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miércoles, enero 18, 2017

La Gripe Española, la mortífera historia de la peor epidemia de la Humanidad

Soldados enfermos
Con la llegada de los días más cortos del año, los cuerpos comienzan a notar los efectos de las comilonas de Navidad y, sobre todo, los efectos de la bajada de temperaturas más o menos intensa (cambio climático mediante). Uno de estos efectos son los resfriados y las gripes varias que, por efecto del contacto entre el personal -íntimo o no, ya queda dentro de las posibilidades de cada uno- y de las casas cerradas a cal y canto para evitar el frío, se contagian con inusitada facilidad en estos días. En este sentido, cada año nos vemos afectados por una o diversas oleadas de gripe (las conocidas como "pasas") que, según su virulencia y facilidad de transmisión, acaban por afectar en mayor o menor medida a toda la población. Una población que ha de soportar como buenamente puede la molesta semana de mocos, toses y estornudos -y a veces fiebre- que acompañan a la infección por el virus de la gripe. Normalmente, el contagio no pasa de aquí, afectando gravemente solamente a personas especialmente sensibles y delicadas, por lo que se aconseja una vacunación preventiva. Sin embargo, la gripe no siempre viene tan benigna y, en algunas circunstancias, el virus muta hasta convertirse en la peor epidemia de la Historia de la Humanidad. Me refiero a la mortífera Gripe Española.

Absurda Gran Guerra
En 1918, los cuatro jinetes del Apocalipsis llevaban 4 años de juerga flamenca por Europa con la excusa de la Primera Guerra Mundial. En ese tiempo, la estupidez humana había convertido el suelo europeo en un cementerio a cielo abierto donde los cadáveres de millones de soldados se mezclaban sin solución de continuidad con el lodo, la metralla y el alambre de espino de las infinitas trincheras del Frente Occidental. Más de 15 millones de personas habían muerto en balde en aquella absurda confrontación que acabó el 11 de noviembre de 1918 de una forma aún más absurda todavía (ver Henry Gunther, el último muerto de la 1ª Guerra Mundial), aunque no fueron las penalidades, ni las balas de la guerra, lo que produjo más muertes en aquellos días.

Anuncio de Zotal en Sevilla
A principios de primavera de 1918 (entre marzo y abril, vamos) la prensa española se hacía eco de una epidemia de gripe especialmente virulenta que estaba afectando a una gran parte de la población, produciendo gran numero de afectados que acababan por morir al cabo de pocos días de infectarse. Al principio, los síntomas eran los típicos de un resfriado normal, fiebre, mocos, tos... pero pronto se vio que no seguía los patrones típicos de la gripe estacional que todos hemos pasado alguna vez.

Efectivamente, los afectados de esta gripe, pasados los primeros estadios entraban en un colapso corporal. Los síntomas se agravaban descontroladamente, provocando grandes hemorragias en las mucosas, especialmente en la nariz, los pulmones y los intestinos, que empeoraban de una forma espectacular provocando la muerte en menos de una semana por neumonía o por edema pulmonar.

Mascara contra la Gripe Española
La facilidad de contagio del virus (hasta el mismísimo Alfonso XIII se contagió) y su mortalidad tan inusitada (llegaba a provocar la muerte en el 20% de los infectados) hizo que aquella gripe fuera la protagonista de todas las portadas de la prensa en una España que, debido a haberse declarado neutral, no estaba participando en la Gran Guerra. Una gripe a la cual se le dio el nombre castizo de “Soldado de Nápoles” al coincidir esta epidemia con el reestreno en Madrid de la zarzuela “La Canción del Olvido” y por el jocoso comentario de su libretista, Federico Romero, que dijo que la canción “Soldado de Nápoles” -interpretada en el cuadro segundo- era más pegadiza que la gripe.

