuente Estefanía. ¿Su pecado? Meterse demasiado en la trama de sus lecturas.


El olor a pólvora te envolvía con solo pasear ante aquellos libros.

miércoles, marzo 24, 2010

Dos frentes, una locura.

Si hay algo que llama la atención es cómo, de repente, Francia se ha puesto las pilas a la hora de atacar el terrorismo de ETA. Llama la atención por la virulencia verbal súbito contra los terroristas -cuando durante más de 40 años no había hecho demasiados aspavientos en contra- simplemente por el hecho de que ha muerto un gendarme a manos de la banda. Curioso cuando menos.

Sin embargo, lo que ahora vemos es el claro exponente de que ETA, ya no es aquel grupo de los años 70, que con sus acciones antifranquistas se granjeaba las simpatías de la población española demócrata. Aquello ha ido degenerando progresivamente con el paso de los años en una vulgar banda de atracadores albano-kosovares con chapela, de la que, con la excusa de la liberación del pueblo vasco están viviendo muchos perrofláuticos. La muerte del gendarme francés ha sido el culmen de esta degeneración.

Si algo tenían muy claro los etarras históricos era el hecho de preservar Francia como su santuario, ya que mientras no tuvieran altercados de sangre con los franceses, estos los iban a castigar con pluma de oca. El llevar siempre una pistola encima implicaba el evitar la extradición a España y por tanto, tener un juicio en Francia por cargos leves. Y ha sido por esta estrategia que nuestros vecinos nunca han visto al terrorismo de ETA como una grave amenaza. ETA es problema de España, y como tal han actuado durante 40 años... hasta hoy.

El desquiciamiento de los restos de ETA, debido al continuo acoso a la cúpula, ha hecho que los "machacas" hayan tenido que ponerse al frente de la organización, sin experiencia alguna, sin una ideología ni conocimiento de estrategias, y con la única intención de vivir del miedo a la antigua ETA a través de su impuesto revolucionario. Tal grado de improvisación y desapego les ha llevado a cometer un error que jamás, a ningún etarra, se le había osado cometer: matar a un francés... y menos por robar un coche.

Los mafiosos se han abierto, ellos solitos, un frente que tenían cerrado desde el principio, y quien sabe algo de historia militar, conoce que quien lucha por dos frentes, o es un superejército o acaba destruido. La potentísima Alemania nazi cometió el mismo error y así acabó. ETA, por el contrario, lo ha hecho estando en sus horas más bajas.

El hundimiento del bunker etarra está a punto de producirse y, aunque pueda parecer lo contrario, muchísimos abertzales lo están deseando.

Amén.


Ya sólo es cuestión de esperar.

viernes, marzo 19, 2010

Hoy, cuento: El tren.

En un día cualquiera a las ocho de la mañana, en un tren de cercanías, podrás sentirte como quieras pero como seguro no te sentirás nunca será solo. A esas horas, media humanidad viaja dentro de esos trenes, mezcla perfecta entre vagones de transporte de ganado y latas de sardinas. Por desgracia, personalmente no tengo más opciones de transporte público para ir al trabajo, por lo que me toca apechugar diariamente con dicho Via Crucis.

Aquella mañana no era diferente a la de cualquier otra, con ese calor humano que desprende el gentío dentro del vagón, con esos móviles con la música de Beethoven a toda castaña o con esos músicos muertos desde hace años en los sobacos de más de un viajero. Incluso el parón de duración indeterminada y de ubicación igualmente aleatoria dentro del recorrido era el de siempre. La paciencia que teníamos que tener cada día era tal, que en el Vaticano ya nos habían abierto un proceso de beatificación y todo. Santo Job...¡tiembla!

Estábamos parados, como siempre, pero aquella parada ya estaba durando más de lo que era habitual. Viene siendo normal que el tren esté parado entre quince minutos y dos horas, pero ya llevábamos casi tres horas en aquel convoy, y la gente ya comenzaba a intranquilizarse un poco.

Como es tradición por estos lares, ningún responsable dio la más mínima información; la megafonía estaba más callada que un melón y por los vagones no pasaba ni el obispo. Y puedo suponer por que lo hacían: si llegan a pasar, la mitra obispal iba a ser de difícil digestión para el "obispo" que tuviera la osadía de pisar aquella ratonera.

El tiempo iba pasando y pasando, pero allí no venía nadie. El cabreo de la gente que estaba allí dentro supuraba entre la silicona del vidrio de las ventana. Sin embargo no se perdió ni la calma ni la cordura y no se produjeron altercados importantes si exceptuamos el par de monjas que casi pierden los nervios cuando vieron que no llegaban a misa. La gente, extrañamente, sacó su parte más positiva y lo que parecía que tenía que ser un largo cautiverio dentro de un montón de chatarra se convirtió en una experiencia increíble.

