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viernes, diciembre 02, 2016

El Caso Scala o las oscuras cloacas de la Transición

Incendio del Scala Barcelona
Uno de los temas que más tinta han hecho correr (y píxeles encender) por estas tierras ha sido la llamada “guerra sucia” del Estado español frente al conflicto independentista en Catalunya. Escuchas telefónicas, filtraciones y todo tipo de argucias utilizadas por el gobierno español para desacreditar o, directamente, dinamitar por lo bajini las aspiraciones secesionistas catalanas han hecho que la opinión pública se escandalice a cada nueva información desvelada por los medios, habida cuenta que nos encontramos en un (al menos supuesto) estado democrático. No obstante, tal vez no debiera extrañarnos este uso de las “cloacas” del estado, en tanto que este tipo de tejemanejes oscuros se han hecho servir ya anteriormente (ver Un despropósito llamado independencia de Guinea Ecuatorial). Un ejemplo de estas artimañas estatales, que tuvo una importante repercusión a nivel político se dio en Barcelona en el ya lejano (para algunos) año de 1978. Me refiero al llamado Caso Scala.

Después de la muerte de Franco, la sociedad española se encontró en un equilibrio inestable que las facciones más extremistas, ya fueran por la derecha (que no querían que nada se moviese) o por la izquierda (que querían una rotura total con el régimen) ponían continuamente en peligro. Yo, que por aquel entonces tenía unos 10 años, veía totalmente normal que no se armase ninguna “gorda” como decían los mayores, aunque después, el tiempo me demostrase que la cuerda se estiró mucho más de lo conveniente en demasiadas ocasiones. Con todo, la vida pasaba todo lo plácida que podía pasar entre noticias de atentados, dibujos de Mazinger Z (ver El icono histórico del enorme Mazinger Z de Tarragona) y manifestaciones más o menos violentas por las calles.

Firma de los Pactos de la Moncloa
En aquella época, Adolfo Suarez, que era el presidente del Gobierno, hacía encajes de bolillos para conseguir una cierta estabilidad entre los recién legalizados partidos políticos, las organizaciones empresariales y los sindicatos. La economía estaba padeciendo con toda su crudeza los efectos (tardíos) de la crisis del petróleo de 1973, y la inflación se encontraba cabalgando a galope tendido con tasas interanuales superiores al 25%, lo que producía grandes reestructuraciones de plantillas en  el desfasado tejido industrial heredado del franquismo.

En esta circunstancia, el gobierno de UCD promovió lo que se llamó los Pactos de la Moncloa, toda una serie de acuerdos entre los agentes sociales, económicos y políticos que, cediendo unos por un lado y otros por el otro, pudieran conseguir la estabilidad que necesitaba el país. No obstante, no todos estaban a favor de estos acuerdos, y uno de estos opositores a ultranza era la CNT.

Oposición molesta
La Confederación Nacional del Trabajo (CNT) era -de hecho es- un partido político de raíz anarquista que había sido legalizado el 6 de mayo de 1977, después de no pocos tiras y afloja entre el resto de partidos políticos, sobre todo los de derechas, que aún recordaban su extremismo durante la Guerra Civil. Este partido, en mor a sus principios políticos, se oponía totalmente a aceptar el juego democrático ya que pensaba que, para la lucha por los derechos de los trabajadores, el pactar con gobierno y empresarios seria poco menos que dar un cheque en blanco a los ricos para explotar al obrero. Esta oposición recalcitrante ponía en un serio brete la paz social del país, tanto más si tenemos en cuenta las crecientes simpatías y el rápido auge que la CNT estaba teniendo entre los españoles. No en vano, en julio de aquel mismo año había conseguido convocar a 200.000 personas en Barcelona en el primer mitin que organizaba desde 1939. Y eso daba mucho yuyu a algunos...