Alfonso XIII
Esta situación de alarma social dio mucha visibilidad internacional a la epidemia de gripe que se estaba produciendo en España (bautizándola como Gripe Española), no porque el resto de Europa no la estuvieran padeciendo igual, sino porque, al estar en guerra, la censura informativa militar silenció totalmente el problema grave de salud pública que estaba siendo la gripe. Si ya bastantes muertos se estaban produciendo en el frente, sólo faltaba que se dispersara la noticia de que una enfermedad común estaba produciendo más bajas que el enemigo; hubiera significado el hundimiento total y absoluto de unas tropas ya demasiado hundidas moralmente tras cuatro años de pegarse tiros a lo tonto. No obstante, como a perro flaco todo son pulgas, el virus de la Gripe Española mutó y, como era previsible, a peor. A mucho peor.

La peor fue la segunda punta
En agosto de 1918, en Brest (Francia), se detectó una nueva cepa de la gripe, pero de una extraordinaria virulencia, que se expandió rápidamente entre los contingentes de soldados que provenientes de América utilizaban el puerto bretón como punto de arribada y distribución. De esta manera, aprovechando el gran movimiento de gente de la Primera Guerra Mundial, la Gripe Española, a pesar de las cuarentenas y las mascarillas, se extendió con una velocidad y una capacidad mortífera impresionante hasta los rincones más inverosímiles del planeta: Los cinco continentes se vieron afectados de pleno por la epidemia, ya convertida en pandemia, llegando incluso a las islas del Pacífico y a las más heladas tierras árticas. Las autoridades sanitarias nunca habían visto nada igual.

Policía de Seattle con máscaras
Esta nueva oleada, al contrario de las gripes hasta entonces conocidas, no se paró afectada por el verano del hemisferio norte y, para más sorpresa, en vez de afectar a los colectivos de riesgo más débiles, se encarnizó de manera brutal con los menores de 65 años. Gente adulta joven que, a priori, tenía las defensas más altas y que caían como moscas justamente por una reacción excesiva de sus defensas al virus, y con ratios de mortalidad que oscilaban entre el 23% y el 71% de los afectados. Aquello no era una epidemia, sino un holocausto sanitario peor que la peste negra de la Edad Media (ver Caffa, las catapultas que bombardearon la peste a Europa).

Servicios sanitarios desbordados
Tal era la afluencia de muertos que los cementerios no daban abasto a enterrar tanto muerto y se tenían que enterrar en fosas comunes cavadas con excavadoras a vapor, y eso siempre que hubieran enterradores sanos, que no siempre fue el caso. Hubo pueblos en Alaska en que murieron todos sus habitantes en poco más de una semana e innumerables por todo el mundo en que los infectados superaban el 70% de sus pobladores. De hecho, las islas Samoa llegaron al 90% de sus habitantes infectados, muriendo el 30% de los hombres, el 22% de mujeres y el 10% de los niños.

Afectó a la industria de guerra
Estados Unidos con 675.000 muertos, 400.000 en Francia, 300.000 en España, 1.200.000 en el África Subsahariana, 250.000 en Japón, 15 millones en la India, 1.500.000 en Indonesia, 24.000 en Chile... un cataclismo total y absoluto que causó que, en el periodo entre enero de 1918 y diciembre de 1920 -cuando se considera que oficialmente acabó la epidemia- de una población total mundial de 1.000 millones de almas, se infectaran unos 500 millones y murieran entre 50 y 100 millones. Y tal fue las cantidad de horas extras que echó la Parca a cuenta de la Gripe Española que la expectativa de vida humana a nivel mundial bajó en 12 años entre antes y después de la pandemia. Un desastre.

Soldados griposos en Camp Funston
Casi un siglo después, aún se desconoce exactamente el punto de origen de la epidemia. Unos la ubican en China, otros en Estados Unidos, otros incluso en la misma España pero, a pesar de los estudios efectuados con cadáveres muertos recuperados de fosas comunes excavadas en permafrost, no se ha podido saber con certeza ni dónde se originó la peor pandemia de la Historia humana, ni cómo un virus usualmente benigno se convirtió en un mortal asesino. Sea uno o sea otro, la Gripe Española supuso un serio toque de atención para los protocolos de excepcionalidad sanitaria a nivel mundial cuyo recuerdo, en un mundo globalizado al extremo como el actual, aún a día de hoy (caso de la gripe A o el Ébola), pone los pelos como escarpias a las autoridades.