Conforme pasaban los días, la gente se fue organizando. Abrieron las puertas de emergencia y enviaron a unos cuantos a buscar alimentos con el dinero de la colecta que se cogió entre todos haciéndose bocadillos para repartirlos primero entre los más necesitados de la improvisada hostería para luego servir a los demás. Los médicos y enfermeras que habían quedado atrapados hacían su función atendiendo las necesidades más básicas e incluso las monjitas improvisaron un templete para los más religiosos.

Los pasajeros se habían acomodado por los suelos, dejando los asientos más cómodos a la gente mayor y a los niños, en un ejercicio de solidaridad y generosidad que pocas veces se ha dado en la historia. Se hicieron amistades - y algo más- al ritmo de las guitarras de los perrofláuticos con el acordeón del gitano que sonaban con una suavidad y armonía inaudita. Aquello era humanidad en estado puro, y todo el mundo la disfrutaba.

Transcurridos unos meses, una mañana, sonó de repente el sonido avisador de cierre de puertas y los motores comenzaron a sonar. Un sentimiento de desesperación invadió todo el convoy, haciendo que se incorporaran todos los pasajeros. El tren se estaba poniendo en marcha.

Justo en el momento en que las ruedas se empezaron a poner en movimiento, el pasaje, como si fuera una única persona, estiró todos y cada uno de los frenos que había en el tren. Nadie había dicho nada. Nadie indicó a nadie lo que se tenía que hacer. Se hizo, sencillamente.

El tren quedó clavado de nuevo, pero esta vez fue definitivamente. Vinieron las autoridades a llevarse el convoy, que según ellos, molestaba. Se presentaron las fuerzas antidisturbios y los medios de comunicación para desalojarlos y así evitar que el ejemplo se expandiese tal y como estaba ocurriendo en otros convoyes averiados en otras ciudades del mundo. Todo fue en vano. Aquel pasaje actuaba como si fuera una única persona, repeliendo cualquier agresión exterior que pusiera en peligro aquella humanidad utópica hecha realidad.

Nadie se movió de ese tren de cercanías. Nadie.

Por los vagones no pasaba ni el obispo.

domingo, marzo 14, 2010

Hoy, cuento: El folleto.

Era ya avanzada la tarde y mi estómago reclamaba con ansia e insistencia su particular impuesto revolucionario. No tenía ganas de meterme en la cocina, limpiar las montañas de cacharros acumulados de días -por no decir semanas- anteriores para hacerme una delicatessen del estilo de unas acelgas hervidas con una rodaja de ves a saber qué extraño pez encontrado en las estanterías más económicas de la zona de congelados del hipermercado de la esquina. No. Hoy me inclinaba por un manjar más sofisticado: una pizza de "Cinquillo's Pizza", por ejemplo. Tenía el día sibarita, mira.

Me acordé que por encima del mueble corría casi con vida propia un folleto de los que se depositan diariamente en los buzones al mejor estilo urna electoral; a veces los descuentos que ofrecen son bastante suculentos. Efectivamente, se encontraba dormitando a la pata la llana encima del televisor entre la miríada de sobres y correspondencia inútil que se acumulaban allí.

La oferta que marcaba era impresionante, de aquellas que hacen época, como sólo podía hacer esta afamada empresa: 50 céntimos de descuento al encargarla y dar el código del folleto. No era una gran cosa, pero dado los tiempos que corrían, cualquier ahorro era precioso. Aún me acuerdo de la última gran promoción (verídica), en la que se ofrecía una pizza al precio de 5.95 y si te llevabas dos, te costaban 12. Los especialistas en marketing de la casa no eran de la élite, definitivamente.

Dejé por un momento el folleto en la mesa y una racha de viento juguetona -por no decir otra cosa peor- se llevó el vale ventana abajo. Me quedé con un palmo de narices, pero en un momento de calentón, decidí no dar la batalla por perdida y recuperar, costase lo que costase, aquel cupón tan descaradamente robado . ¡50 céntimos, son 50 céntimos! ¡Qué corcho!

Bajé corriendo de tres en tres las escaleras de los tres pisos que me separaban de la calle . La brisa que corría frenaba la caída del papel y me daría el tiempo suficiente para llegar a recogerlo. Sin embargo, la suerte no se alió conmigo cuando en llegando a la portería vi como el huidizo papel se metía en la única tapa de alcantarilla que estaba abierta en todo el barrio: la de delante de mi casa.

¿Qué hago? ¿Me meto o no me meto? Mi testarudez infinita me empujó a meterme dentro de la cloaca, descendiendo sin dudar el tramo de cuatro o cinco metros de escalera que conducía a la red de alcantarillado. No me podía quedar sin el vale, y no me iba a quedar. ¡Por estas!