Pasquín de la manifestación
El domingo 15 de enero de 1978, la CNT organizó una manifestación en contra de los Pactos de la Moncloa -firmados el 25 de octubre de 1977- en la que unas 15.000 personas saliendo desde Drassanes, subieron por la Avenida del Paralelo (ver La Torre del Rellotge de Barcelona, donde paralelos y meridianos se dan la mano) hasta la Plaza España. En contra de lo esperado, no se produjeron altercados con la policía, por lo que al llegar a su destino, la concentración se disolvió pacíficamente. Sin embargo, en la otra punta de la ciudad, unos desconocidos lanzaban cócteles molotov contra la puerta de la, por aquel entonces, muy conocida sala de fiestas Scala Barcelona, produciendo un terrible incendio.

Interior de la sala Scala
El Scala Barcelona, que dirigido por Ramón y Antonio Riba llevaba abierto desde 1973, era una sala de fiestas con restaurante en la que se mezclaba un menú de calidad con un espectáculo de revista en el que actuaban grupos y cantantes de renombre internacional. Esta sala, ubicada en el Passeig de Sant Joan esquina Consell de Cent, era considerada la mayor sala de fiestas de Europa en su momento, por lo que era un espacio muy frecuentado por la burguesía barcelonesa y, por ende, un objetivo de los grupos que hoy tildaríamos de “antisistema”.

Quemó demasiado rápido
El incendio, que se extendió con una facilidad pasmosa (14 dotaciones de los bomberos consiguieron a duras penas evitar que las llamas llegaran a los edificios colindantes, que fueron evacuados), acabó provocando el derrumbe de todo el tejado y la muerte por inhalación de humos de cuatro trabajadores que se encontraban en el interior. A la desgracia de las muertes, se le tuvieron que añadir los daños, que ascendieron a 1.000 millones de pesetas de la época, y la pérdida de 300 puestos de trabajo. Un auténtico desastre.

Titulares inquisitorios
Las autoridades, pronto pusieron el ojo en los grupos de extrema izquierda, primero en el FRAP, después en el PCE (Internacional) para, finalmente, atribuírselo a la CNT, siendo detenidos el día 17, siete personas de entre 17 y 26 años militantes del partido anarquista, acusados de haber preparado el atentado. En diciembre de 1980 el juez dictó sentencia, siendo 3 acusados condenados a 17 años de cárcel, y los otros absueltos o bien condenados a penas menores. Sin embargo, uno de los imputados e inductor directo de los atentados (convenció a los chavales de hacer los explosivos y de lanzarlos al local) no apareció por ningún sitio, por lo que fue condenado en rebeldía. ¿Qué había ocurrido con Joaquín Gambín, alias “el grillo”?

200.000 personas en un mitin
El juicio, a parte de la falta de Gambín, estuvo lleno de irregularidades y no dio respuestas a una serie de situaciones cuando menos sospechosas. Para empezar, sorprendió la excepcionalmente rápida detención de los acusados la cual cosa solo podía haber sido por un “chivatazo” interno; por otro, los bomberos descubrieron trazas de fósforo acelerante en un punto de la sala muy alejado del punto del lanzamiento de los “ponchazos”, seguido por el extrañamente rápido derribo de las ruinas del Scala (las máquinas tenían que ir con cuidado para no aplastar los cuerpos de las víctimas), lo cual imposibilitó la investigación científica de la escena del atentado; y para acabar, la misteriosa desaparición momentos antes del atentado de la unidad móvil de TVE que aquella tarde grababa el programa de varietés “Scala Internacional” para su emisión el martes de 21.35 a 22.45 por la Primera Cadena. Todo un cúmulo de cuestiones que llamaron la atención de los periodistas de investigación del momento. Las pesquisas no tardaron en dar su fruto.

Joaquín Gambín
Gambín, que pese a los “ímprobos” esfuerzos de los 10.000 policías españoles no había podido ser detenido, fue fácilmente encontrado -y entrevistado- por un periodista en Murcia. Así, por su propio testimonio, se pudo saber que Joaquín Gambín, un "pintas" de amplio currículo delictivo, era un confidente de la policía que cobraba por su trabajo de delator y por hacer trabajos sucios como el del Scala, que le venían encargados por altas instancias relacionadas con el propio ministro del Interior, Rodolfo Martín Villa. Este testimonio revolucionó todo el mundo anarquista, al confirmar la tesis de la “guerra sucia” del Estado, pero no fue hasta finales de 1981 en que, gracias a la denuncia de un ciudadano árabe que lo vio traficando con armas, finalmente la policía española lo detuvo. La presión de los medios de comunicación y de los abogados defensores de los otros encausados hicieron que el caso Scala se reabriera y se juzgara a Gambín por su participación en el atentado en diciembre de 1983, siendo condenado a 7 años de prisión.