Y es que... ¿quién quiere guerras nucleares teniendo virus?

Pues eso.

Cartel prohibiendo escupir para evitar el contagio de la Gripe Española

Webgrafía

sábado, enero 14, 2017

La fallida operación que acabó expulsando a los cristianos de Al-Ándalus

Mozárabes: cristianos en tierra mora.
En un mundo globalizado como el actual, una gran parte de todos los problemas de convivencia que se producen a diario provienen de la mezcla extensa e intensa de todo tipo de credos, culturas y razas en cualquiera que sea la sociedad. Musulmanes entre cristianos, católicos entre protestantes, negros entre blancos, ingleses entre irlandeses, rusos entre ucranianos... sea cual sea, el contacto entre formas diferentes de vida resulta siempre conflictivo. Antaño, la solución era sencilla: las autoridades acababan con los elementos discordantes, ya fuera a base de eliminarlos físicamente (ver El desconocido (y británico) genocidio de aborígenes de Tasmania) o a base de expulsarlos a la fuerza de allí donde vivían (ver Osinów Dolny, el pueblo de los peluqueros y de las dos limpiezas étnicas). En España, los problemas de mezclas incómodas no son desconocidos, al igual que sus fáciles soluciones, como pudieron conocer los judíos con los Reyes Católicos o los moriscos en el siglo XVII, cuando fueron expulsados por las bravas de sus tierras de siempre, provocando un descalabro económico y social de proporciones bíblicas. Estas expulsiones de las minorías judías y musulmanas españolas por parte de la mayoría cristiana, han quedado como paradigmas de lo que es una cruel e inhumana “limpieza étnica”. No obstante, no han sido las únicas expulsiones masivas que han habido en la historia de España. ¿Conocía que los musulmanes decretaron la expulsión de todos los cristianos que vivían en Al-Andalus? ¿Y que ésta expulsión fue un daño colateral de una loca acción de un rey aragonés? Sígame y permítame que le explique el porqué de este sindiós.

Iglesia Mozárabe de Bobastro
Cuando los invasores musulmanes llegaron a la Península Ibérica en el 711, se encontraron con la desventaja de estar ocupando un territorio belicoso y muy alejado que le impedía disponer de refuerzos con cierta facilidad. Esta falta de disposición logística militar hizo que los jefes musulmanes intercalaran las acciones militares de sometimiento de ciudades estratégicas, con una política de pactos que les permitiera ahorrarse los enfrentamientos militares en la medida de lo posible. Esto produjo que los musulmanes dejaran tras de sí numerosas bolsas de pobladores cristianos que, bajo el dominio islámico, intentaban adaptarse a las condiciones negociadas por los ocupantes, normalmente una cierta permisividad a sus creencias cristianas a cambio de unos gravosos impuestos. Impuestos que, todo sea el decirlo, sólo pagaban los no musulmanes, ya que los que se islamizaban no los pagaban. Obvia decir que los visigodos ricos que no habían querido o podido huir, se convirtieron al Islam con una facilidad pasmosa simplemente por poder mantener su estatus y riquezas. Pero no todos eran ricos.

Imperio Almorávide
Conforme se vio que la ocupación no era cosa de una mañana tonta, los cristianos aislados en tierras musulmanas (los mozárabes) fueron cayendo en número progresivamente, habida cuenta los beneficios sociales que tenía la conversión al Islam. El ser cristiano en aquellas circunstancias implicaba ser un ciudadano de segunda que, a parte de pagar más impuestos que nadie, no tenía derecho ni a tener armas, ni montar a caballo (sólo mulas), ni aspirar a según qué trabajos. Por no tener, no tenían ni derecho a ser saludados por los musulmanes, ya que éstos los consideraban impuros por ser infieles. Con todo, a pesar de ello, muchas comunidades cristianas se mantuvieron fieles a su fe, en un equilibrio precario entre sus creencias y la vida social de los lugares donde habitaban. Equilibrios que les hacían añorar la libertad para con su culto de las tierras cristianas del norte de la Península.