Cuando llegué al fondo vi que el papel se depositaba suavemente, navegando túnel adentro en la superficie del jocoso riachuelo subterráneo mezcla amorfa de interioridades humanas y perfume de Dior que transcurría a mis pies. Por suerte las luces estaban encendidas y seguí por la pequeña acera el folleto semisumergido, que poco a poco iba tomando más velocidad debido a la cada vez mayor pendiente de la canalización.

No podía ser. A cada intento de capturarlo, el papel hacía una finta sobre lo que antaño hubiera sido agua, y se escapaba a mis manos. La terquedad y, porqué no decirlo, la tacañería, me hacían seguir y seguir, avanzando en aquel túnel hediondo.

En un momento dado, las luces se apagaron. Quedé sumido en la más tenebrosa oscuridad, rodeado únicamente por el murmullo de los residuos gelatinosos en circulación y los chillidos de las ratas que me rodeaban. Ratas que debido a mi obcecación por el folleto habían pasado totalmente inadvertidas. Estaba perdido. Un sudor frío recorrió mi espalda. Tenía miedo.

Avancé lentamente, a palpas, intentando llegar a algún sitio indeterminado donde hubiera alguna salida, procurando no caer a la canalización. Me sentí desfallecer de impotencia, rabia y pavor en aquella oscuridad absoluta de la cual no sabía si llegaría jamás a salir. Los sustos se sucedían uno tras otro cuando notaba los movimientos ocasionales de las ratas entre mis pies.

De pronto, tropecé con algo y di con mis huesos en el asqueroso y húmedo suelo de cemento. El olor de aquella nauseabunda corriente a escasos centímetros de mi cara, me hizo vomitar hasta el calostro en un paroxismo de asquerosidad, repugnancia y terror difícilmente imaginable por nadie.

En esta circunstancia pude vislumbrar, en el fondo del túnel, una pequeña y lúgubre luz amarillenta, que me dio fuerzas suficientes para ir hasta ella a pesar de las condiciones en que me encontraba. Cuando llegué, quedé pasmado. La pequeña luz la emitía un pequeño duende que estaba dormitando tranquilamente al pie de un bonsái de unos 50 cm de alto. Me acerqué a un palmo de él para verlo mejor. Era flipante.

Al notar mi presencia, el enanito abrió un ojo, luego el otro, se incorporó y dirigiéndose a mi, comenzó a darme un sermón sobre si no me daba vergüenza ser tan rácano, sobre si era un "fatigas", sobre si era un guarro y me comía mis propios mocos (no me dio tiempo a explicarle lo de la caída, y que no eran míos), que si me lo merecía, que si patatín, que si patatán... En medio de la tremenda perorata del duende, que ya me tenía la cabeza como un balón de Nivea, me sentí mareado y caí al suelo redondo.

Cuando me desperté estaba en el exterior estirado en una camilla de los servicios de urgencias, rodeado por los operarios que estaban trabajando en el alcantarillado y que encontraron mi cuerpo desvanecido en medio de uno de los conductos. Según ellos, las emanaciones gaseosas de los residuos me produjeron el desmayo y seguramente la muerte si no hubiera tenido la suerte de que me hubieran encontrado.

Posiblemente tengan razón, y ello explique también la extraña visión del duende pero... ¿Quién me explica que apareciese un sucio folleto de pizza perfectamente doblado en mi bolsillo?


Tenía el día sibarita, mira.

martes, marzo 09, 2010

Hoy, cuento: El Trabajo.

Señoras y señores, hoy, no se lo puedo negar, me he levantado especialmente contento: A pesar de la crisis galopante que sufrimos en este país, he tenido la tremendísima suerte de poder encontrar trabajo después de que me despidieran hace unas cuantas semanas. Les puedo asegurar que tal y como está la situación actualmente, en que hay colas hasta para que te den trabajo como pedigüeño ambulante por los mercados,
me ha tocado auténticamente la lotería.

Anteriormente trabajaba en una funeraria, pero tuvieron que hacer reducción de plantilla porque la gente, con tal de no gastar, ya ni se moría. Incluso se daban casos en que, en enfermos terminales, se cavaban ellos mismos la tumba y se enterraban vivos. Total, para lo que les quedaba de vida, al menos se ahorraban un dinerillo. Sin duda eran los daños colaterales de una "desaceleracioncilla sin importancia" como la habían denominado nuestros díscolos y juguetones políticos.

Sea como sea, me toca ir tirando hacia el trabajo. Hoy me he levantado tempranito y, con mis mejores galas, he enfilado el camino para llegar. No es un gran trabajo, ni un sitio de gran responsabilidad. Es, sencillamente, un puesto como administrativo/chico-para-todo en una empresa multinacional de cierto prestigio, con un más que decente salario mínimo interprofesional. No puedo quejarme por ello, y estoy satisfecho. La gente lo nota y me sonríe cuando me cruzo con ellos. ¡Magnífico día para ir por la calle!