Rodolfo Martín Villa
El asunto, a pesar de destapar el entramado oscuro de las cloacas del Estado, supuso un golpe durísimo para la CNT, ya que la temprana atribución del atentado al partido anarquista, transmitió la imagen a la opinión pública de un grupo violento y radical al estilo de ETA, GRAPO o similares. Ello produjo una oleada de bajas de afiliados del partido, así como una dura división interna entre los que querían seguir el juego democrático, los ortodoxos y los elementos más violentos, que provocó la total atomización del espacio anarquista español. La "amenaza" anarquista durante la Transición, de esta forma, quedó totalmente aniquilada.

En conclusión, el movimiento anarquista no volvió a ser el mismo. La CNT, cuando más volada  parecía tomar y cuando más peligrosa para el statu quo representaba, recibió un torpedo mortal lanzado de forma oscura por el Estado, tardando casi 30 años en levantar la cabeza. Un ejemplo más de cómo, los estados (y en esto España no es una excepción) por muy democráticos que se declaren, no dudan en fomentar lo que les interesa y de eliminar lo que les incomoda, aunque para ello tengan que utilizar los caminos más oscuros y sucios a su disposición.

Y usted puede estar en el medio.


El caso Scala o las oscuras cloacas de la Transición

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martes, noviembre 29, 2016

El castillo de Santa Eulalia, la historia de amor de un barrio de L'Hospitalet

Castell de Santa Eulàlia
El barrio de Santa Eulàlia, además de ser uno de los más antiguos de la ciudad, guarda en su interior toda una serie de pequeñas maravillas que, como pasa con casi todo en L'Hospitalet, si no prestamos atención pueden pasar totalmente inadvertidas. No obstante, no siempre es así, y en una calle -a priori- secundaria del barrio, podemos darnos de bruces con nada más y nada menos que con un... ¡castillo! Si, si, como lo lee... un castillo con sus arcos ojivales, sus almenas, sus sillares en piedra, sus escudos... aunque, eso sí, un pelín más joven de lo que nos tienen acostumbrados estos edificios...

Detalles medievales
En la calle Blas Fernández Lirola, a la altura del nº 74, si no es que pasa ante él buscando setas o vigilando las cacas de perro -que será lo más normal- seguro que le llamará la atención una fachada en piedra amarillenta de Montjuïc que destaca de todo el resto de fachadas de la calle porque es la viva imagen de un castillo medieval. Pero... ¿un castillo en medio de la ciudad? No, no se asuste, no es ningún relicto de la Edad Media como el castillo de Bellvís de la Torrassa (para que luego digan que Hospitalet no tiene historia, ver El Tratado de Utrecht o cuando la Historia pasó por Hospitalet), ni nada parecido. Es simplemente un edificio de viviendas como tantos otros, sólo que detrás de ese edificio que parece haber sido construido con Exín Castillos, además de historia esconde una bonita historia de amor.

Se le dedicó una calle al propietario
Conocido es que después de la caída del Imperio Romano, los que vinieron después aprovecharon aquellos colosales edificios antiguos en ruinas como inmensas canteras con las cuales levantar las nuevas construcciones del momento. Pues una cosa similar hizo Blas Fernández Lirola, un librero con establecimientos en la Calle Aribau y en el conocido mercado de Sant Antoni de la Ciudad Condal, cuando a principios de los años 30 decidió empezar la construcción de lo que se conocería más adelante como "El Castell de la Pepa" o , sencillamente, "El Castell" (el castillo).

Interior del "Castillo"
Lirola, que estaba enamorado hasta las trancas de una chica (probablemente, la tal "Pepa") y tenía fama de excéntrico, estaba especializado en la venta de libros viejos y de época, la cual cosa le hizo pensar que... ¿qué mejor que regalarle un castillo a su princesa? y allí que se puso a construírselo.