Alfonso I el Batallador
Al pasar de los siglos (no tenían prisa tampoco, ver Sancho II de Castilla, el rey que murió cagando), la reconquista por parte de los reinos cristianos del norte fue avanzando progresivamente hacia el sur, lo que envalentonaba a los soberanos cristianos a hacer incursiones cada vez más arriesgadas. En esta situación, Alfonso I de Aragón -conocido como El Batallador- recibió en 1124 la llamada de los mozárabes de Granada que intentaron (y consiguieron) convencerle de que Granada era poco menos que el “coño de la Bernarda” debido a su caos interno y que sería muy fácil para él conquistarla. Alfonso, que hacía poco que había conquistado Zaragoza, Calatayud y Tudela y ya tenía la espada “calentita”, no dudó en ir en ayuda de los cristianos de Granada.

"Tour" de Alfonso I
Así las cosas, con un contingente de unos 4.000-5.000 caballeros (según los organizadores, 1.500 según la policía... estooo... los historiadores) y una cantidad de unos 15.000 infantes -exageraciones de pescador amateur a parte-, Alfonso I partió hacia Granada el 2 de septiembre de 1125, camino de Valencia dirección Teruel.

A partir de aquí, la caravana real tomó vía hacia Denia, Murcia, y de allí a Baza y Guadix (donde pasó las Navidades del 1125) hasta llegar a las puertas de Granada. Lo gracioso del asunto fue que las escaramuzas con los ejércitos de los almorávides fueron mínimas de tal forma que, aquello, si no hubiese sido por algunos saqueos y algún asedio frustrado (caso de Baza), era más parecido a un tour turístico que a una operación militar. Tour que hacía que muchos mozárabes de las tierras por donde pasaba la “caravana multicolor” del Batallador, se añadiesen a la comitiva para emigrar a los reinos cristianos.

Los combates fueron ocasionales
En enero de 1126, después de avisar mediante carta oficial a los mozárabes granadinos de su cercanía a la ciudad y provocar, con ello, un gran revuelo en la comunidad cristiana que alertó a las fuerzas musulmanas (la discreción no era lo suyo, estaba visto) el aragonés, finalmente, se plantó en Granada.

Tras 10 días de espera con mal tiempo, y viendo que los mozárabes de la ciudad no se habían revuelto como habían convenido, Alfonso I decidió abortar el ataque y dirigirse hacia Córdoba, no sin antes abroncar agriamente a los mozárabes por su pasividad. Los mozárabes granadinos, por su parte, reprendieron al soberano maño por haber tardado la vida en llegar a Granada (es lo que tiene el turismo) y por haber roto el efecto sorpresa con su indiscreta misiva, cosa que permitió prepararse con mucha antelación a los defensores musulmanes. Ni en los chistes de Gila, vamos.

Tropas almorávides
Alfonso I, tras el frustrado ataque, se dirigió hacia Córdoba, donde se dedicó a saquear los campos del sur de la provincia, siendo interceptado en Arnisol (actual Anzur) por las tropas musulmanas provenientes de Sevilla de Alí ibn Yusuf a las cuales venció en la única batalla de todo su periplo andalusí. Desde aquí, seguido de cerca por la caballería almorávide que los hostigaba, se dirigió a la costa de Motril, desde donde volvió otra vez a Granada para intentar capturarla. Desgraciadamente, ya habían llegado refuerzos del norte de África y las fuerzas aragonesas, vista la imposibilidad de salir victoriosos, emprendieron vía Guadix, Caravaca (Murcia) y Játiva, un penoso viaje de vuelta debido a los 10.000 mozárabes civiles que llevaban con ellos, a la peste y a las continuas escaramuzas con sus perseguidores musulmanes. Esos mozárabes, si bien ralentizaban la marcha, tenían la ventaja de que le venían de coña a El Batallador, habida cuenta la necesidad de repoblar con cristianos las tierras acabadas de reconquistar al sur de Zaragoza. Sea como sea, a los cristianos de Granada no les iban a ir tan bien las cosas.

