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lunes, noviembre 15, 2010

El fenómeno de la gruta racista.

Si alguien le dice que hay una cueva en la cual todo perro que entra muere, pero en la que las personas pueden pasear tranquilamente todo el tiempo que quieran y sin ningún problema, como mínimo dudará de la veracidad de la información, habida cuenta que no es muy normal tal fenómeno de "racismo" ejercido por una simple gruta. No obstante, la cueva es totalmente real... para desgracia de la raza canina.

La llamada "Grotta del Cane" (Cueva del Perro), se encuentra en Nápoles (Italia) en Agnano, a unos 5 kms al oeste de la ciudad. Esta zona destaca desde la antigüedad por una gran actividad termal relacionada con los fenómenos magmáticos que mantienen en activo al Vesubio, el cual se halla a unos escasos 20 kms. Esta gruta, en realidad se trata de una cavidad artificial excavada en material volcánico de unos 3 metros de alto, 1'5 m de ancho, y que después de un tramo de escalera de unos 4 metros, acaba en una zona semicircular.  Se ignora cuando fue construida, ni cual fue su finalidad, pero era conocida desde la antigüedad y ya fue citada por Plinio el Viejo en el siglo I d.C y, posteriormente, por autores tan afamados como Goethe y Alejandro Dumas que explicaban el curioso fenómeno que, casi por brujería, mataba a todo perro que allí entrara.

La realidad es que en esta pequeña cavidad se producen emisiones de vapor de agua mezclado con gases carbónicos (CO2). El dióxido de carbono, al ser más pesado que el aire, se deposita en el suelo de la cueva creando una capa de entre 50 y 70 cms, netamente diferenciada del resto del aire de la cueva, permitiendo respirar perfectamente a quien se encuentre por encima de este nivel, y asfixiando a todo bicho viviente que se encuentre por debajo. Los perros, por tanto, no pueden visitarla. Sin embargo, el origen del nombre de la gruta es otro.

Desde el siglo XVIII y hasta la mitad del siglo XX, para mostrar el fenómeno a los turistas que allí se acercaban, los guías no tenían una mejor ocurrencia que llevarse un perro a visitarla. El pobre animal, después de un rato en la mortífera capa (máximo 3 minutos) se asfixiaba, sacaba espumarajos por la boca y llegaba a convulsionar hasta prácticamente quedar muerto. En ese momento, ante la expectación de los visitantes que no notaban nada de extraordinario más que el calor que desprende la cueva, el guía cogía al perro, lo sacaba al exterior y lo lanzaba de cabeza a un lago que estaba en las inmediaciones -en la actualidad desecado. El perro, debido al shock térmico que le producía el contraste del aire caliente del interior de la gruta con la temperatura del agua del lago, a los pocos minutos volvía a estar vivito y coleando. Obvia decir que no todos los intentos de "resurrección" funcionaban, al haber alargado demasiado la exposición del pobre animal a la capa carbónica, y algunos perros, resabiados, cuando veían a donde se les llevaba salían corriendo para evitar el macabro espectáculo que sabían iban a representar. Esta barbaridad reiterada durante siglos fue lo que dio el nombre -y el renombre- a la gruta.

La Grotta del Cane se mantuvo cerrada al público durante más de 30 años, y no fue hasta el año 2001 en que se reabrió aprovechando una rehabilitación general de la zona y de unas termas romanas próximas. En la actualidad, la visita de esta curiosidad natural se hace por encargo y ya no se utilizan perros cruelmente para el regocijo de los turistas. Ahora se utilizan antorchas encendidas que se apagan cuando entran en contacto con el dióxido de carbono debido a la falta de oxígeno que mantenga la combustión.

A pesar de ello, los perros siguen sin querer acercarse a la gruta. Por algo será.

Entrada de la gruta a principios del S. XX.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

hola Eri esta esplicacion ya no es tan excitante como las otras, que no es que las leas es que te las tragas es de aquellas que si viajas estas deseando llegar a casa para poder terminar de leer lo que lleva el libro, pero no

Juanma dijo...

¡Tú verás...! Gato escaldado del agua fría huye...

Maríjose Luque Fernández dijo...

En verdad es un extraño lugar, hoy mismo leí en un escrito de Vicente Tejera que comparte nuestro compañero Francisco Moreno que era uno de los pocos lugares junto con el palacio real y el museo teatro que merecía la pena visitar en Napoles.