Así las cosas, el librero empezó poco a poco a levantar el edificio en la medida que daba el presupuesto. Presupuesto que estiraba aprovechando materiales de construcción provenientes de antiguos edificios derruidos del Eixample barcelonés, con los cuales conseguía unos materiales de gran calidad provenientes de las canteras de Montjuïc -ya en buena parte cerradas en el momento en que Lirola inició su castillo. Esta forma de aprovechamiento también le permitió incorporar elementos estructurales y decorativos señoriales premodernistas provenientes de estos edificios, tales como la escalera, suelos e incluso alguna escultura, lo que proporcionaba a la vivienda un imponente aspecto medieval.

1935-1945, fecha de la construcción
De este modo, y tal como reza en la fachada del castillo, las obras se alargaron desde el 1935 hasta el 1945, momento en el que se dio por finalizado un edificio de 3 pisos de unos 170 metros cuadrados de planta, con fachada “medieval” tanto a la calle como al patio interior,  y donde las ventanas destacan por ser arcos ojivales y los dinteles de las puertas por ser arcos de herradura de inspiración románica. Todo un castillo de la Edad Media construido en el Hospitalet de pleno siglo XX.

Enrique Jonama
No obstante, a finales de los años 40, Lirola, que según parece no llegó a vivir en el edificio, cedió el mismo al Ayuntamiento de L'Hospitalet con el fin de que fuese destinado a usos culturales. El edificio fue aceptado por el consistorio, el cual, en reconocimiento, puso su nombre a la calle en que se había construido, es decir Blas Fernández Lirola, aunque popularmente es más conocida por “la calle del castillo”. El alcalde franquista del momento, Enrique Jonama, por su cuenta y riesgo y sin encomendarse a ningún santo, decidió que el “castillo” se dedicase a escuela de bellas artes, lo que le valió una trifulca dentro del ayuntamiento que se acabó en enero de 1952 con un voto de protesta contra el alcalde por su unilateral decisión.

Ventanas ojivales
El edificio, de esta forma, pasó a estar gestionado durante los años 60 y 70 por la Obra Social y Cultural Sopeña (OSCUS), una ONG de raíz cristiana dedicada a la cooperación y voluntariado, la cual impartía clases de administrativo, peluquería, mecanografía y diversa formación de iniciación profesional en tan excepcional entorno.

En la actualidad, y tras el abandono de las instalaciones por parte de OSCUS, el castillo de Santa Eulalia está siendo utilizado como almacén del Museu de l'Hospitalet. Un uso que, por desgracia, pudiera ser efímero habida cuenta de los intensos rumores que apuntan a su abandono por parte del Ayuntamiento (al cual pertenece) y que, debido a que no está protegido, ni catalogado como patrimonio de la ciudad de ningún modo, sumadas a las conocidas tendencias patrimonicidas del consistorio de Nuria Marín (ver El Coro, el edificio donde la Historia está en extinción), pudiera ser el fin del edificio tal y como lo conocemos.

En definitiva, que el Castell de Santa Eulàlia, por mucho que no sea un edificio histórico -aunque sí construido con elementos históricos- es un edificio singular muy estimado por el barrio, que forma parte del imaginario y el sentimiento más profundo de los vecinos de Santa Eulàlia. Unos vecinos que, ni más ni menos como el resto de L'Hospitalet, han tenido que sufrir durante decenios la ignominia de un ayuntamiento que, lejos de preservar el patrimonio histórico del pueblo, lo ha borrado continua y sistemáticamente.