Costa de Motril
Una vez pasada la amenaza cristiana, el Cadí de Córdoba Abū l-Walīd Muḥammad ibn Rušd (a la postre, el abuelo del filósofo Averroes) que se había dirigido a Marrakesh a informar el Emir de lo ocurrido, promulgó una fatua (un edicto, vamos) en otoño de 1126 por la cual se ordenaba la expulsión de todos los cristianos que habían en tierras andalusíes. El hecho de haber colaborado con Alfonso I para derrocar el poder almorávide los hacía especialmente incómodos, por lo que Ibn Rušd decretó su deportación masiva al Magreb, más concretamente a Meknés y a Salés (ver La pillería de Colón que hizo que Rodrigo de Triana se volviera musulmán) como castigo a su rebeldía.

Paisaje de Guadix
Esta deportación de un número indeterminado de mozárabes (posiblemente varios miles) significó un golpe durísimo para unas comunidades cristianas que se habían mantenido ante viento y marea en tierras musulmanas desde hacía cuatro siglos. Comunidades autóctonas que si bien no desaparecieron del todo (aún se hicieron nuevas deportaciones en 1138 y 1170) prácticamente fueron eliminadas de Granada, Córdoba y Sevilla. Magro resultado para una incursión alocada y chapucera que, a pesar de los 10.000 mozárabes trasladados a tierras aragonesas hizo más mal que bien justamente a aquellos que tendría que haber beneficiado: los cristianos autóctonos

¿Y aún se extraña de que durase tanto la Reconquista?


Granada, un objetivo fallido con unas graves consecuencias

Webgrafía

miércoles, enero 11, 2017

El Voto de Santiago o cómo la Iglesia sangró a los españoles gracias a una leyenda

¡Santiago y paga España!
Que el Patrón de España es el Apóstol Santiago es algo que, por conocido, a estas alturas no llama la atención de nadie. Sin embargo, lo que no es tan conocido es la forma en que llegó a ser declarado patrón de esta olla de grillos y cómo, la Iglesia, se aprovechó de este patronazgo para enriquecerse a manos llenas a costa de los españoles hasta bien entrado el siglo XIX. Estoy hablando del conocido como Voto de Santiago.

Catedral de Santiago
España, durante decenios se ha dado a llamar "la reserva espiritual de Europa", y es que si hay un país donde la Iglesia Católica se encuentra especialmente a gusto, ha sido este. Y no es para menos, si tenemos en cuenta el especial trato (periodos convulsos a parte) que tradicionalmente se le ha dispensado por los gobiernos de todo tipo que ha habido en el país. Sin embargo, a parte de este favoritismo que por todo tipo de condicionantes políticos ha podido ir manteniendo siglo tras siglo y que, ya de por sí puede parecer indignante, el colmo viene cuando te enteras de que, por "gracia divina" del Apóstol Santiago, la diócesis de Santiago de Compostela estuvo cobrando una auténtica fortuna en forma de "impuesto revolucionario" llamado Voto de Santiago desde la Edad Media hasta el 1834. ¿A cuento de qué vino el cobrar este voto? La historia, oscura y rocambolesca como pocas, se remonta a, nada más y nada menos, que al siglo IX.

Ramiro I de Asturias
Durante los primeros compases de la conquista árabe de la península Ibérica, los cristianos se vieron arrinconados a la Cordillera Cantábrica, donde se organizaron como buenamente pudieron y se opusieron a los ejércitos musulmanes que, todo sea el decirlo, tampoco tenían demasiado interés en someterlos. Así las cosas, las tropas del Emirato de Córdoba se conformaban con cobrarles impuestos (parias) normalmente abusivos para tenerlos controlados, a la vez que los cristianos evitaban un enfrentamiento militar del cual, en situaciones normales, iban a salir mal parados. No obstante, parece ser que al rey Ramiro I de Asturias, se le infló lo que no suena de tanta paria y decidió presentar batalla al ejército moro.