(...)

Segundo día. Ayer me cansé un poco -después de unas semanas en paro, siempre cuesta el arrancar- pero ésta mañana ya me vuelvo a encontrar pletórico de fuerzas y de ganas de seguir adelante. ¡Hoy puede ser otro gran día!

(...)

Quinto día. Hoy llueve, y voy a ir toda la jornada calado hasta los huesos porque no cogí el paraguas y he pecado de imprevisión. Espero poder secarme; siempre da mala impresión a ojos de la gente. Aunque solo sea para repartir cafés o meter datos en un ordenador, uno siempre ha de enseñar su mejor cara. Por otro lado, ya me he adaptado al ritmo diario y me encuentro más a gusto que días anteriores.

(...)

Decimosexto día. Lleva cinco días lloviendo, y aunque me he comprado varios paraguas nuevos, cuando hago la pausa para comer, los pierdo. Tengo una cabeza como una calabaza. Por suerte que llevo un plástico grande que me pongo para estas circunstancias y me protege un poco. De todas formas, comienzo a estar un poco hartito de la situación, pero veo a la gente revolviendo en los containers y me anima: yo, al menos, tengo un trabajo.

(...)

Trigésimo séptimo día. Ya estoy hasta el mismísimo moño de olvidarme los paraguas, y hoy, para colmo, hace una calor y una humedad asfixiantes. Me duele todo, supongo que de dormir de cualquier forma y de los remojones anteriores. Seguro debo estar incubando una gripe de caballo, ya que las narices me chorrean como una fuente abierta. Para acabarlo de arreglar, he metido el pie en un charco de fango y me he puesto perdido. Ya me da todo lo mismo; el que no quiera mirar que no mire. Paso delante de una oficina de empleo, y veo la cola. Me alegro de que tengo trabajo, pero casi los envidio.

(...)

Quincuagésimo octavo día. Día de perros. Hay tormenta y ha apedreado durante el camino, dejándome el cráneo como un saco de nueces. Encima me han robado la cartera y ya no puedo comprarme ni el desayuno. Voy hecho un Adán y, para más INRI, como no descanso bien por las noches, me despierto destrozado. Estoy por enviar al estercolero más cercano este trabajo, total, para el sueldo que he de cobrar, no me vale la pena tanto sufrimiento. Me doy un margen de unos días, saco fuerzas de flaqueza y me encamino, como todos los días, hacia el trabajo.

(...)

Nonagésimo noveno día. Ya no puedo más. Mi límite como humano ha sido alcanzado. Estoy baldado, hecho fosfatina. Mi salud se resquebraja por momentos y me voy pisando la moral a cada paso que doy. Al estrés cotidiano de ir al trabajo se añade mi depresión porque por más que lo intento veo que no llego a cumplir mis expectativas y me desespero. Me he derrumbado. Me rindo. Lo dejo. Nunca debí aceptar un trabajo tan lejos de casa.

Ya estaba harto de dormir bajo los puentes.


Yo, al menos, tengo un trabajo.

viernes, marzo 05, 2010

Hoy, cuento: La nieve.

¡Qué aburrido es vivir en este pueblo, copón!. Con lo que me gusta ver nevar desde la ventana de mi habitación y en este sitio que me ha tocado vivir solo nieva una vez al año, y siempre que sea bisiesto. ¡Qué mala suerte!

Aún me acuerdo de que, en mi juventud, caían unos nevazos que se cagaba la perra. Pasaban horas y horas nevando, y yo jamás me cansaba de ver este espectáculo que me brindaba la madre Naturaleza. Caía una nevada tras otra, apenas paraba que volvía a caer con fuerza insistente cubriendo una y otra vez el tejado de mi casa, hasta que la acumulación hacía que cayera al suelo. Pero eso eran otros tiempos. Lejanos. Perdidos.

Yo no sé porqué será pero de unos años para aquí, todo ha cambiado. Aquellas grandes nevadas han desaparecido totalmente, y solo de vez en cuando cae una pequeña nevadita, que por breve y poco intensa no merece ni el llamarse "nevada". Sin duda, tanto maltrato a nuestro medio ambiente tenia que pasar factura y ahora, con el cambio climático, nos estamos dando cuenta de todo el mal que el hombre, ese gran lobo planetario, ha estado infligiendo con ansia al planeta. Se lo merece.

En fin, que aquí estoy mirando por la ventana por si vuelve a caer, y puedo disfrutar como en los viejos tiempos. Pero... ¡Atención! ¡Todo se está moviendo! ¡Se ha levantado tormenta y están empezando a caer copos! ¡!Y se va intensificando!! ¡¡¡Que bonitooooooooooooooo!!!

-¡¡¡María!!! ¿¿Quieres dejar la bola de nieve tranquila en la estantería?? ¡Que la romperás!


¡Que bonitoooooo!