Un edificio muy querido por el barrio

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sábado, noviembre 26, 2016

La epopeya de La Monja Alférez, el hombre bautizado Catalina de Erauso

Catalina de Erauso.
Normalmente, cuando hablamos de mujeres, sobre todo desde el punto de vista de un hombre, la imagen que se nos viene a la mente es la de una persona amable, sensible y delicada, antítesis absoluta de lo que un hombre acostumbra a ser. Esto, que puede llegar a ser medio verdad si aplicamos la teoría del punto gordo, en realidad, y visto caso por caso, acostumbra a no ser así. De hecho, una gran parte de los problemas de convivencia que ocurren en nuestra sociedad (ver El reality show de la violencia de genero) provienen de esta tendencia reduccionista a atribuir un rol y unas características absurdamente concretas según el sexo al que pertenezca el individuo, y más en un mundo en que ni tan siquiera el hecho de ser un individuo está claro (ver Quimerismo, la travesura genética que produce frankensteins). Sea como sea, el reconocimiento del papel de las mujeres en la historia, durante los últimos milenios, ha sido poco más que nulo, habida cuenta la patriarcal opresión masculina hacia ellas y, en buena parte, a la interiorización misma del papel de “mujer florero” que tradicionalmente se le ha otorgado. Aunque, siempre hay excepciones, claro. Tal es el caso de una mujer que, lejos de ser la bella mariposilla del bosque que se esperaba de ella, resultó ser un auténtico terremoto que dejaba a la altura del betún a cualquier hombre en malos modales, brutalidad y, sobre todo, en meterse en follones. Me refiero a Catalina Erauso, más conocida como “La Monja Alférez”.

Antiguo convento de San Telmo
A pesar de la importancia de la mujer en la Historia y en el desarrollo humano (ver Bertha Benz y el primer viaje en automóvil), las mujeres siempre han sido tratadas con paternalismo y condescendencia, tratándolas casi como inútiles. La falta de educación que, caso de darse, era casi exclusiva de los varones de la familia, durante siglos ha relegado a las mujeres a una situación, en que o bien se dedicaban a los asuntos de casa, o, si tenían alguna inquietud intelectual, no tenían más opción que meterse a monja para tener una mínima formación. Así las cosas, en 1589, Catalina de Erauso, hija de un importante militar vasco afincado en San Sebastián, con tan solo 4 años fue ingresada en el convento de los dominicos de la capital donostiarra. El argumento parecía seguir el de tantas mujeres que consagraban su vida a su familia o, en su defecto, a Dios, y como Catalina era feuchilla -la cual cosa no auguraba un matrimonio fácil- la vertiente religiosa parecía que sería su vida... y su tumba. Y nada más lejos de la realidad.

Donostia y La Concha
Catalina creció, pero su carácter rebelde hizo volver medio locas a las monjas, las cuales se la quitaron de encima como pudieron, endiñándosela a los monjes del monasterio de San Bartolomé, que tenían unas reglas más estrictas que las suyas. Con todo, las continuas broncas, desplantes y peleas, hicieron ver a la mujercita de 15 años en que se había convertido Catalina, que la vida monacal no era lo suyo y el 18 de marzo de 1600, encontrando la llave del convento accesible, cogía el portante y huía vestida de chico. Disfraz que no abandonaría en la vida.

De este modo, Catalina se desplazó andando a Vitoria, donde fue a parar a casa de un catedrático pariente suyo, que no la reconoció vestido de chico como iba, y que le dio cierta formación. El problema es que, entre latinajo y latinajo, el catedrático intentó violarla, lo cual provocó una nueva huida tres meses después. Huída que la llevó a Valladolid, villa donde se encontraba en aquel momento la Corte de Felipe III como fruto de la jeta de piedra berroqueña de su valido, el Duque de Lerma (ver El Duque de Lerma, la capital de España y su descarado pelotazo inmobiliario). Sea como sea, Catalina, con el nombre de Francisco de Loyola, encontró trabajo como paje del secretario del rey aunque, a los siete meses, y al encontrarse de bruces con su padre (¡y hablar con ella sin reconocerla!) decidió salir otra vez pies para qué os quiero.

Sanlúcar de Barrameda
Así, de prófuga, Catalina se dirigió primeramente a Bilbao, donde tuvo un incidente con unos mozos que la intentaron asaltar pero a los cuales repelió con una piedra, ocasionando un herido, por lo que fue arrestada durante un mes, y al salir de la cárcel, se dirigió a Estella (Navarra) donde consiguió trabajar de sirviente durante dos años. Pero eso tampoco era lo que le pedía el cuerpo y, un buen día, decidió dejarlo todo y volver a San Sebastián. Vigiló de “estrangis” lo que hacía su familia y se enroló en un barco que la (¿o debería decir “lo”?) llevó a Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) y de aquí, como grumete en un barco de un pariente lejano suyo, finalmente a América.