Apóstol Santiago
Cuenta la leyenda (y digo leyenda porque nada de esto se ha podido confirmar históricamente) que el rey Ramiro I, el 23 de mayo del 844, se enfrentó a las huestes musulmanas de Abderramán II en la batalla de Clavijo (La Rioja) ya que estaba harto de pagar impuestos y de pagar el tributo de las 100 doncellas anuales. Estaban recibiendo la del pulpo los cristianos (para no perder la costumbre) cuando al rey Ramiro I -refugiado en el castillo de Clavijo- se le apareció el Apóstol Santiago en sueños comunicándole que entraría en combate junto a los cristianos y que vencerían a los infieles.

Clavijo y su castillo
A la mañana siguiente, cuando entraron en batalla, el apóstol, montando un bellísimo caballo blanco, se mezcló con las fuerzas cristianas, que al ver la ayuda divina, se vinieron arriba y acabaron por vencer a los ejércitos moros, acuñando desde entonces el sobrenombre de “matamoros” para el Apóstol Santiago (ver La sorprendente veneración indígena por Santiago "mataindios").

Ramiro I, a los dos días de la victoria, decretó un edicto por el que ordenaba que Santiago fuera nombrado el Santo Patrón de España, pero no solo eso. Además, como agradecimiento al apóstol por haberlos ayudado en la batalla de Clavijo, cada labriego tendría que pagar a la Seo compostelana un impuesto en metálico (a añadir a lo que ya pagaban en impuestos) al cual se tenía que sumar una décima parte de la cosecha de cereal que obtuvieran. Una auténtica sangría.

Quevedo, santiaguista total
Como he comentado antes, no hay constancia histórica ni de la batalla, ni del edicto firmado por Ramiro I, pero lo que sí hay constancia es de que este “voto” se pagó desde el siglo XII, afectando a un territorio inmenso que iba desde Galicia a La Rioja. La Iglesia, habida cuenta el fortunón que ello significaba para la diócesis de Santiago de Compostela, que había entrado en crisis tras la bajada de peregrinos por la ocupación musulmana, no se opuso de ninguna forma a cobrar dichos cánones. Cánones que iban aumentando conforme los territorios bajo dominio cristiano aumentaban lenta pero inexorablemente.

Santiago Matamoros
De esta forma, el Voto de Santiago se implantó durante siglos para alegría de todos los “paganos”, a pesar de que había serias dudas sobre su autenticidad y las nuevas diócesis entraban en pleitos por no tener que pagar a Santiago de Compostela unas contribuciones basadas en leyendas. No obstante, el voto recibió un sonoro espaldarazo de mano de los Reyes Católicos, los cuales, tras la compra de Granada (ver ¿Qué fue de Boabdil después de rendir Granada?), instauraron el llamado “Voto de Granada” (pagado también a Santiago) apelando a la oficialidad del voto compostelano. Evidentemente, si los Reyes Católicos nombraban el Voto de Santiago y los privilegios de Ramiro I, ello significaba que existían...¡a ver quién les llevaba la contraria!

Defendiendo el Voto
Así las cosas, el Voto de Santiago (defendido a capa y espada por la potentísima Orden de Santiago)  se siguió abonando pese a los denodados esfuerzos y pleitos de las otras órdenes, las cuales intentaron desbancar el patronazgo oficial de Santiago como forma de limitar el ingente poder que acumulaba la sede compostelana y sus entidades acólitas. Pero sin grandes resultados.

Los pleitos contra el Voto de Santiago, debido a esta más que dudosa autenticidad, siguieron constantes, aunque el “original” del edicto de Ramiro I que se utilizaba para corroborar el voto “curiosamente” desapareció en 1534 de la Real Chancillería de Valladolid en uno de estos pleitos, quedando tan sólo copias de él. Copias que, historiográficamente, demostraban que los diversos edictos eran falsificaciones “oficiales” encaradas a legitimar una serie de impuestos que de otra forma no hubiera sido lícito pagar.

En contra del Voto
Justamente por ese interés de los reyes en el mantenimiento de los equilibrios político-eclesiásticos, los Austrias se movieron entre una ligera oposición al voto y un total apoyo a la causa “santiaguista”. Tal fue el caso de Felipe IV que, no solo confirmó el pago del Voto de Santiago en una gran parte de la península (la Corona de Aragón estuvo siempre exenta de su pago), sino que institucionalizó la ofrenda anual al santo compostelano que consistía en, además de las correspondientes misas el día 25 de julio (presididas por el rey si eran año jacobeo), en una aportación de 1.000 escudos de oro para la diócesis. No hace falta decir que la Iglesia la aceptaba de mil amores.

Los siglos pasaron, y pese a los pleitos y quejas generalizadas del pueblo, de diócesis y de órdenes ajenas a las santiaguesas, el Voto se siguió cobrando hasta 1812, en que la entrada en vigor de la Constitución de Cádiz por los liberales, abolió dicha prebenda para la Iglesia. No obstante, la involución conservadora de Fernando VII (ver ¡Muera la libertad!... y no era una broma) hizo que cuando volvió en 1813, éste lo volviera a imponer y que cuando los liberales retomaron el poder en 1821, lo volvieran a quitar. Enfrascados en este quita y pon del Voto, en cuanto el “rey felón” volvió en 1824, lo volvió a endiñar hasta 1834, en que una vez muerto, la reina regente María Cristina (ver Fernando VII, el Borbón que competía con el negro del Whatsapp) lo eliminó ya definitivamente... aunque no del todo, ya que aún colea.

Máxima extensión del Voto
Efectivamente, aunque se eliminó la tasa impositiva, la ofrenda anual y el abono de los 1.000 escudos de oro (actualizada a pesetas y reducida a una cantidad simbólica) se siguieron haciendo hasta la Segunda República en que, habida cuenta que España en aquel momento se había convertido en un estado laico, el gobierno renunció a hacer ningún tipo de ofrenda (ni religiosa, ni pecuniaria) al Santo Patrón.

Franco, emulando al reaccionario Fernando VII, tras la Guerra Civil volvió a implantar la ofrenda oficial -según él España continuaba estando en deuda con el Apóstol Santiago- siendo él mismo el que presidiría la misa compostelana en los años jacobeos, costumbre que, tras la muerte del dictador, traspasó al rey Juan Carlos I, el cual ha presidido todos los habidos hasta la actualidad. Felipe VI, por su parte, aún no ha tenido la oportunidad, ya que el último fue el  2010 y el próximo año santo compostelano es el 2021.

Reyes de España en la ofrenda de 2010
Total, que por cuatro mandobles que -dicen- pegó Santiago en el 844, buena parte de los españoles estuvo pagando, sin comerlo ni beberlo, una décima parte de sus ingresos a la diócesis compostelana como mínimo desde el siglo XII hasta prácticamente anteayer. De esta forma, la Iglesia, gracias a su sucursal en Santiago de Compostela, se lo llevó bien calentito en concepto de intermediación con el apóstol (ver La Iglesia, de los ricos. Dios, de los pobres) importándole bien poco que el Voto de Santiago se añadiese a otros tantos que ya gravaban pesadamente a los sufridos labriegos y que, encima, estaba basado en una leyenda que nadie ha podido confirmar. Un indignante ejemplo de cómo, a costa de  la ignorancia y la superstición del ser humano (vestida de religión o no, es indiferente), hay muchos ¡muchísimos! “vivalavirgen” interesados que han vivido, viven y vivirán como auténticos santos patrones.

Santiago, un Santo Patrón muy rentable para la Iglesia

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