Pendenciera y aventurera
A partir de entonces, las peripecias la llevan de puerto en puerto, buscándose la vida como puede imitando la vida y maneras de los hombres, incluso prometiéndose en matrimonio con diversas mujeres (a las cuales seducía y parece que “cataba” sin que se apercibieran de que era una mujer) pero sin casarse, faltaría más. Paralelamente, se pasaba la vida yendo y viniendo de la cárcel donde le metían sus continuos duelos y bravuconadas, así como cambiando de forma constante de nombre.

De este modo, su singladura le llevó de Venezuela a Panamá, y de aquí a Perú, pasando a Chile, al servicio de los ejércitos del rey de España, donde se hizo famosa por su bravura (y brutalidad extrema) en la conquista y represión de los indios mapuches chilenos. Todo ello en su rol de hombre, y sin que se diera cuenta nadie de su condición de mujer. Condición que, según su propio relato, escondió poniéndose ungüentos que hicieron “secar” sus pechos.

Conquista de los mapuches
Tras su periplo chileno, pasó a Argentina atravesando los Andes (donde casi pierde la vida), y de aquí a Bolivia (a Potosí y La Paz), donde sus refriegas la llevaron en más de una ocasión al borde del patíbulo y a estar más tiempo pidiendo asilo en sagrado (ver La anilla salvadora del Señor de Cal Bufalà) que libre. Finalmente, fue detenida en Perú en 1623 y, para salvarse de la horca, decidió confesar su condición de mujer, siendo tal extremo corroborado por unas matronas, las cuales, además, confirmaron que era virgen. El gran secreto de Catalina de Erauso se había, finalmente, desvelado, creando un gran revuelo en la religiosa y muy católica sociedad española del momento.

Ruta de Catalina Erauso
Enviada a España, fue recibida por Felipe IV, el cual le mantuvo los rangos militares y le dio una pensión vitalicia por sus servicios a la Corona en la conquista de Chile, siendo el mismo rey el que acuñó el sobrenombre de Monja Alférez. Posteriormente, pasó a Roma, donde se entrevistó con el papa Urbano VIII el cual le concedió la prerrogativa de poder vestir de hombre legalmente, en una época en la que el travestismo estaba estrictamente prohibido.

La historia de Catalina Erauso acaba en Nueva España (lo que que es actualmente México, vamos) donde al trasladarse en 1630, monta un negocio de arrieros, que será a lo que se dedique hasta el momento de su muerte. Muerte que, si bien no se conocen los detalles, se cree que le sobrevino en 1650 en Cotaxtla (Estado de Veracruz), lugar donde los investigadores suponen igualmente que reposan sus restos.

Busto en Donostia
En conclusión, que vista desde la lejanía del tiempo, la epopeya de Catalina de Erauso, la Monja Alférez, no tiene su importancia por haber sido tan burra, tan mal hablada, o tan juerguista y pendenciera como pudo serlo un hombre, ya que ello fue justo lo que produjo el revuelo en el siglo XVII. En la actualidad, el valor reside en el hecho de que alguien, en beneficio de su propia libertad sexual  (se travistió y no se le conocen amoríos con hombres, pero sí con mujeres, ergo era lesbiana) tuvo el suficiente coraje para transgredir todas las férreas normas establecidas por la tradición y hacer con su vida lo que quiso realmente. Posiblemente, no sería la vida que mejor le hubiera gustado vivir, pero en una sociedad de roles tan encorsetados, es plausible pensar que, puestos a escoger, el papel de macho camorrista y aventurero se adaptaba mejor a su forma de ser que cualquier otro.

Hoy, tal vez las cosas son diferentes, un poco más abiertas para todos, pero en un mundo cada vez más superpoblado, miedoso y desinformado como el actual, las libertades, y las sexuales las primeras, son un preciado tesoro que cuando las perdamos, las encontraremos mucho en falta.

Demasiado.


Monumento a la Monja Alférez en Orizaba (Venezuela)

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